Subscribe to receive the latest posts

A lo largo del viaje de la vida, nadie puede evitar las preocupaciones, dificultades y angustias. Cuando nos sentimos heridos, desanimados o afligidos, anhelamos que alguien entienda por lo que estamos pasando. Podemos obtener algo de alivio al abrirnos a amigos o familiares, pero a veces ellos no pueden entender completamente. Aún sentimos una profunda necesidad en nuestro corazón.
Entonces, ¿a quién podemos acudir? Tal vez pensemos que el Señor Jesús no puede entender todo por lo que estamos pasando. ¡Pero Él sí puede! Podemos estar seguros de este hecho basándonos en la Palabra de Dios.
De hecho, Hebreos 2:17 es un versículo invaluable en la Biblia. Dice:
“Por lo cual [Jesús] debía ser en todo hecho semejante a Sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Sumo Sacerdote en lo que a Dios se refiere, para hacer propiciación por los pecados del pueblo”.
Hoy nos centraremos en tres frases cruciales de este versículo con la ayuda de notas del Nuevo Testamento Versión Recobro. Veremos que nuestro querido Señor Jesús puede genuinamente entendernos y compadecerse de nosotros como nadie más puede, y que sólo Él puede satisfacer nuestra profunda necesidad interna.
Primero, ¿qué significa que Jesús fue en todo hecho semejante a Sus hermanos? La nota 1 en Hebreos 2:17 en la Versión Recobro explica:
“El Hijo de Dios fue hecho semejante a nosotros, Sus hermanos, en el sentido de que participó de sangre y carne (v. 14). Esto fue hecho con dos propósitos, uno negativo y otro positivo. El propósito con sentido negativo fue destruir por nuestro bien al diablo, quien está en la carne. El propósito con sentido positivo fue convertirse en nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote, quien tiene la naturaleza humana, para poder comprendernos en todas las cosas”.
Esta nota hace referencia a Hebreos 2:14, que dice:
“Así que, por cuanto los hijos son participantes de sangre y carne, de igual manera Él participó también de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tiene el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.
¿Por qué Jesús, el Hijo de Dios, participó de sangre y carne? Por dos razones: para destruir al diablo en la carne a través de Su muerte, y llegar a ser un hombre genuino con naturaleza humana que puede compadecerse de nosotros.
Con esto en mente, consideremos la vida de Jesús en la tierra.
Isaías 53 es una gran profecía y revelación de Jesús en el Antiguo Testamento. Dice que Él sería un varón de dolores, experimentado en aflicción. Desde ser colocado en un humilde pesebre en Su nacimiento hasta soportar una humillante y agonizante muerte en la cruz, Jesús experimentó un sufrimiento inimaginable durante toda Su vida. Creció en el hogar de un carpintero pobre en Nazaret, una región despreciada. Él conoció de primera mano lo que eran el hambre, la sed, el cansancio y la pobreza. Supo lo que era ser rechazado, malinterpretado, burlado y calumniado. Él experimentó todas las facetas de la vida humana. Como hombre, soportó sufrimientos que ni siquiera podemos imaginar.
Los Evangelios revelan que Jesús se preocupaba profundamente por los seres humanos entre quienes vino a vivir y a quienes ministraba. Sanó a los enfermos, limpió a los leprosos y dio la vista a los ciegos. Enseñó la verdad y habló palabras tiernas de compasión a los desolados y miserables.
Jesús se preocupaba por todo tipo de persona, sin importar cuán vil fuera. Esto hizo que aquellos que no lo apreciaban lo menospreciaran llamándolo amigo de pecadores. Pero qué maravilloso para todos nosotros que Él sea verdaderamente amigo de los pecadores.
Debido a lo que experimentó en Su vida en la tierra, Jesús puede entender cualquier cosa por la que estemos pasando, sin importar cuán terrible o angustiante sea. Podemos estar seguros de que sea cual sea la situación en la que nos encontremos, Él comparte nuestros sentimientos, se compadece de nosotros y se preocupa por nosotros. Todo esto es posible porque Él fue hecho semejante a nosotros, Sus hermanos, al participar de sangre y carne.
