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¿Alguna vez ha notado que invocar el nombre del Señor se menciona numerosas veces a lo largo de la Biblia? El pueblo de Dios ha invocado Su nombre durante siglos. De hecho, la primera mención de esta práctica se encuentra en el capítulo 4 de Génesis.
Pero ¿qué significa invocar el nombre del Señor?
Dado que esta frase se menciona tan frecuentemente en la Palabra de Dios, sin duda merece nuestra atención. En esta entrada, usaremos versículos y notas del Nuevo Testamento Versión Recobro para ver qué significa invocar al Señor y por qué es tan importante para nuestra vida cristiana.
El Antiguo Testamento fue escrito originalmente en hebreo y el Nuevo Testamento en griego. Estos idiomas son muy ricos y a veces transmiten más en una sola palabra que el español. Por ejemplo, en hebreo, la palabra traducida como invocar en español significa llamar en voz alta o clamar. Y en griego, significa invocar a una persona, llamar a una persona por su nombre. Así que, por definición, invocar al Señor es audible. Es decir Su nombre en voz alta, incluso clamar a Él.
Por ejemplo, cuando un niño pequeño se cae de un columpio, inmediatamente grita: “¡Mami!”. Cuando su madre escucha su llanto, corre hacia él, le seca las lágrimas y lo tranquiliza. Los niños claman por sus madres y padres cuando tienen hambre, están cansados o están asustados; llaman a sus padres para obtener la ayuda que necesitan.
De la misma manera, podemos clamar al Señor cuando estamos hambrientos o sedientos espiritualmente, o cuando necesitamos Su cuidado. Podemos invocarlo en todo tipo de situación, y tener la seguridad de que Él responderá exactamente con lo que necesitamos.
Como ya hemos mencionado, la práctica de invocar al Señor comenzó hace mucho tiempo, con la tercera generación de la humanidad. Génesis 4:26 dice:
“Y a Set [hijo de Adán] también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. En aquel tiempo los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová”.
¿Por qué los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová en aquel tiempo?
El significado del nombre Enós nos da una pista: significa hombre mortal y frágil. Debido a que la humanidad cayó y se apartó de Dios, el hombre llegó a ser frágil y mortal. Para cuando Enós nació, los seres humanos se habían dado cuenta de que eran vulnerables, incluso frágiles, y que su vida era limitada. Estaban muy conscientes de su mortalidad, y reconocían su necesidad de Dios.
Así que comenzaron a invocar a Jehová, el nombre del Señor. Jehová significa Yo soy el que Soy. Esto indica que Jehová existe para siempre; sólo Él es el Eterno. Los seres humanos frágiles y mortales lo invocaron porque sabían que necesitaban al Dios eterno.
Muchos versículos del Antiguo Testamento nos muestran que invocar el nombre del Señor continuó después de Enós con Abraham, Isaac, Moisés, David y muchos otros, incluyendo a los salmistas y profetas.
Luego, en el Nuevo Testamento, invocar el nombre del Señor se menciona por primera vez en Hechos 2:21:
“Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo”.
En el Nuevo Testamento, el nombre del Señor es Jesús, que significa Jehová el Salvador. Los primeros creyentes practicaban invocar audiblemente el nombre del Señor Jesús en todas partes. De hecho, Hechos 9 nos dice que Saulo, antes de creer en Jesús y llegar a ser el apóstol Pablo, era celoso de la religión judía. Perseguía a los cristianos y tenía autoridad para encarcelar a todos los que invocaran el nombre del Señor. Saulo encontró creyentes para arrestar al escucharlos invocar el nombre de Jesús. Esto muestra cuán prevaleciente era la práctica de invocar al Señor en aquellos días.
Después de ser salvo, Pablo mismo practicó invocar el nombre del Señor Jesús, y destacó esta práctica a lo largo de sus epístolas. Por ejemplo, en 1 Corintios 1:2 Pablo se dirigió a los creyentes en Corinto:
“A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”.
¡Este versículo nos muestra que los primeros creyentes incluso invocaban al Señor en cualquier lugar!
