
¿Alguna vez ha notado que junto con el Espíritu Santo, el espíritu humano es mencionado numerosas veces a través del Antiguo Testamento y del Nuevo?
En otras entradas, hemos examinado las tres partes del hombre: el espíritu, el alma y el cuerpo. También analizamos con más detalle la diferencia entre el alma y el espíritu. En esta entrada, nos centraremos específicamente en la inmensa importancia de nuestro espíritu humano, la parte más profunda de nuestro ser. Veremos la posición monumental que ocupa tanto en el propósito de Dios para la humanidad como en nuestra vida cristiana.
La perspectiva de Dios acerca del espíritu humano
Primero veamos la perspectiva de Dios acerca del espíritu humano. Zacarías 12:1 dice:
“Así declara Jehová, que extiende los cielos, pone los cimientos de la tierra y forma el espíritu del hombre dentro de él”.
Es fácil para nosotros apreciar lo impresionante que son los cielos y la tierra creados por Dios. No podemos evitar sentirnos conmovidos por su grandeza cuando miramos las estrellas o vemos imágenes que captan la belleza de la naturaleza.
Pero Zacarías 12:1 nos muestra que a los ojos de Dios, el espíritu del hombre es igualmente importante. Está clasificado al mismo nivel que los cielos y la tierra.
Note también que este versículo no sólo dice que Dios “forma al hombre” en un sentido general, sino que Él “forma el espíritu del hombre dentro de él”. Esto indica que el espíritu es la parte más importante de nuestro ser.
Pero ¿por qué es nuestro espíritu tan importante para Dios?
Primero, veamos cómo y por qué Dios formó el espíritu del hombre.
Cómo Dios formó el espíritu del hombre
Cuando Dios creó el universo, Él extendió los cielos y puso los cimientos de la tierra con Su poder. Jeremías 32:17 dice:
“¡Ah, Señor Jehová! Tú hiciste el cielo y la tierra con Tu gran poder y con Tu brazo extendido. Nada hay que sea demasiado maravilloso para Ti”.
La creación de los cielos y la tierra fue un acontecimiento tremendo. A través de ella, Dios mostró Su poder asombroso. Pero cuando llegó el momento de crear al hombre, Génesis 2:7 nos da estos detalles en contraste:
“Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida, y llegó a ser el hombre alma viviente”.
En hebreo, el idioma original del Antiguo Testamento, la palabra traducida como aliento es neshamah. En Proverbios 20:27, esta misma palabra, neshamah, se traduce como espíritu:
“Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre”.
Estos versículos indican que el aliento de vida llegó a ser el espíritu del hombre.
La creación del espíritu del hombre fue un acto íntimo de Dios. Dios sopló en el hombre después de formarlo del polvo de la tierra. Esto es mucho más personal que Su manera de crear los cielos y la tierra, que fue con Su gran poder y Su brazo extendido. Él impartió Su propio aliento en el hombre. Este aliento, que llegó a ser el espíritu del hombre, procedió del propio ser de Dios. ¡Cuán precioso es nuestro espíritu para Dios! Cuánto cuidado puso en formarlo.
Por qué Dios formó el espíritu del hombre dentro de él
Dios creó los cielos, la tierra y el espíritu del hombre porque Él tenía un propósito en Su corazón que quería cumplir. Fue precisamente con este propósito que Dios nos creó no sólo con un cuerpo y un alma, sino también con un espíritu.
El propósito de Dios es impartirse a Sí mismo en nosotros, compartiendo Su vida divina con nosotros y llegando a ser todo para nosotros. Así es como Dios y nosotros podemos tener una relación íntima y personal. Dios desea que Él y el hombre compartan una vida interiormente y un vivir exteriormente. Al recibir la vida de Dios y vivir según ella, la humanidad expresaría a Dios en todos los sentidos.
Para llevar a cabo el gran plan de Dios, nuestro espíritu humano es indispensable. Es la parte de nuestro ser que puede contactar, recibir y contener a Dios. ¡No es de extrañar que nuestro espíritu humano sea tan importante para Dios!
Juan 4:24 dice:
“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y con veracidad es necesario que adoren”.
Este versículo nos muestra que la naturaleza misma de Dios es Espíritu. Como hemos visto, nuestro espíritu humano corresponde estrechamente con lo que Dios es. Así que necesitamos usar nuestro espíritu para contactar a Dios, quien es Espíritu.