Ahora veremos la segunda frase importante en Hebreos 2:17: para venir a ser misericordioso y fiel Sumo Sacerdote. La nota 2 sobre Sumo Sacerdote en la Versión Recobro explica:
“Cristo, como Sumo Sacerdote, nos ministra a Dios mismo y las riquezas de la vida divina. Como Dios-hombre, Él está plenamente calificado para ser nuestro Sumo Sacerdote. Aquí misericordioso corresponde al hecho de que Él es un hombre; fiel corresponde a que Él es Dios”.
En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote servía a Dios e intercedía en nombre del pueblo de Dios. El sumo sacerdote en el Antiguo Testamento es un cuadro, y Jesús es la realidad, el cumplimiento de este cuadro. Jesús, nuestro verdadero Sumo Sacerdote, es tanto Dios como hombre. Como hombre hecho semejante a nosotros en todas las cosas, es misericordioso con nosotros y capaz de entendernos. Podemos venir a Él y estar seguros de que Él se compadece de nosotros en nuestra aflicción.
Además, como Dios, Jesús es nuestro fiel Sumo Sacerdote. Cuando sufrimos, Él nos ministra a Dios mismo y las riquezas ilimitadas de la vida divina para satisfacer nuestra necesidad. Puede que ni siquiera sepamos lo que necesitamos, pero nuestro fiel Sumo Sacerdote lo sabe y nos ministra fuerza, amor, esperanza, aliento, perseverancia, alegría y mucho más.
Hablando de la clase de Sumo Sacerdote que Jesús es para nosotros, Hebreos 4:15-16 dice:
“Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.
Qué precioso es que Jesús pueda compadecerse de nuestras debilidades. Podemos acercarnos a nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote confiadamente, seguros de que recibiremos misericordia y hallaremos gracia para el oportuno socorro.
Llegamos ahora a la tercera frase importante en Hebreos 2:17: para hacer propiciación por los pecados del pueblo.
En algún momento, probablemente hemos sentido miedo de acercarnos a Jesús y derramar lo que está en nuestro corazón a Él. Tal vez nos sentimos indignos, o llenos de culpa por haber estado lejos de Él por un tiempo. Quizás hemos experimentado un fracaso en nuestra vida cristiana.
Pero si esta es nuestra situación, necesitamos darnos cuenta de que el Señor hizo propiciación por nuestros pecados. La nota 4 sobre propiciación en la Versión Recobro explica:
“Jesús hizo propiciación por nuestros pecados, satisfaciendo así los requisitos de la justicia de Dios y estableciendo una relación de paz entre Dios y nosotros, a fin de poder darnos Su gracia en paz”.
Es imposible que arreglemos nuestra condición pecaminosa ante Dios por nosotros mismos. Pero Jesús nos amó a tal punto que puso Su vida por nosotros. Él resolvió nuestro problema de pecado al satisfacer todas las justas demandas de Dios a través de Su muerte en la cruz. Esto era cierto cuando primero creímos en Jesús y lo aceptamos como nuestro Salvador, y también es cierto cuando hemos pecado después de ser salvos.
Por supuesto, si hemos pecado, necesitamos arrepentirnos —es decir, volvernos a Dios— y confesar nuestros pecados a Él. Al volvernos a Él y confesar nuestros pecados, podemos disfrutar de Su propiciación y ser perdonados y limpiados con Su sangre. Entonces podemos venir al Señor sin ningún temor o culpa persistente.
Hebreos 2:17 es un versículo maravilloso que nos muestra que Jesús en todo fue hecho semejante a nosotros para que Él pudiera verdaderamente entendernos. Él es nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros y satisfacer nuestra necesidad interior, y Él es Aquel que hizo propiciación por nosotros.
Sin importar por cuál situación difícil estemos pasando, podemos estar seguros de que Jesús nos comprende completamente y se compadece profundamente de nosotros. Y debido a que Él hizo propiciación por nosotros, podemos acercarnos a Él en cualquier momento.
Ahora consideremos cómo podemos experimentar al Señor compadeciéndose de nosotros y ministrándonos en nuestra vida diaria.