La práctica de invocar el nombre del Señor puede beneficiarnos enormemente de muchas maneras. Veamos algunas de estas maneras que Pablo menciona en Romanos 10.
Romanos 10:9 dice:
“Que si confiesas con tu boca a Jesús como Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.
Este versículo habla tanto de nuestro corazón como de nuestra boca. En el momento en que inicialmente creímos en Jesús con nuestro corazón y confesamos Su nombre con nuestra boca, fuimos salvos eternamente del juicio de Dios. Fuimos perdonados de nuestros pecados y nacimos de nuevo con la vida divina de Dios.
Pablo luego continuó en Romanos 10:12-13:
“Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos y es rico para con todos los que le invocan; porque: ‘Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo’”.
El Señor es ciertamente rico en lo que Él es, pero también quiere ser rico para con nosotros. Invocar Su nombre es la manera en que podemos experimentar Sus riquezas.
En el Nuevo Testamento Versión Recobro, la nota 1 sobre invoque en el versículo 13 es muy útil. Nos dice que invocar el nombre del Señor Jesús es importante no sólo cuando somos salvos inicialmente, sino también después:
“Invocar el nombre del Señor es la clave no sólo para nuestra salvación, sino también para nuestro disfrute de las riquezas del Señor. Comenzando con Enós, la tercera generación de la humanidad, y pasando por todos los siglos hasta llegar a los creyentes neotestamentarios, los redimidos y escogidos de Dios han disfrutado la redención y la salvación de Cristo y todas Sus riquezas por medio de esta clave”.
Cristo es tan rico de muchas maneras: como consuelo, paz, amor, esperanza, paciencia, benignidad, resiliencia, longanimidad, fortaleza, fe y todas las cosas positivas en el universo. Y simplemente invocar Su nombre, “¡Oh, Señor Jesús!” es la clave para disfrutar de Sus riquezas todos los días de nuestra vida.
Una vez más, Romanos 10:13 nos asegura que “Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo”. Pero ¿salvo de qué?
Cuando primero confesamos a Jesús como Señor, fuimos salvos eternamente. Pero también necesitamos ser salvos diariamente de muchas cosas negativas, incluyendo la ira, la impaciencia, la tristeza, el desánimo y la ansiedad.
Invocar: “¡Oh, Señor Jesús!” no es lo mismo que recitar palabras inspiradoras o afirmaciones positivas para mejorar nuestro estado de ánimo. En cambio, cuando invocamos el nombre de Jesús, contactamos al Señor viviente y resucitado que mora en nuestro espíritu. Al invocar Su nombre, lo experimentamos, y Él satisface nuestra necesidad.
De hecho, somos salvos de las cosas negativas al disfrutar de lo que el Señor es para nosotros. La nota 2 sobre salvo en el versículo 13 explica:
“Aquí ser salvos significa ser conducidos a disfrutar de las riquezas del Señor. El Señor es rico para con los judíos y también para con los griegos. Todos los que invocan el nombre del Señor disfrutan del rico Señor; como resultado, son llenos de Él y le expresan”.
Así que cuando invocamos al Señor Jesús, somos salvos al ser conducidos a disfrutar de Sus riquezas. Mientras disfrutamos de Él, lo experimentamos e incluso estamos llenos de Él. Entonces, en lugar de expresarnos a nosotros mismos en nuestra ira o impaciencia, lo expresamos a Él a los que nos rodean. Y la clave es simplemente invocar Su nombre, “¡Oh, Señor Jesús!”.
Invocar el nombre del Señor es una práctica esencial para toda nuestra vida cristiana. A pesar de que hemos sido salvos del juicio de Dios, todavía somos tan frágiles y mortales como aquellos en la época de Enós. La vida es a menudo confusa, abrumadora y llena de disturbios. Muchas veces se nos recuerda que estamos limitados, tanto física como psicológicamente. Necesitamos que el Señor y todas Sus riquezas nos llenen.
