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La mayoría de la gente ha oído hablar de la crucifixión de Jesús. Pero ¿alguna vez se ha preguntado por qué Jesús murió en la cruz? La Biblia nos dice que Él era un hombre cuya conducta era irreprochable en cada situación. Sus palabras fueron amorosas, sabias y llenas de verdad. Él cuidó de todo tipo de personas: los fuertes y los enfermos, los ricos y los pobres, los jóvenes y los viejos, los morales y los inmorales, los estimados y los despreciados. Entonces, ¿por qué Jesús, quien era una persona verdaderamente extraordinaria, tuvo que morir una muerte tan horrible en la cruz?
Para responder a esta pregunta, primero necesitamos darnos cuenta de que Dios creó a los seres humanos de una manera deliberada. Él quería tener una relación amorosa con ellos y compartir Su vida divina con ellos para que pudieran expresarlo.
Pero antes de que esto pudiera suceder, Satanás, el enemigo de Dios, interrumpió el gran plan de Dios. Mediante la tentación y el engaño, inyectó su naturaleza malvada y pecaminosa en la humanidad. Como resultado, todos los seres humanos fueron corrompidos con el pecado. Es por esto que la Biblia nos dice: “Todos han pecado”.
Todos han pecado. Al examinar la historia o considerar el mundo en que vivimos hoy, podemos ver que esto es cierto. El lamentable estado de la raza humana es evidente en el odio, la violencia y la crueldad presentes en la sociedad actual.
Además de observar los efectos del pecado en el mundo que nos rodea, también podemos verlos al examinar nuestra condición interna. ¿Puede alguien honestamente decir que nunca ha hecho nada pecaminoso o malo? ¿Qué tal nuestras palabras, comportamiento, acciones y pensamientos? ¿Podemos decir que todos son puros? Todos tenemos que admitir que estamos infectados con el veneno del pecado. Sin importar quiénes somos, cuál es nuestra cultura o formación, o cuán diligentes o sobresalientes podamos ser, ninguno de nosotros puede decir que no tiene pecado. La Biblia dice enfáticamente: “No hay justo, ni aun uno”.
Así que, ¿cuáles son las consecuencias del pecado? Aunque Dios nos ama inmensamente, Él es justo y santo; no puede simplemente ignorar o pasar por alto el pecado. Él se ve obligado a condenar el pecado. Es más, la Biblia nos dice que “la paga del pecado es muerte”. La muerte es la consecuencia final del pecado, no sólo la muerte física, sino la perdición eterna en el lago de fuego.
Pero la historia no termina aquí.
A lo largo de nuestras vidas, hemos acumulado una cantidad de pecados, todos los cuales nos separan de Dios. Necesitamos el perdón de Dios. Pero ¿cómo podemos obtenerlo? En la Biblia, Hebreos 9:22 nos habla acerca de la única manera en que podemos ser perdonados por Dios:
“Y sin derramamiento de sangre no hay perdón”.
Por tanto vemos que el perdón requiere el derramamiento de sangre. ¿Pero la sangre de quién?
Aunque fuimos corrompidos por el pecado, nada pudo impedir que Dios cumpliera Su deseo de estar unido a nosotros. Así que Él tomó pasos increíbles para salvarnos.
Primero, Dios llegó a ser un hombre de carne y sangre llamado Jesús. Jesús era tanto Dios como hombre, un Dios-hombre. Vivió una vida humana perfecta en la tierra; fue el Único en la historia de la humanidad completamente sin pecado.
Luego, después de vivir por 33 años y medio, Jesús fue crucificado. El sufrió la muerte de un criminal sin jamás haber cometido un pecado. Pero Él no fue simplemente un mártir o un buen hombre que murió de manera injusta. Mientras este Dios-hombre sin pecado colgaba en la cruz, Él asumió la carga completa de nuestros pecados. Como pecadores, deberíamos cargar con la consecuencia de nuestros pecados y sufrir la muerte eterna. Pero en la cruz Jesús soportó el juicio del pecado. El derramó Su preciosa sangre para redimirnos eternamente y liberarnos de todos nuestros pecados.
Entonces, ¿por qué Jesús tuvo que morir? Para que usted pudiera ser perdonado y pudiera recibir la vida eterna.
Ahora, para ser salvo del juicio de Dios, usted simplemente necesita arrepentirse volviendo su corazón a Él y creer en Él y en lo que Él ha hecho por usted. Cuando usted hace esto, usted recibe el perdón de Dios y todos sus pecados son lavados por Su preciosa sangre.