Primero, deberíamos darnos cuenta de que el Señor no está lejos de nosotros. Cuando fuimos salvos, Cristo vino a vivir en nuestro espíritu, nuestra parte más profunda. Él siempre está disponible y accesible para nosotros. En cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier situación, podemos acercarnos a Él en nuestro espíritu.
Segundo, cuando nuestra conciencia nos avisa que hemos cometido un pecado, deberíamos confesar ese pecado al Señor para que podamos ser perdonados y limpiados por Su sangre. Esto elimina cualquier barrera entre nosotros y el Señor para que podamos acercarnos a Él libremente.
Tercero, podemos acercarnos al Señor al tener comunión con Él en oración. Realmente ayuda abrir nuestra boca y orar audiblemente al Señor. Podemos hablarle libremente y derramar todo lo que está en nuestro corazón a Él.
Muchos de nosotros podemos testificar que al decir lo que estaba en nuestro corazón al Señor en oración, fuimos consolados por Su compasión y cuidado tierno. Aunque nuestra situación externa no cambió, fuimos alentados y avivados porque Jesús ministró algo de Dios en nuestro ser, satisfaciendo nuestra necesidad más profunda. Las palabras no pueden expresar lo maravillosa que es esta experiencia.
Esperamos que se sienta animado por las palabras en Hebreos 2:17 y las notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro. Sin importar por lo que estemos pasando, podemos acercarnos al Señor en oración y experimentar el cuidado amoroso de nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote. Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

Al leer Romanos 8 detenidamente, vemos que el andar cristiano no consiste en esforzarse por vivir una vida ética e intachable, sino de andar conforme al espíritu. El Señor Jesús sufrió la muerte en la cruz no sólo para perdonarnos de nuestros pecados, sino también para llegar a ser Espíritu vivificante en resurrección. Cuando creímos en Él y nacimos de nuevo, Él como el Espíritu entró en nuestro espíritu. Y cuando andamos conforme al Espíritu en nuestro espíritu, espontáneamente vivimos la vida cristiana que Dios desea que tengamos.
En esta entrada, hablaremos del papel crucial de la mente con relación a andar conforme al espíritu con la ayuda de versículos y notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro.
Comencemos leyendo Romanos 8:4-6:
“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu. Porque los que son según la carne ponen la mente en las cosas de la carne; pero los que son según el espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz”.
Así que vemos que inmediatamente después del versículo 4, que habla de aquellos que andan conforme al espíritu, los versículos 5 y 6 ambos mencionan la mente.
Centrémonos en Romanos 8:6:
“Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz”.
La nota 1 en la Versión Recobro nos ayuda a entender el significado de la mente puesta en la carne. La primera parte de la nota explica:
“Lit., la mente de la carne. En los vs. 6-8 el elemento crucial es la mente. La mente es la parte que dirige nuestra alma, la cual es la personalidad del hombre, o sea, su persona. Así que, la mente representa al alma, es decir, a la persona misma”.
Dios nos creó con tres partes: un espíritu, un alma y un cuerpo. Y nuestra mente, siendo la parte principal de nuestra alma, representa nuestra persona.
Ahora leamos la siguiente parte de la nota:
“En este capítulo la mente ocupa una posición neutral pues se encuentra entre el espíritu regenerado y mezclado, y el cuerpo caído, la carne. Los caps. 7 y 8 muestran que la mente puede llevar a cabo dos acciones diferentes, por las cuales tiene la capacidad de ponernos en el espíritu o en la carne”.
Nuestro espíritu humano, donde mora el Espíritu Santo una vez que somos regenerados, es la parte más profunda de nuestro ser. Para ilustrar esto, imaginemos que las tres partes de nuestro ser son tres círculos concéntricos, como vemos en el siguiente diagrama. El círculo interno es nuestro espíritu. El círculo externo es nuestro cuerpo, el cual fue convertido en la carne de pecado en la caída del hombre. El círculo del medio es nuestra alma, situada entre nuestro espíritu y nuestra carne caída y pecaminosa.

