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Como creyentes, es natural que deseemos agradar a Dios y hacerlo feliz. Sin embargo, ¿qué es lo que exactamente lo hace feliz?
Para agradar a Dios, es necesario que primero sepamos lo que Él desea. De lo contrario, podemos pasar la mayoría de nuestro tiempo haciendo cosas que “creemos” que Él desea, pero terminamos por desagradarlo. Veamos lo que creemos que Dios desea, y lo que Dios verdaderamente desea para nuestra vida cristiana.
Algunas de nuestras ideas sobre llevar una vida que agrade a Dios incluyen cosas tales como tener un buen comportamiento, ayudar a otros y esforzarse por vivir de una manera que sea un ejemplo para las personas.
Todas estas cosas no tienen nada de malo, pero ¿acaso es lo que Dios desea para nosotros? De hecho, no debemos asumir que nuestras propias ideas reflejan lo que Dios verdaderamente desea.
Para entender realmente lo que Dios desea, es necesario que nos remontemos a la creación. En una entrada anterior, vimos que Dios creó a los seres humanos para compartir Su vida divina con ellos a fin de que Él llegara a ser su vida y ellos Su expresión. Esta es la razón por la cual Él nos creó como vasos para ser llenos con Él y no como instrumentos o herramientas para ser usados por Él. Incluso, después de que el hombre cayó en el pecado, este deseo en el corazón de Dios siguió igual.
No obstante, es imposible para los seres humanos caídos tener la vida divina de Dios debido a que Dios jamás llenaría un vaso contaminado por el pecado. No obstante, en vez de darse por vencido, Dios se hizo un hombre llamado Jesucristo. Jesús vivió una vida humana perfecta en esta tierra y fue crucificado en la cruz a fin de eliminar nuestros pecados. Por medio de sacrificarse de esta manera, nuestros pecados pueden ser lavados. Cuando creemos en Jesucristo y lo recibimos como nuestro Salvador, recibimos el perdón de pecados. Sin embargo, aún hay más.
Después de tres días, Jesús resucitó de entre los muertos, y 1 Corintios 15:45 nos dice que en Su resurrección, Él llegó a ser “Espíritu vivificante”. Como el Espíritu, Él entra en nosotros, los vasos limpios que creen en Él. Dios, en Cristo como el Espíritu, viene a morar en nosotros. ¡Esto es maravilloso! Sin embargo, Él no solamente desea existir en nosotros; Él entra en nosotros para ser nuestra vida a fin de que Él se exprese a través de nosotros. Esta es la razón por la cuál Dios nos creó y por la cuál Dios nos salvó.
Cuando fuimos salvos, Cristo entró en nuestro espíritu, la parte más profunda de nuestro ser. Esto fue el comienzo de ser llenos por Dios. Nuestro espíritu es donde Cristo mora ahora y donde tenemos comunión con Dios; tiene la habilidad única de contener a Dios, contactar a Dios y recibir a Dios.
No obstante, Dios también nos hizo con un alma. Nuestra alma experimenta emociones, piensa y medita, y toma todo tipo de decisiones . Nuestras acciones externas brotan de nuestra alma, y nuestra alma es el medio por el cuál Dios se expresa a través de nosotros.
De modo, que si Cristo permanece confinado en nuestro espíritu y no llena nuestra alma—mente, emoción y voluntad—Él nunca se expresará por medio de nosotros, en vez de eso, nuestro vivir solamente expresará nuestros propios pensamientos, sentimientos y decisiones y no los de Él.
El problema es que automáticamente vivimos por nuestra fuerza de voluntad y nuestras buenas intenciones, esforzándonos por tener virtudes excelentes. Y si no estamos claros acerca de lo que Dios desea, estaremos conformes con vivir de esta manera. Sin embargo, Dios no estará satisfecho, pues a Él no le interesa una bondad donde Él no forme parte de ella. Si fuera esto fuera cierto, no sería necesario nacer de Su vida nuevamente.
Lo más probable es que intentemos imitar las acciones y comportamiento de Cristo, pero aquello que expresemos no será Cristo, sino a nosotros mismos. El origen será nuestra vida natural y no la vida de Cristo en nosotros, pues Imitar no es lo mismo que expresar.