Después de que Jesús murió por nuestros pecados, Él resucitó y llegó a ser el Espíritu vivificante. Al igual que el aire, Él está en todas partes. Cuando usted cree en Jesús, no sólo es perdonado de todos sus pecados, ¡sino que también nace de nuevo con la vida de Dios! Esto significa que Dios entra en usted y se une a usted para siempre.
Dios lo ama mucho. Él ya ha hecho todo para que usted sea perdonado y reciba Su vida eterna. Él sólo está esperando que usted se arrepienta y crea en Él. Usted puede hacer esto ahora mismo abriendo su corazón a Él y orando una oración sencilla como ésta:
“Señor Jesús, vuelvo mi corazón a Ti. Confieso que soy un pecador. Por favor, perdóname por todos mis pecados, grandes y pequeños. ¡Gracias por morir por mí! Gracias por pagar la pena por mis pecados y derramar Tu propia sangre para salvarme. Abro mi corazón para recibirte ahora mismo. Entra en mí y vive en mí. Gracias por darme Tu vida eterna. Te amo, Señor Jesús. Amén”.
Si usted oró para recibir al Señor Jesús, visite esta página. Pida un Nuevo Testamento de estudio aquí.

Como creyentes somos salvos eternamente, y Dios desea que nosotros, como creyentes, no pequemos. Esto lo podemos ver en la historia del Señor Jesús y la mujer adúltera en Juan 8. Jesús, el Único libre de pecado, el Único que puede perdonar el pecado y el Único cualificado para condenar al pecado, no condenó a esta mujer. Al contrario, Sus últimas palabras para esta mujer fueron éstas: “Vete, y no peques más”. Por más que no queramos, todavía pecamos durante nuestra vida diaria debido a que la naturaleza pecaminosa se inyectó en nosotros por medio de la caída. Debido a que Dios es santo, Él no puede tolerar el pecado, y nuestro pecado nos separa de Él, convirtiéndose en una barrera para nuestra comunión con Dios y aun nos causa que perdamos el gozo de nuestra salvación. Isaías 59:2 dice:
“Vuestras iniquidades han venido a ser una separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros Su rostro, de modo que Él no os oye”.
¡Cuán grave es el pecado! Tal gravedad nos debe hacer pensar que no debemos tolerarlo o dar ningún terreno al pecado en nuestras vidas. Sin embargo, cuando ya hemos caído y pecamos, ¿qué debemos hacer?
Cuando pecamos, se crea una barrera entre nosotros y el Señor, la cual interrumpe nuestra comunión con Él. Es por eso que debemos confesar nuestros pecados. Cuando confesamos nuestros pecados, somos perdonados, nuestras ofensas son lavadas y nuestra comunión con el Señor es restaurada. No debemos ignorar nuestros pecados o tratar de encubrirlos. Proverbios 28:13 nos dice:
“El que encubre sus transgresiones no prosperará, mas el que las confiesa y las abandona obtendrá misericordia”.
En vez de encubrir nuestros pecados, debemos confesarlos, y creer en la Palabra de Dios en 1 Juan 1:9:
“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.
¡Aleluya por la sangre de Jesús! Cada vez que confesamos, nuestros pecados son perdonados y la sangre de Cristo nos limpia de toda injusticia. ¡Qué provisión tan maravillosa de parte de Dios! Cuando confesamos nuestros pecados, nuestra comunión con el Señor es restaurada.
Es posible que nos preguntemos cómo proceder respecto a confesar nuestros pecados. ¿Es necesario que esperemos a un tiempo determinado o vayamos a un lugar especial? ¿Necesitamos confesar nuestros pecados a una persona en particular? Afortunadamente, no es necesario esperar para ir a un lugar en particular o esperar un tiempo determinado. Esto se debe a que la persona a quien debemos confesar es el Señor Jesús mismo. Respecto a nuestros pecados, debemos tratar directamente con el Señor. Y debido a que Él está dentro de nosotros todo el tiempo y en cualquier lugar, no es necesario ir a un lugar o esperar un determinado periodo de tiempo para confesar. El tiempo para confesar es a cualquier hora y en cualquier lugar que el Señor lo alumbre en algo que haya hecho. Y entre más pronto confesemos, mejor. He aquí algunos puntos importantes respecto a cómo confesar los pecados.