Ahora leamos el resto de la nota, que nos muestra las consecuencias muy diferentes de poner nuestra mente en el espíritu o en la carne:
“Si la mente depende del espíritu regenerado y se adhiere a éste, el cual está mezclado con el Espíritu de Dios, nos introducirá en el espíritu y en el disfrute del Espíritu divino como la ley del Espíritu de vida (v. 2). Si la mente se adhiere a la carne y actúa de modo independiente, nos introducirá en la carne, haciendo que estemos en enemistad con Dios y no podamos agradarle (vs. 7-8)”.
Nuestra mente, siendo neutral, puede ir en una de dos direcciones. De qué depende y a qué se adhiere determina si estamos en nuestro espíritu o en nuestra carne.
Cada día, tenemos una decisión que tomar: ¿ponemos nuestra mente en la carne o en el espíritu? Como nos dice Romanos 8:6, poner la mente en la carne resulta en muerte, pero poner la mente en el espíritu resulta en vida y paz.
Por supuesto, todos diríamos que queremos vida y paz en lugar de muerte. Pero que disfrutemos vida y paz depende de dónde pongamos nuestra mente.
Antes de ser salvos, nuestro espíritu estaba muerto y sin Cristo. No teníamos la opción de poner nuestra mente en el espíritu. Vivíamos y andábamos automáticamente conforme a la carne y espontáneamente cometíamos pecados.
El libro de Romanos fue escrito a creyentes en Cristo. Y en Romanos 8:6 Pablo deja claro que incluso después de ser salvos, todavía es posible que pongamos nuestra mente en la carne.
Al escribir que la mente puesta en la carne es la muerte, Pablo no se estaba refiriendo a la muerte física sino a la muerte espiritual. De igual manera, poner la mente en el espíritu resulta en vida y paz espiritual. Experimentamos tanto la muerte espiritual como la vida espiritual a través de sensaciones internas particulares.
La nota 2 sobre Romanos 8:6 en la Versión Recobro arroja un poco más de luz sobre cómo experimentamos muerte versus vida y paz. El primer párrafo de esta nota dice:
“La vida y la paz son el resultado de poner nuestra mente en el espíritu. En tal caso nuestro hombre interior y nuestras acciones exteriores concuerdan y no hay discrepancia entre nosotros y Dios. Entre Él y nosotros hay paz, no enemistad (v. 7). El resultado es que nos sentimos tranquilos interiormente”.
Cuando ponemos nuestra mente en el espíritu, nos sentimos en paz, relajados, satisfechos, e incluso gozosos interiormente; no hay desacuerdo, no hay controversia entre nosotros y el Señor.
Ahora leamos la primera parte del segundo párrafo de esta nota:
“Cuando nuestra mente está puesta en la carne y en las cosas de la carne, el resultado es muerte, lo cual hace que nos sintamos separados del disfrute de Dios. Nos sentimos incómodos y muertos, en lugar de sentirnos tranquilos y vivos”.
Así que cuando ponemos nuestra mente en la carne, nos sentimos muertos espiritualmente y separados del disfrute de Dios. Y como resultado, nos sentimos incómodos y débiles. Estos sentimientos negativos nos advierten que no estamos poniendo nuestra mente en el espíritu. En cualquier cosa que estemos haciendo, pensando o diciendo, no estamos viviendo conforme a la vida de Cristo en nuestro espíritu.
Ahora leamos el resto de la nota:
“Cuando nos ocupamos de la carne y ponemos la mente en las cosas de la carne, la sensación de muerte nos debe servir de advertencia, instándonos a ser librados de la carne y a vivir en el espíritu”.
Así que los sentimientos negativos que resultan de la muerte, o la sensación de muerte, son en realidad muy útiles para nosotros. Nos dicen dónde estamos y nos advierten que dejemos de hacer lo que estamos haciendo.
En nuestra vida cristiana, todos hemos experimentado los sentimientos negativos de muerte que provienen de poner nuestra mente en la carne.
Por ejemplo, supongamos que estamos leyendo las noticias en línea. Al principio, nos sentimos bien. Luego, después de un tiempo, hacemos clic en otro enlace y luego en otro, y terminamos leyendo todo tipo de cosas. El Señor dentro de nosotros dice: “Detente”, pero lo ignoramos y continuamos con lo que estábamos haciendo. Entonces empezamos a sentirnos vacíos e incómodos, y nos sentimos entenebrecidos interiormente. Todas éstas son sensaciones de muerte, que indican claramente que estamos poniendo nuestra mente en la carne.