Incluso si no tenemos una necesidad particular, podemos contactar al Señor en nuestro espíritu al invocar: “Oh, Señor Jesús. Señor Jesús, te amo”. Y podemos invocarlo en cualquier lugar, en cualquier momento, en los buenos y en los malos tiempos. Podemos invocar en voz alta o en voz baja, solos o con otros creyentes. Cuando hagamos esto, seremos refrescados, satisfechos y fortalecidos. ¡Él es tan rico para con todos los que le invocan!
Usted puede aprender más sobre ésta práctica disfrutable en el capítulo 4 de Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1, un libro electrónico gratuito que puede descargar desde cualquier parte del mundo aquí.
Y si vive en Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer todas las notas maravillosas sobre los versículos mencionados en esta entrada.

Los seres humanos necesitamos ciertas cosas para mantener la vida física, como aire, agua y alimentos. También necesitamos la luz del sol. Pasar tiempo bajo la luz del sol aumenta el suministro de vitamina D de nuestro cuerpo, y mejora nuestro estado de ánimo y salud mental. Y las plantas y animales que necesitamos consumir para una dieta sana también dependen de la luz del sol para crecer.
En otras palabras, necesitamos luz para desarrollarnos bien.
Nuestras necesidades físicas pueden ayudar a ilustrar lo que necesitamos para sostener nuestra vida cristiana. Por ejemplo, todos los días necesitamos respirar, beber y comer espiritualmente para crecer en la vida de Dios. Y para un crecimiento normal, también necesitamos la luz de Dios.
Para ver cómo podemos experimentar la luz de Dios, usaremos algunos extractos del excelente libro El conocimiento de la vida, de Witness Lee.
Primero, debemos darnos cuenta de que la luz de Dios y la vida de Dios siempre van juntas. En El conocimiento de la vida, Lee habla de este vínculo vital en la página 221:
“Donde hay luz, hay vida. Este es un gran principio en la Biblia. Salmos 36:9 dice: ‘Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz’. Esto también habla claramente de la relación entre la vida y la luz. La vida siempre sigue la luz, y sólo la luz puede producir la vida”.
Experimentamos la luz de Dios por primera vez cuando fuimos salvos. Cuando escuchamos el evangelio de Jesucristo, la luz de Dios resplandeció sobre nosotros y fuimos convencidos de nuestra condición. El resplandor de esa luz nos hizo arrepentirnos y volvernos a Dios. Creímos en el Jesús resucitado y en todo lo que Él hizo por nosotros, y lo recibimos como nuestro Salvador. Esta luz también produjo la vida en nosotros: fuimos regenerados, o nacidos de nuevo, en nuestro espíritu con la vida divina de Dios.
Pero Dios quiere que sigamos creciendo en Su vida divina hasta que ésta llene cada parte de nuestro ser. Éste es Su propósito para con nosotros. Y para que esto suceda, necesitamos Su luz.
Entonces, ¿cómo experimentamos prácticamente el resplandor de la luz de Dios?
Salmos 119:105 dice:
“Lámpara es a mis pies Tu palabra y luz a mi senda”.
La luz espiritual genuina es imposible de fabricar. La Palabra de Dios nos trae luz y funciona como una lámpara que ilumina nuestro camino. Pero que recibamos o no luz de la Palabra depende de cómo nos acerquemos a ella. ¿Venimos a la Biblia sólo para obtener doctrinas o enseñanzas sobre cómo vivir una vida buena y moral? ¿O venimos a obtener luz espiritual?
En la porción de El conocimiento de la vida, Lee hace referencia a Juan 6:63, que dice:
“El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida”.
Lee explica en las páginas 223-224:
“Puesto que la vida y el espíritu están en nosotros, está claro que las palabras que el Señor menciona aquí deben de también referirse a las palabras habladas en nuestro interior, y no a las letras exteriores de la Biblia. Todas las palabras fuera de nosotros son simple conocimiento; no son luz. Sólo las palabras que entran en nuestro espíritu son las palabras de Dios, vivas y resplandecientes. Si al tomar la Biblia ejercitamos constantemente nuestro espíritu en comunión para leer y abrimos nuestro espíritu para recibir, las palabras de la Biblia serán espíritu y vida para nosotros. Podrán entrar en nuestro espíritu y convertirse en palabras vivas, las cuales traen consigo la luz de vida”.