Uno de los puntos cruciales con el que debemos comenzar es que es necesario que pasemos tiempo con el Señor en Su Palabra. Mientras pasamos tiempo con Él en oración, Su luz nos alumbrará y expondrá, señalándonos ciertos pecados. No debemos ser introspectivos y buscar nuestros pecados. Dios es luz, y mientras pasamos tiempo con Aquel quien es luz, espontáneamente seremos alumbrados respecto a nuestros pecados. Entonces podremos confesarle al Señor los pecados sobre los cuales Él nos alumbra.
Cuando el Señor nos alumbra, siempre es de forma específica. Él puede alumbrarnos en cosas tales como decir una mentira o en la manera en que nos dirigimos a alguien. Por ejemplo, supongamos que estamos conversando con nuestros amigos y el Señor nos da el sentir claro de dejar de conversar con ellos y regresar a estudiar o a trabajar. Sin embargo, lo desobedecemos y seguimos conversando. El Señor nos redarguye acerca de nuestra desobediencia y sabemos que sentimos la necesidad de confesar. En este momento, podemos orar: “Señor, confieso que te he desobedecido. Por favor, perdóname por conversar cuando Tú no querías que lo hiciera. Lávame de mi pecado con Tu sangre preciosa”. Después de confesar de esta manera, podemos estar seguros de que hemos sido perdonados y que la sangre del Señor lava nuestro pecado.
Debemos confesar las cosas en las que el Señor Jesús nos alumbre. Esto incluye no sólo nuestros actos pecaminosos, sino también nuestras debilidades, deficiencias y fallas. Por ejemplo, quizás el Señor nos redarguya sobre ser perezosos o ser rebeldes. Si es así, debemos orar: “Señor, perdóname por ser perezoso. Soy perezoso y esta es la razón por la que no paso tiempo contigo. Señor, perdóname”.
No deseamos que nuestros pecados se acumulen entre nosotros y el Señor. De modo que debemos tener la práctica de mantener una lista breve con el Señor al confesar nuestros pecados tan pronto como seamos redargüidos en cuanto a ellos. Digamos que estamos hablando con un miembro de la familia y perdemos nuestro temperamento, y salimos del cuarto estallando con ira. Luego, mientras estamos en nuestra habitación, somos redargüidos por el Señor y nos damos cuenta que estuvo mal haber perdido nuestro temperamento. Inmediatamente, podemos confesar este pecado al Señor y decirle: “Por favor, perdóname. Lávame con Tu sangre preciosa ahora mismo”. Cuando confesamos, inmediatamente Dios nos perdona y se despeja cualquier ofensa hacia el Señor. No obstante, en estos casos, es necesario que tomemos cuidado de la persona a quien hemos ofendido. Así que, además de haber confesado al Señor nuestro pecado, debemos también ir y disculparnos con el miembro de nuestra familia. Confesar nuestros pecados diariamente, y hasta varias veces al día como sea necesario, es como lavar nuestras manos. Durante todo el día nuestras manos se ensucian, pero no dejamos que la mugre se acumule. Nos lavamos las manos cuando están sucias. El hábito más sano que debemos tener respecto a confesar nuestros pecados es no permitir que que nuestros pecados se acumulen, sino confesarlos a fin de que podamos ser lavados. Esto nos mantiene en una buena relación con el Señor.
Aparte de confesar nuestros pecados diariamente y llevar una lista breve con el Señor, también podemos pasar tiempos más prolongados con Él y estar bajo Su alumbrar. Una vez a la semana o una vez al mes podemos pasar treinta minutos o una hora adicional con el Señor para permitirle que nos alumbre más de una forma profunda. De igual manera, nosotros también tendremos más tiempo de responder a Su alumbrar y confesar de una manera profunda. Podemos comenzar estos tiempos orando los versículos de la Biblia o cantando un himno al Señor. Luego, podemos pedirle al Señor que nos alumbre. Mientras Él hace esto, sencillamente confesamos cualquier cosa en la que Él nos alumbre. Por medio de pasar más tiempo con el Señor, nuestra experiencia de confesar y ser lavados no sólo restaura nuestra comunión con el Señor, sino que la fortalece.
Cada uno de nosotros puede aprender esta práctica sana de confesar nuestros pecados. Quizás al principio no sea fácil, pero podemos intentar poner en práctica estas cosas mencionadas en esta entrada. ¡Que el Señor nos ayude a confesar diariamente y también a pasar más tiempo con Él para que nuestros pecados puedan desaparecer y para restaurar y fortalecer nuestra comunión con Dios!
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