Leer las noticias no es pecaminoso en sí mismo. Pero al no prestar atención a la palabra del Señor de detenernos, ponemos nuestra mente en la carne y terminamos experimentando la muerte espiritual.
Por otro lado, también hemos experimentado vida y paz espirituales. Seguramente podemos recordar haber tenido comunión con el Señor o haber leído Su Palabra y haber sentido gozo, paz y luz interior.
Pero ¿cómo experimentamos esto en nuestra vida diaria? Usemos otra vez el ejemplo de leer las noticias. Pero esta vez, cuando el Señor dentro de nosotros dice: “Es suficiente. Detente aquí”, obedecemos este instar interno y dejamos de leer. Luego inmediatamente tenemos un sentir interno de satisfacción, gozo y paz y nos sentimos fortalecidos y avivados.
¡Qué diferencia hay entre el sentir de muerte y el sentir de vida y paz!
Poner nuestra mente en el espíritu no significa que nos quedemos sentados pensando en Cristo todo el tiempo y descuidemos nuestro trabajo o estudios. Por el contrario, mientras estamos trabajando, estudiando, conduciendo, dando un paseo —lo que sea que estemos haciendo— nos mantenemos en contacto con el Señor en nuestro espíritu.
Poner nuestra mente en el espíritu requiere un esfuerzo consciente de nuestra parte. No es algo a lo que estamos acostumbrados. Y si adoptamos un enfoque pasivo, nuestra mente se desvía y es automáticamente puesta en la carne.
Pero hay algunas cosas que podemos hacer para ayudarnos a poner nuestra mente en nuestro espíritu todos los días.
Una es comenzar el día leyendo y orando con la Palabra de Dios. Al disfrutar del Señor en Su Palabra y participar de Él, estamos poniendo nuestra mente en el espíritu. Tener este tiempo por la mañana también puede ayudarnos a poner nuestra mente en el espíritu durante todo día.
Por ejemplo, digamos que una mañana disfrutó leer y orar con Efesios 1:4:
“Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor”.
Usted experimenta vida y paz mientras ora con este versículo. Pero incluso después, a medida que sigue con su día, parte del versículo puede volver a usted: nos escogió en Él antes de la fundación del mundo. Dondequiera que esté, usted puede orar: “¡Oh, Señor Jesús, gracias por escogerme! Señor, Tú me escogiste antes de la fundación del mundo. Gracias, Señor”.
También podemos poner nuestra mente en el espíritu al hablar con el Señor de una manera sencilla durante el día. Mientras conducimos al trabajo, podemos contarle cualquier preocupación que podríamos tener y pedirle que nos guíe a través de ellas. Podemos agradecerle por Sus provisiones y tener comunión con Él acerca de cualquier asunto que esté en nuestro corazón. E incluso simplemente invocar en el nombre del Señor Jesús trae nuestra mente de vuelta al espíritu.
Y cada vez que tenemos el sentir de muerte, necesitamos dejar de hacer lo que estemos haciendo e inmediatamente volvernos al Señor. Podemos orar: “Señor Jesús, me arrepiento y me vuelvo a Ti. ¡Pongo mi mente en mi espíritu ahora mismo!”.
Al igual que el ejercicio físico, cuanto más practiquemos poner nuestra mente en nuestro espíritu, más llegará a ser una parte normal de nuestra vida. Desarrollaremos un gusto más fuerte por la vida y la paz y aprenderemos a volvernos más rápidamente de lo que nos mata espiritualmente. Cuanto más hagamos esto, más creceremos en el Señor y viviremos por la vida divina de Cristo en nosotros. Entonces Dios será expresado en nuestro vivir a todas las personas que nos rodean, cumpliendo Su deseo.
Para saber más sobre este tema, le animamos a leer el capítulo 17 de La economía de Dios aquí. Puede descargar este libro electrónico gratis desde cualquier parte del mundo. Y si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratis del Nuevo Testamento Versión Recobro con sus comentarios iluminadores aquí.