Así que si ejercitamos y abrimos nuestro espíritu cuando leemos la Biblia, la Palabra de Dios será espíritu y vida dentro de nosotros, trayéndonos la luz de la vida.
Entonces, ¿cómo ejercitamos nuestro espíritu cuando leemos la Biblia?
Una de las mejores maneras de ejercitar nuestro espíritu es orar. Podemos orar mientras leemos la Biblia, usando las palabras que leemos para orar. Estas palabras llegarán a ser espíritu y vida para nosotros.
Por ejemplo, digamos que en su lectura de la Biblia llega a Efesios 5:15-16:
“Mirad, pues, atentamente cómo andéis, no como necios sino como sabios, redimiendo el tiempo, porque los días son malos”.
Usted puede usar estos versículos para ejercitar su espíritu y orar al Señor, tal vez algo como esto:
“Señor, quiero mirar atentamente cómo ando. No quiero ser necio en mi andar, sino sabio. Señor, comprendo que los días son malos. He perdido demasiado tiempo. Señor, me arrepiento. Ayúdame a redimir mi tiempo”.
Mientras recibe la Palabra de Dios al orar sobre ella, el Señor tiene la manera de hablarle. Tal vez Él resplandezca sobre la cantidad de tiempo que usted pasa en las redes sociales. Bajo Su luz, usted se da cuenta del efecto negativo que esto ha tenido y se siente condenado del tiempo que ha perdido.
Usted podría ignorar este resplandor y seguir gastando su tiempo de la misma manera. O usted puede responder a la luz del Señor orando:
“Señor, Tu tienes razón. No quiero perder mi tiempo en tantas cosas. Señor, ayúdame a redimir mi tiempo. Señor, te necesito. Fortaléceme para obedecerte en esto”.
Cuando usted responde al resplandor del Señor con respecto a este asunto, usted recibe más vida, permitiendo que la vida de Dios crezca en usted.
Además de la Palabra de Dios, también tenemos al Señor mismo viviendo dentro de nosotros para ser nuestra luz. Juan 1:4 dice:
“En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.
Y Juan 8:12 dice:
“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, jamás andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
En la página 225, Lee habla sobre la luz de la vida y la luz de los hombres mencionadas en estos dos versículos:
“Juan 1:4 nos dice que la vida de Dios está en el Señor Jesús, y que esta vida es la luz de los hombres. Cuando recibimos al Señor Jesús como Salvador, esta vida entra en nosotros y llega a ser nuestra ‘luz de la vida’ (Juan 8:12). Por consiguiente, hablando con propiedad, esta luz no es una luz objetiva que nos ilumina desde afuera, sino una luz subjetiva que nos ilumina desde nuestro interior”.
El Señor en nosotros es nuestra luz de la vida. Él nos hace saber cómo se siente acerca de todo en nuestras vidas. Tenemos una conciencia, un sentir, sobre lo que Él aprueba o desaprueba, lo que lo hace feliz o le desagrada. Ese sentir interior es la luz de la vida que resplandece en nosotros. Y este resplandor es subjetivo, iluminándonos desde nuestro interior.
¿Cómo podemos experimentar este resplandor subjetivo de la luz de la vida?
Supongamos que un amigo le envía un mensaje de texto que le molesta. Su primera reacción es responder airadamente. Mientras redacta el mensaje, usted empieza a sentirse incómodo y percibe que algo en su interior le dice: “Deténgase”. Ese sentir es la luz de la vida que lo ilumina. Al ceder a esta iluminación, usted puede decir: “Está bien, Señor, me detendré. ¿Qué quieres escribir? ¿Cómo quieres responder?”. Entonces, usted borra lo que ha escrito y pasa tiempo abriéndose más al Señor. Al hacer esto, se imparte más vida en usted. Entonces escribe una respuesta a su amigo, no en usted mismo sino en Cristo.
La forma en que nos comunicamos probablemente experimentaría un gran cambio si comenzáramos a obedecer el resplandor de la luz de la vida en nosotros. Y lo que es más importante, imagínese cuánto crecería la vida de Dios en nosotros como resultado.