Por ejemplo, sabemos que debemos amar a las personas, de modo que, ya sea en nuestro trabajo o en la escuela, hacemos todo lo posible por amar a cierta persona en específico que nos irrita. Quizás hasta consigamos tener un poco de amor por esa persona, pero lo que brota de nosotros es nuestra vida natural. Esto no es el amor de Cristo en nosotros expresado a través de nosotros. En vez de eso, lo que nuestro amor expresa es semejante a una flor artificial. A simple vista parece real, pero no tiene la misma textura, olor y color, y expresión general de lo que es real debido a que no tiene la vida de una flor. Si deseamos expresar Cristo, la vida de Cristo debe extenderse a nuestra alma. Solamente Cristo al vivir en nosotros y a través de nosotros puede expresar Cristo.
Cristo desea extenderse desde nuestro espíritu hasta nuestra alma, pero para esto Él necesita nuestra cooperación. Es necesario que abramos a Cristo cada parte, cada pensamiento, cada cosa que consideremos, cada sentimiento, cada decisión y darle el libre acceso para que se extienda a esa área.
Esto es por lo que precisamente el apóstol Pablo oró en Efesios 3:17:
“Para que Cristo haga Su hogar en vuestros corazones por medio de la fe”.
La nota 1 sobre “corazones” en la Versión Recobro explica lo que esto significa:
“Nuestro corazón está compuesto de todas las partes de nuestra alma —la mente, la parte emotiva y la voluntad — y también de nuestra conciencia, la parte principal de nuestro espíritu. Estas partes son las partes internas de nuestro ser. Por medio de la regeneración Cristo entró en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22). Después de esto, debemos permitirle que se extienda a cada parte de nuestro corazón. Puesto que nuestro corazón es la totalidad de todas nuestras partes internas y el centro de nuestro ser, cuando Cristo hace Su hogar en nuestro corazón, Él controla todo nuestro ser abasteciéndolo y fortaleciéndolo consigo mismo”.
Es algo maravilloso que Cristo haga Su hogar en más partes de nuestro corazón. Aún así, Él no entrará a fuerzas allí. A fin de que le permitamos que entre y cooperemos con Él, podemos orar todos los días: “Señor Jesús, haz Tu hogar en mi corazón. No quiero retener ningún área fuera de Tu alcance. Señor, te doy la libertad de moverte en cada parte de mi mente, parte emotiva y voluntad”.
Entre mas le permitimos a Cristo que nos llene dia trás dia, más de nuestras palabras, acciones y nuestro comportamiento lo expresará. Cuando Él vive en nosotros y a través de nosotros, nuestra compasión, bondad y todas nuestras virtudes le pertenecerán a Él. Esto es lo que Dios verdaderamente desea.
Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

¿Alguna vez se ha sentido desanimado después de experimentar un fracaso en su vida cristiana? Quizás se preguntó por qué Dios le permitió fracasar, especialmente ya que Él podría haberle impedido cometer ese error. Después de todo, ¿no quiere Dios que tengamos un buen testimonio como cristianos?
En esta entrada exploraremos por qué Dios a veces nos deja fracasar, y cómo nuestros fracasos en realidad pueden ayudarnos a crecer en nuestra vida cristiana.
Primero, es útil comprender lo que sucedió cuando fuimos salvos y cómo eso afecta el resto de nuestra vida cristiana. Sabemos que fuimos perdonados de nuestros pecados y salvos del juicio eterno; la salvación maravillosa que el Señor efectuó resolvió nuestro pasado y aseguró nuestro futuro.
Y más que nada, nacimos de nuevo, y Cristo vino a vivir en nosotros. Este Cristo que vive en nosotros es ahora nuestra vida. Colosenses 3:4 dice:
“Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria”.
En el Nuevo Testamento Versión Recobro la nota 1 sobre Cristo en este versículo explica:
“El hecho de que Cristo sea nuestra vida indica claramente que debemos tomarlo como vida y vivir por Él, que debemos vivirle en nuestra vida diaria a fin de experimentar al Cristo universalmente extenso que se revela en este libro [Colosenses], de manera que todo lo que Él es así como todo cuanto Él ha logrado y obtenido no permanezca como algo objetivo para nosotros, sino que llegue a ser nuestra experiencia subjetiva”.
Esta nota nos ayuda a darnos cuenta de que el Señor no está centrado en si somos perfectos y no cometemos errores. Él está centrado en si lo tomamos como nuestra vida y vivimos por Él. Él quiere que no sólo sepamos que Él vive en nosotros, sino que lo experimentemos subjetivamente como nuestra vida.
Ahora que Cristo es nuestra vida, Él quiere que lo tomemos como nuestra vida y vivamos por Él en todas las circunstancias de nuestra vida diaria. Cuando vivimos de esta manera, lo experimentamos y lo disfrutamos. Entonces, espontáneamente lo expresamos a todos los que nos rodean. Ésta es la vida cristiana.