Después de ser salvos, probablemente nos dimos cuenta de que deberíamos vivir de una manera diferente a como vivíamos antes. Por supuesto, Dios quiere que lo expresemos en nuestra vida diaria. Pero ¿cómo hacemos eso? ¿Cómo debería ser nuestro andar cristiano?
Nuestro andar implica toda nuestra manera de vivir: cómo vivimos, cómo nos conducimos, qué decimos, qué hacemos y a dónde vamos. En esta entrada, nos centraremos en Romanos 8:4 y en notas útiles en el Nuevo Testamento Versión Recobro para ver el andar que Dios quiere que los creyentes tengamos.
Romanos 8:4 dice:
“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu”.
Este versículo habla de dos maneras diferentes en las que podemos andar: conforme a la carne o conforme al espíritu.
Primero, veamos qué es la carne.
Cuando Dios creó a Adán, él no tenía pecado. Pero cuando Adán desobedeció a Dios, Satanás inyectó su naturaleza pecaminosa en la humanidad, y nuestro cuerpo puro creado por Dios fue transmutado en la carne pecaminosa, llena de concupiscencias.
Incluso después de ser salvos y nacer de nuevo en nuestro espíritu, nuestra carne todavía está con nosotros y sigue siendo tan pecaminosa como lo era antes de que fuéramos regenerados.
Muchos versículos en el Nuevo Testamento confirman este hecho. De hecho, Pablo escribió la epístola a los Romanos a los creyentes que vivían en Roma, no a los incrédulos. Y en Romanos 13:14, los exhorta encarecidamente:
“Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para la carne a fin de satisfacer sus concupiscencias”.
Dado que Pablo escribió esto a los creyentes, muestra que todavía tenemos la carne pecaminosa incluso después de ser salvos, y debemos tener cuidado de no hacer ninguna provisión para ella.
Así que, aunque somos salvos, podemos aún ser personas que andan conforme a nuestra carne caída. Por supuesto, cuando andamos conforme a nuestra carne, siempre pecamos.
Ahora veamos lo que es el espíritu mencionado en Romanos 8:4.
En la Versión Recobro, la nota 3 en este versículo en cuanto a espíritu explica:
“Es difícil discernir el sentido de la palabra espíritu en este capítulo, en Gá. 5 y en otros lugares del Nuevo Testamento, a menos que la palabra sea designada claramente para referirse al Espíritu Santo de Dios o a nuestro espíritu humano regenerado, como se hace en el v. 9 y el 16 de este capítulo. Según se usa en el Nuevo Testamento, la palabra espíritu, tal como se emplea en este versículo, denota nuestro espíritu humano regenerado en el cual mora el Espíritu y con el cual está mezclado el Espíritu, quien es la consumación del Dios Triuno (v. 9). Esto corresponde a lo que dice 1 Co. 6:17: ‘El que se une al Señor [quien es el Espíritu, 2 Co. 3:17; 1 Co. 15:45] es un solo espíritu con Él’, es decir, un espíritu mezclado”.
Dios nos creó con un espíritu que puede contactarlo y recibirlo. Nuestro espíritu humano es la parte más profunda y recóndita de nuestro ser.
Aquí en Romanos 8:4, andar “conforme al espíritu” no se refiere sólo a nuestro espíritu humano, ni sólo al Espíritu Santo. Se refiere a nuestro espíritu humano regenerado que está mezclado con el Espíritu del Dios Triuno que mora en él.
Este espíritu mezclado llegó a existir cuando nos arrepentimos y creímos en Cristo. Fue entonces cuando fuimos regenerados, o nacidos de nuevo, y Cristo como Espíritu vivificante entró en nuestro espíritu para morar allí. Ahora Su Espíritu y nuestro espíritu ya no están separados ni son distintos, sino que están mezclados.
En 1 Corintios 6:17 se nos dice:
“Pero el que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”.
Por medio de la fe en Jesús, fuimos unidos a Él. Nuestro espíritu humano regenerado y el Espíritu llegaron a ser un solo espíritu mezclado.