Cuando Dios resplandece, ya sea a través de Su Palabra o desde nuestro interior, simplemente deberíamos obedecer. A veces puede ser difícil, pero deberíamos recordar que necesitamos la luz de Dios para crecer.
La alternativa a recibir la luz de Dios es permanecer en tinieblas. Pero si obedecemos el resplandor de la luz de Dios, Su vida tendrá la manera de crecer en nosotros. Como resultado, seremos llenos de gozo y paz y experimentaremos un crecimiento cristiano normal y saludable.
En esta entrada, hemos hecho referencia al capítulo 14 sobre “Luz y vida” de El conocimiento de la vida. Este libro electrónico gratuito está disponible aquí. Le animamos a que lo descargue y lea más sobre cómo conocer y experimentar la vida de Dios.

La gente hoy en día tiene ciertas ideas sobre lo que es la iglesia. Estas ideas han sido determinadas principalmente por la religión, la historia, la tradición e incluso la sociedad. Algunos piensan que la iglesia es un edificio o un lugar especial donde los cristianos van a adorar los domingos. Otros piensan que la iglesia es una organización de personas que están de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. Y otros piensan que es un grupo de personas que realizan obras de caridad para el beneficio de la sociedad.
Pero para descubrir lo que la iglesia es en realidad, necesitamos acudir a la Palabra de Dios para ver el pensamiento de Dios con respecto a la iglesia.
La iglesia es un asunto tremendo en la Biblia que tiene muchos aspectos; simplemente no se puede abarcar en una sola entrada. Hoy, con la ayuda de notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro, veremos un aspecto de lo que la iglesia es según la Palabra de Dios: la asamblea de los llamados a salir.
Cuando leemos la Biblia, es un buen principio prestar atención a la primera vez que se menciona un asunto importante. Esto prepara el camino para comprender su desarrollo en el resto de las Escrituras.
La primera vez que se menciona la palabra iglesia en toda la Biblia es en Mateo 16:18.
En Mateo 16, Jesús y Sus discípulos salieron de Jerusalén, el centro religioso en aquellos tiempos, y llegaron a Cesarea de Filipo. Allí, Jesús preguntó a los discípulos quién decía la gente que Él era, y ellos le informaron lo que algunos habían dicho de Él. Entonces Jesús les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”.
En el versículo 16, tenemos la respuesta de Pedro a esta pregunta de suma importancia:
“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
En respuesta a la declaración de Pedro, Jesús dijo en los versículos 17-18:
“Bienaventurado eres, Simón Barjona, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos. Y Yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia”.
Pedro comprendió que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, porque el Padre se lo reveló. Entonces el Señor unió la revelación de quién Él es con la revelación adicional de la iglesia.
Ahora leamos la nota 1 sobre el versículo 18 en el Nuevo Testamento Versión Recobro:
“La revelación que el Padre da acerca de Cristo es sólo la primera mitad del gran misterio, el cual es Cristo y la iglesia (Ef. 5:32). Así que, era necesario que el Señor revelara a Pedro la segunda mitad, la cual se relaciona con la iglesia”.
La voluntad de Dios es un misterio. El apóstol Pablo habla de este misterio a lo largo del libro de Efesios, y en 5:32 nos dice claramente:
“Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia”.
Así que Cristo y la iglesia juntos son el gran misterio. Dado que Cristo es el Hijo del Dios viviente, la iglesia también debe ser una entidad viviente.
Entonces, ¿qué es la iglesia? Para responder a esta pregunta, primero necesitamos ver el significado de la palabra iglesia en Mateo 16:18. La nota 5 sobre iglesia en este versículo en la Versión Recobro empieza:
“Gr. ekklesía, que significa llamado a salir. Esta palabra se refiere a la congregación que ha sido llamada a salir”.
Esta nota nos dice que en griego —el idioma original del Nuevo Testamento— la palabra para iglesia, ekklesía, significa llamado a salir. Así que la iglesia es la congregación, o asamblea, de todas las personas que han sido llamadas a salir del mundo por Dios.