Cuando creímos en Jesús como nuestro Salvador, fuimos regenerados —es decir, nacidos de nuevo— en nuestro espíritu con Su vida divina. Es por eso que Juan 3:6 dice:
“Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.
Ahora Dios no está lejos de nosotros: Él está viviendo en nuestro espíritu. Podemos usar nuestro espíritu para contactarlo y continuar recibiendo más de Él.
Apreciar nuestro espíritu humano
Nuestro espíritu humano formado y diseñado por Dios es realmente maravilloso. Sin nuestro espíritu, sólo podríamos conocer y adorar a Dios objetivamente como nuestro Creador. Pero debido a que tenemos un espíritu, Dios puede impartirse en nosotros para que lo experimentemos interiormente como nuestra vida.
Comprender la importancia de nuestro espíritu humano debería revolucionar nuestra vida cristiana. El Señor no está lejos de nosotros; Él está morando en nosotros, en nuestro espíritu. Ahora nadie puede estar más cerca o más disponible para nosotros que Él. En cualquier momento, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia, podemos contactarlo, recibirlo y disfrutar de la comunión con Él.
Cuando experimentemos a Cristo de esta manera, las palabras de 2 Timoteo 4:22 serán muy preciosas para nosotros:
“El Señor esté con tu espíritu. La gracia sea con vosotros”.
Todas nuestras experiencias personales y subjetivas de Cristo son posibles porque Él vive en nuestro espíritu humano.
La importancia de nuestro espíritu en nuestra vida cristiana
Cuando se trata de la vida cristiana, el Nuevo Testamento no nos dice que debemos hacer todo lo posible para cumplir con ciertas regulaciones externas. En realidad, enfatiza nuestro espíritu humano una y otra vez, incluso exhortándonos a nosotros los creyentes a andar por nuestro espíritu, es decir, a vivir por nuestro espíritu regenerado. Cuando vivimos por nuestro espíritu, el Cristo viviente dentro de nosotros con todas sus virtudes maravillosas es expresado en nuestro vivir. Así es como lo expresamos en nuestra vida diaria.
Pero vivir por nuestro espíritu y experimentar a Cristo como nuestra vida no es sólo para nuestro propio crecimiento espiritual individual. En realidad, es de esta manera que Dios obtendrá Su testimonio corporativo, que está compuesto por todos los creyentes. El Nuevo Testamento llama a este testimonio corporativo la iglesia y el Cuerpo de Cristo, y esto es lo que cumplirá el deseo del corazón de Dios.
Ser la expresión de Dios es lo que le da sentido a nuestra vida humana y a nuestra vida cristiana, y esto es lo que nos satisfará tanto a nosotros como a Dios.
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Todos llevamos cargas en nuestra vida humana. Cosas como dificultades financieras, entornos laborales problemáticos, situaciones familiares dolorosas y problemas de salud pueden hacernos sentir físicamente agotados e interiormente exhaustos. Mientras luchamos por sobrellevar estas cargas, podríamos preguntarnos dónde podemos encontrar alivio y descanso reales y duraderos.
En Mateo 11:28-29, el Señor Jesús hizo un llamado:
“Venid a Mí todos los que trabajáis arduamente y estáis cargados, y Yo os haré descansar. Tomad sobre vosotros Mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”.
En esta entrada, examinaremos esta preciosa promesa de Jesús con la ayuda de las notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro.
¿Qué significa tener descanso para nuestras almas?
Podríamos pensar que tener descanso es imposible a menos que nuestras circunstancias cambien o todos nuestros problemas desaparezcan. Pero el descanso que el Señor nos promete no depende de nuestras circunstancias. Y va más allá que el descanso que podríamos experimentar al sólo estar menos ocupados. Probablemente hemos experimentado sentirnos agitados e inquietos incluso cuando estamos de vacaciones. A pesar de que nuestro entorno y nuestras circunstancias son diferentes, quizás interiormente todavía no tenemos descanso verdadero.
En Su promesa a nosotros, el Señor Jesús no dijo que Él mejoraría nuestra situación, o que nos daría una vida libre de problemas. En cambio, Él dijo que si venimos a Él, Él nos dará descanso.