Así que en Romanos 8:4, andar conforme al espíritu significa que vivimos y hacemos todo conforme a este maravilloso espíritu mezclado.
Cristo hizo tanto para entrar en nosotros para ser nuestra vida. Ahora que Él está en nuestro espíritu, Su deseo para nosotros no es que hagamos nuestro mejor esfuerzo para no cometer errores o que estemos en nuestro mejor comportamiento exteriormente; Él quiere que andemos conforme a nuestro espíritu.
Romanos 8:4 también nos muestra el resultado de tal andar:
“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu”.
El versículo no dice que el justo requisito de la ley se cumple por aquellos que hacen su mejor esfuerzo para vivir una buena vida cristiana. Dice que el justo requisito de la ley se cumple en nosotros, que andamos conforme al espíritu.
La nota 1 sobre cumpliese explica:
“No es que cumplamos la ley conscientemente por medio de nuestros esfuerzos exteriores, sino que ella se cumple en nosotros espontánea e inconscientemente por medio de la operación interna del Espíritu de vida. El Espíritu de vida es el Espíritu de Cristo, y Cristo corresponde a la ley de Dios. Este Espíritu, quien está dentro de nosotros, espontáneamente cumple en nosotros todos los justos requisitos de la ley cuando andamos conforme a Él”.
Cristo vivió la vida más excelente en la tierra. Sólo Él cumplió todos los requisitos de la ley. En todo Su vivir, Él expresó a Dios.
Y a través de Su muerte en la cruz, Él nos redimió de vuelta a Dios. Luego, en resurrección, Él llegó a ser el Espíritu vivificante; al creer en Él fuimos unidos a este maravilloso Espíritu en nuestro espíritu.
Así que cuando andamos conforme a nuestro espíritu mezclado, el Espíritu cumple espontáneamente los requisitos de la ley en nosotros y por nosotros. Nuestras palabras, comportamiento, actitud y acciones tienen como su fuente el Espíritu en nuestro espíritu. Como resultado, lo que la gente ve no es una persona que se comporta de una manera ética y recta exteriormente. Ven algo mucho más elevado: a Dios mismo expresado en nuestro vivir.
Así es como Dios es expresado a través de nosotros, lo cual es el deseo de Su corazón.
En primer lugar, tenemos que ver que nuestro espíritu está mezclado con el Espíritu. Cuando veamos esto, apreciaremos cuán precioso nuestro espíritu es y cuán cerca y disponible está el Señor a nosotros.
Luego tenemos que darnos cuenta de que andar conforme al espíritu significa que tenemos que estar en nuestro espíritu, y no en nuestra carne. Nuestro espíritu debería ser el punto central de todo nuestro ser. Así que necesitamos practicar volvernos de la carne al Señor en nuestro espíritu todo el tiempo.
Una manera muy práctica de volvernos a nuestro espíritu mezclado es invocar el nombre del Señor Jesús. Esto es algo que podemos hacer en cualquier momento, en cualquier lugar, siempre que nos encontremos andando no conforme a nuestro espíritu.
En 1 Corintios 12:3 se nos dice:
“Por tanto, os hago saber que nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: Jesús es anatema; y nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino en el Espíritu Santo”.
La nota 3 en este versículo explica:
“Indica que cuando decimos, con un espíritu recto: ‘¡Jesús es Señor!’ estamos en el Espíritu Santo. Por tanto, la manera de participar del Espíritu Santo, y de disfrutarle y experimentarle es invocar al Señor Jesús”.
Al invocar el nombre del Señor, “Señor Jesús”, somos llevados a nuestro espíritu donde disfrutamos de todo lo que Él es. A medida que disfrutamos de Él en nuestro espíritu, espontáneamente andamos conforme a nuestro espíritu, y la maravillosa vida de Cristo es expresada en nuestro andar.
En esta entrada, sólo pudimos hablar brevemente de lo que significa andar conforme al espíritu en Romanos 8. Si usted vive en los Estados Unidos, le recomendamos encarecidamente que pida un Nuevo Testamento Versión Recobro gratuito para que pueda leer todas las notas iluminadoras en este capítulo crucial.