Si no nos damos cuenta de esto, pasaremos nuestro tiempo tratando de vivir lo que creemos que es una vida agradable a Dios por nuestro propio esfuerzo y fracasando. Incluso si de alguna manera tuviéramos éxito, esto no es lo que el Señor quiere. Él es nuestra vida, así que Él quiere que vivamos por Él.
Aquí es donde entran los fracasos. No es que el Señor quiera que fracasemos. Pero Él sabe que nuestros fracasos pueden ayudarnos a darnos cuenta de cuál es nuestra verdadera necesidad.
Por esta razón, el Señor provee fielmente el ambiente perfecto para descubrir nuestras deficiencias. Podemos pensar que somos fuertes espiritualmente, pero Él organiza las circunstancias necesarias para mostrarnos cuán débiles somos realmente y cuánto lo necesitamos.
Por ejemplo, podríamos pensar que somos amorosos, amables y pacientes. Pero entonces el Señor trae a alguien a nuestra vida que pone a prueba nuestro amor, haciendo evidente que no es tan profundo ni duradero. Dadas las circunstancias adecuadas, ni siquiera somos tan amables. Y además, esta persona colma nuestra paciencia. Antes de que nos demos cuenta, explotamos de ira.
Este fracaso nos muestra que no somos el “buen cristiano” que pensábamos que éramos. ¡Pero esto no es algo negativo! Nos ayuda a darnos cuenta de nuevo de que Jesucristo es el Único que puede vivir una vida cristiana adecuada. Nos recuerda que Él entró en nosotros para ser nuestra vida, y que necesitamos vivir por Él.
A través de nuestros fracasos, el Señor puede alumbrarnos para poner al descubierto nuestra verdadera situación interior ante Él. Su luz reduce la alta estima que tenemos de nosotros mismos. Él brilla para que podamos reconocer cuán cortos estamos de vivir por Cristo en nuestra experiencia. Esto hace que nos volvamos a Él, que lo invoquemos e incluso que clamemos a Él en oración. Es cuando caemos que comenzamos a comprender nuestra necesidad de tomar a Cristo como nuestra vida y experimentarlo verdaderamente con cada persona y asunto en nuestras vidas.
Bajo la luz del Señor somos humillados, nuestra confianza en nosotros mismos es quebrantada y tememos confiar en nosotros mismos. Por consiguiente, estamos mucho más abiertos a Él que cuando pensábamos que íbamos bien. Y cuando pasamos tiempo con Él de una manera regular, Cristo puede llenarnos. El Señor necesita este tipo de apertura para crecer en nosotros.
Además, cuando nuestros defectos quedan al descubierto por la luz del Señor, no confiamos tanto en nuestra propia capacidad o bondad. Vemos que nuestra bondad no significa nada, y estamos más dispuestos a dejar que Cristo viva en nosotros y a través de nosotros.
Todo el resplandor del Señor sobre nosotros cuando fracasamos nos hace estar más dispuestos a volvernos a Él y contemplarlo, y a ser refrescados en nuestro amor por Él.
Nada de esto significa que debamos fracasar deliberadamente o pensar que está bien ser descuidado con el pecado. Para mantener nuestra relación con el Señor, necesitamos cuidar de la condición de nuestro corazón y prestar atención a la voz de nuestra conciencia. Y cuando el Señor nos hace conscientes de los pecados que hemos cometido, necesitamos confesar esos pecados a Él para recibir Su perdón y limpieza. Todas éstas son prácticas espirituales saludables y necesarias que debemos mantener para tener una vida cristiana normal.
Pero fracasaremos, y cuando esto suceda, podemos ver estos fracasos como útiles y necesarios en lugar de desanimarnos. A través de nuestros fracasos, Cristo tiene la oportunidad de alumbrarnos y hacer que nos volvamos y nos abramos a Él. Recordamos que Cristo es nuestra vida, y que debemos vivir por Él.
Si tenemos este entendimiento, no seremos vencidos por el desaliento y la desilusión cuando fracasemos. En cambio, nos volveremos más rápidamente a Cristo e incluso le agradeceremos por Su sabiduría al tratar con nosotros. Nos abriremos a Él de una manera más profunda para que podamos aprender a tomarlo verdaderamente como nuestra vida.
En esta entrada sólo citamos la nota 1 de Colosenses 3:4; la nota 2 arroja más luz sobre Cristo como nuestra vida y señala cómo Colosenses revela las riquezas de Cristo para nuestra experiencia y disfrute. Si vive en los Estados Unidos, le animamos a que pida una copia gratis del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer estas y otras notas que le ayudarán a entrar en una experiencia más profunda de Cristo.