La segunda parte de esta misma nota dice:
“La expresión Mi iglesia indica que la iglesia pertenece al Señor, y no a alguna otra persona o cosa; la iglesia no es como las denominaciones, que toman el nombre de alguna persona o de algún asunto”.
Cuando el Señor Jesús mencionó la iglesia por primera vez, dijo Mi iglesia. Como lo explica la nota, esto significa que la iglesia es algo que procede del Señor mismo, y no de nada ni nadie más. Ya que la iglesia procede del Señor, no puede ser algo formado por organización humana, mucho menos una estructura física.
Ya hemos visto que la iglesia, la ekklesía, es la congregación de todos aquellos que son llamados a salir por Dios. Pero ¿quiénes son estos llamados a salir que constituyen la iglesia?
Leamos 1 Corintios 1:2:
“A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados”.
La nota 3 de este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica cómo las frases la iglesia de Dios y los que han sido santificados en Cristo Jesús están relacionadas:
“La frase a la iglesia de Dios equivale a la frase a los santificados en Cristo Jesús. Esto indica enfáticamente que la iglesia está compuesta de los santos y que los santos son los constituyentes de la iglesia. No debemos considerar a la iglesia y a los santos como entidades separadas. Individualmente, somos los santos; corporativamente, somos la iglesia”.
La frase la iglesia de Dios nos dice que Pablo se estaba dirigiendo a la ekklesía, la asamblea de personas llamadas a salir. La frase a los santificados en Cristo Jesús nos dice algo acerca de esas personas llamadas a salir.
Ahora veamos 1 Corintios 1:2 nuevamente, centrándonos en la segunda mitad del versículo:
“A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados”.
¿Quiénes son los santificados que componen la iglesia? Para averiguarlo, leamos la nota 4 sobre la palabra santificados en este versículo:
“Es decir, hechos santos, apartados para Dios con miras al cumplimiento de Su propósito”.
La palabra santo es la forma sustantiva de la palabra santificar. Así que los creyentes son los santos llamados, es decir, aquellos que son hechos santos.
¿Cómo fuimos santificados, o hechos santos, nosotros los creyentes? Ciertamente no nos hicimos santos por nuestra propia cuenta. La clave está en la frase santificados en Cristo Jesús. La nota 5 explica lo que esto significa:
“En Cristo significa en el elemento y esfera de Cristo. Cristo es el elemento y la esfera que nos apartó, nos hizo santos, para Dios cuando creímos en Él, es decir cuando fuimos unidos orgánicamente con Cristo por medio de nuestra fe en Él”.
Cuando creímos en el Señor Jesús como nuestro Salvador, fuimos introducidos en una unión viva y orgánica con Él, al igual que una rama que ha sido injertada en una vid. Al ser unidos a Cristo, fuimos santificados, o apartados, para Dios para Su propósito y hechos los constituyentes de la iglesia.
Puede ser muy común escuchar preguntas como, “¿A qué iglesia va?” o “¿A qué iglesia pertenece?”. Pero hoy hemos visto en estos versículos en Mateo 16 y 1 Corintios 1 que la iglesia no es un lugar al que vamos o algo a lo que nos unimos. La Biblia nos muestra que la iglesia es los llamados a salir que han creído en Jesucristo, los que se han unido a Él y han sido santificados en Él por medio de la fe.
Nosotros los creyentes hemos sido llamados a salir fuera del mundo y santificados en Cristo. Somos parte de esta maravillosa ekklesía que Cristo atesora y que es parte del gran misterio de Dios.
La iglesia es un asunto profundo y grande con muchos aspectos, y esperamos tener más entradas sobre este tema tremendo y rico. Mientras tanto, le animamos a pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro para que pueda leer todas las notas útiles sobre los versículos mencionados en esta entrada. Si usted vive en los Estados Unidos, puede hacer su pedido gratis aquí. También puede descargar y leer el libro La iglesia gloriosa, escrito por Watchman Nee, desde cualquier parte del mundo aquí.