Dios realmente nos ama. La Biblia nos dice que Él tomó unos pasos tremendos para salvarnos. Como hijos de Dios, experimentamos Su ayuda cuando tenemos dificultades y podemos acudir a Él con todas nuestras preocupaciones.
Pero sabiendo esto, es posible que todas nuestras oraciones giren en torno a nosotros mismos. Le pedimos a Dios las cosas que necesitamos, e incluso cuando se trata de la voluntad de Dios, nuestra oración suele ser: “Dios, ¿cuál es Tu voluntad para mí?”. De alguna manera, siempre acabamos siendo el centro.
Si nos detenemos a considerar que Dios es Aquel que creó los cielos y la tierra y toda la humanidad, tenemos que preguntarnos por qué lo hizo. ¿Podría Dios tener una meta en mente más allá de simplemente cuidar de los detalles de nuestro bienestar personal?
Puede que nunca hayamos considerado que Dios podría querer algo para Sí mismo. Después de todo, Dios es Todopoderoso; no carece de nada.
¿Alguna vez ha pensado en preguntarle a Dios: “¿Hay algo que Tú quieras para Ti mismo?”. En esta entrada, leeremos algunos versículos claves de Efesios junto con notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro para ayudarnos a encontrar la respuesta a esta pregunta.
Primero, considerémonos a nosotros mismos. Los seres humanos buscamos la felicidad, y hacemos planes y damos pasos para conseguir lo que deseamos. Nadie tuvo que enseñarnos a sentir o pensar de esa manera. Se podría decir que nuestro deseo de obtener felicidad y satisfacción es un reflejo del deseo de Dios de obtener felicidad y satisfacción. Esto no debería sorprendernos, ya que Génesis 1:26 nos dice que Dios nos hizo conforme a Su propia imagen. Así que esto debería ser un indicador claro para nosotros de que Dios también tiene un deseo, algo que le traerá alegría.
Pero lo más importante es que la Biblia nos dice directamente que Dios sí desea algo para Sí mismo, que Él tiene un deseo en Su corazón que debe cumplirse.
Efesios 1:9 dice:
“Dándonos a conocer el misterio de Su voluntad, según Su beneplácito, el cual se había propuesto en Sí mismo”.
En este versículo, leemos las palabras voluntad, beneplácito y propuesto. Estas palabras nos muestran que Dios tiene algo en Su corazón que Él desea. La palabra beneplácito se refiere a un sentimiento de satisfacción y disfrute felices. Dios tiene un beneplácito, algo que lo hará feliz y satisfará Su corazón. Él se propuso este beneplácito en Sí mismo, y Su voluntad es según ese beneplácito.
Ahora leamos Efesios 1:5, otro versículo donde aparece la palabra beneplácito:
“Predestinándonos para filiación por medio de Jesucristo para Sí mismo, según el beneplácito de Su voluntad”.
Este versículo revela que el beneplácito de Dios tiene algo que ver con nuestra filiación. Pero ¿qué significa esto?
Leamos la primera parte de la nota 2 del Nuevo Testamento Versión Recobro:
“La acción de Dios de marcarnos de antemano tenía como fin destinarnos para filiación, para ser Sus hijos. Fuimos predestinados para ser hijos de Dios aun antes de ser creados. Así que, como criaturas de Dios necesitamos ser regenerados por Él de manera que participemos de Su vida para ser Sus hijos. La filiación implica no sólo tener la vida sino también la posición de hijo”.
Dios nos marcó y nos predestinó para filiación. Esto significa que nuestro destino es la filiación. Y nuestra filiación no es sólo para nuestro beneficio; ¡es para que Dios pueda obtener Su beneplácito y el deseo de Su corazón!
Recibimos la vida de Dios cuando nacimos de nuevo, haciéndonos Sus hijos. Ahora, al compartir Su vida divina, podemos participar y crecer en Su vida. Cuanto más crecemos en Su vida —hasta finalmente llegar a ser Sus hijos maduros— más Dios gana Su expresión en nosotros. Es por eso que Él nos redimió, nos regeneró y está obrando en nosotros día a día.
Y aún hay más: Dios no sólo quiere hijos individuales. Dios quiere que todos Sus hijos juntos sean una entidad viva, llena de Su vida, que pueda expresarlo a todo el universo. ¿Qué es esta entidad viviente?
Esta entidad viviente que Dios desea es la iglesia.
El apóstol Pablo termina Efesios capítulo 1 escribiendo acerca de la iglesia en los versículos 22 y 23.
El versículo 22 dice:
“Y sometió todas las cosas bajo Sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”.
La nota 4 acerca de la iglesia explica:
“Ésta es la primera vez en este libro que aparece la palabra iglesia, el tema principal del mismo. La palabra griega que se traduce iglesia es ekklesía, que significa la congregación llamada a salir. Esto indica que la iglesia es una congregación de aquellos que han sido llamados por Dios a salir del mundo. Como tal, la iglesia está compuesta de todos los que creen en Cristo”.
En un libro que habla del beneplácito y el propósito de Dios, el tema principal es la iglesia. Esto nos muestra que la iglesia es el deseo del corazón de Dios.
¿Qué es la iglesia? Según la Biblia, la iglesia no es un edificio físico o una organización religiosa; la iglesia es la congregación llamada a salir. Esta congregación está compuesta por todos los creyentes en Cristo que son hijos regenerados de Dios. Juntos, estos hijos de Dios son la iglesia que puede satisfacer el deseo del corazón de Dios.
Así que la iglesia revelada en la Biblia es una entidad viviente compuesta de todos los creyentes que tienen la vida de Dios. La iglesia es el beneplácito de Dios.
Pablo continuó en Efesios 1:23:
“[La iglesia,] la cual es Su Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.
Este versículo nos muestra que la iglesia no es sólo la congregación llamada salir; la iglesia es el Cuerpo de Cristo, quien es la Cabeza.
Ahora leamos la nota 1 sobre Cuerpo en el versículo 23:
“El Cuerpo de Cristo no es una organización, sino un organismo constituido de todos los creyentes regenerados para la expresión y las actividades de la Cabeza. El Cuerpo de Cristo es el fruto del Cristo encarnado, crucificado, resucitado y ascendido, quien entró en la iglesia. Por medio de la transmisión celestial del Cristo ascendido, somos hechos uno con Él, y así Su Cuerpo es producido”.
Así como nuestro cuerpo físico es un organismo, una entidad viviente, y no una organización sin vida, la iglesia es el Cuerpo de Cristo. Cristo es la Cabeza viviente, y todo lo que Él es y tiene es transmitido a la iglesia, que es Su Cuerpo viviente.
El versículo 23 revela además que la iglesia, el Cuerpo, es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. ¿Qué significa eso?
La nota 2 sobre plenitud explica:
“El Cuerpo de Cristo es Su plenitud. La plenitud de Cristo resulta del disfrute de las riquezas de Cristo (3:8). Al disfrutar de las riquezas de Cristo, llegamos a ser Su plenitud y lo expresamos”.
Cuanto más disfrutamos de Cristo y Sus riquezas, más nosotros como Su Cuerpo llegamos a ser Su plenitud.
Luego, el primer párrafo de la nota 3 sobre la frase todo lo llena en todo explica:
“Cristo, quien es el Dios infinito sin ninguna limitación, es tan grande que lo llena todo en todo. Un Cristo tan grandioso necesita que la iglesia sea Su plenitud a fin de ser expresado por completo”.
No es de extrañar que Dios anhele tener la iglesia. ¡Es a través de la iglesia que Él puede ser expresado por completo! Y Su plan para obtener la iglesia nos incluye a cada uno de nosotros. Dios nos creó, nos salvó y nos regeneró para esto. Hoy Él se está mezclando más con nosotros y está forjándose en nuestro ser para esto.
Hemos visto que el libro de Efesios revela que Dios tiene un deseo de Su corazón que se propuso en Sí mismo. Nuestra filiación es parte de este deseo, y finalmente, Dios desea una expresión completa de Sí mismo a través de la iglesia, el Cuerpo de Cristo.
En futuras entradas profundizaremos en el tema de la iglesia. La iglesia como se revela en la Biblia, y especialmente en el libro de Efesios, es lo que Dios desea. Por ahora, consideremos en oración ante el Señor los versículos citados en esta entrada para ver que el deseo de Dios es la iglesia. Podemos orar algo como esto:
“Señor, abre mis ojos y dame revelación para ver que la iglesia es el deseo de Tu corazón. Muéstrame lo que es la iglesia según Tu Palabra”.
Efesios capítulo 1 es increíblemente profundo; revela que el deseo del corazón de Dios es la iglesia, el Cuerpo de Cristo. Sólo pudimos tocar este asunto brevemente en esta entrada. Si vive en los Estados Unidos, le animamos a que pida una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para que pueda leer todos los versículos con sus notas en este capítulo maravilloso. Además, La iglesia gloriosa es un libro excelente que brinda una descripción general del plan de Dios con relación a la iglesia. Puede descargarlo gratis aquí desde cualquier parte del mundo.