En el Nuevo Testamento Versión Recobro, la nota 2 sobre descansar en Mateo 11:28 dice:
“No sólo se refiere a ser librado de la ardua labor y carga agobiante que se tiene al estar bajo la ley o la religión o bajo cualquier clase de trabajo o responsabilidad, sino también a tener perfecta paz y plena satisfacción”.
Ahora leamos la nota 4 sobre almas en el versículo 29:
“El descanso que encontramos al tomar el yugo del Señor y aprender de Él, es descanso para nuestras almas. Es un descanso interior; no es algo meramente exterior en naturaleza”.
Debido a que el descanso que el Señor nos da es uno interior, podemos experimentarlo incluso en medio de un ambiente difícil. En cualquier situación, cuando venimos al Señor, Él nos da descanso interior para nuestras almas. Así es como experimentamos la perfecta paz y la plena satisfacción.
De hecho, este descanso no es una cosa objetiva que el Señor Jesús nos da que está separada de Él mismo. Él mismo es nuestro descanso verdadero. Él vino a vivir en nosotros para ser todo para nosotros con miras a nuestra experiencia y disfrute.
¿Cómo podemos venir al Señor Jesús hoy?
Cuando el Señor Jesús vivía físicamente en la tierra, venir a Él significaba que usted tenía que estar en el mismo lugar donde Él estaba al mismo tiempo. Si Él iba a Galilea, la única manera de venir a Él era viajar también a Galilea.
Pero éste no es el caso para nosotros hoy. El Señor Jesús pasó por la muerte y la resurrección, y 2 Corintios 3:17 nos dice que ahora en resurrección, “el Señor es el Espíritu”.
Como Espíritu, Él entró en nuestro espíritu humano, nuestra parte más profunda, cuando primero creímos en Él. Es por esto que 2 Timoteo 4:22 dice: “El Señor esté con tu espíritu”.
Estos dos versículos nos muestran que ahora el Señor como Espíritu mora en nuestro espíritu humano.
Puesto que Él está en nuestro espíritu, para nosotros venir al Señor es venir a nuestro espíritu. Y podemos hacerlo en cualquier momento, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia. Cuando venimos a Él en nuestro espíritu, encontramos descanso para nuestras almas.
Cuatro maneras prácticas de venir al Señor y encontrar descanso en nuestra vida diaria
Entonces, ¿cómo venimos al Señor en nuestro espíritu? Aquí hay cuatro maneras en que podemos practicar venir a Él:
1. Invocar su nombre: Ésta es la manera más sencilla de venir al Señor. En cualquier momento, podemos clamar: “¡Oh, Señor Jesús! ¡Señor Jesús, te necesito! ¡Oh, Señor Jesús!”. Incluso susurrar Su nombre nos lleva a Él, nos libera de nuestras cargas y nos llena de Cristo, quien es nuestro descanso verdadero.
2. Hablar con Él en oración: Cuando oramos al Señor, no tenemos que componer oraciones largas y formales. En cambio, podemos simplemente hablar con Él. Podemos derramar nuestro corazón ante Él y contarle todo acerca de nuestra situación. De esta manera, podemos practicar lo que 1 Pedro 5:7 nos dice que hagamos: “Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él se preocupa por vosotros”.
3. Orar sobre Su Palabra: Mientras leemos la Biblia, podemos orar con la Palabra de Dios. Por ejemplo, podemos orar con los versículos de Mateo 11 así: “Oh Señor, vengo a Ti ahora mismo. Señor Jesús, estoy trabajando arduamente y estoy cargado por tantas cosas. Señor, sé mi descanso ahora mismo”.
4. Cantar al Señor: ¡Ésta es una manera tan disfrutable para venir a Él! A menudo podemos encontrar descanso para nuestras almas cuando cantamos himnos al Señor. Por ejemplo, aquí hay algunas estrofas de un himno de Witness Lee:
Vengo a Ti, Señor,
De Ti yo tengo sed;
Beber de Ti, comer de Ti,
Es mi mayor placer.
En esta comunión,
Eres la gracia͜ en mí;
De regocijo lleno͜ estoy,
Y descansando͜ en Ti.
Para escuchar la melodía y leer toda la letra, haga clic aquí.
Cada vez que nos sintamos llenos de agitación y agobiados por las cargas, simplemente necesitamos venir al Señor a fin de encontrar descanso para nuestras almas. Entonces, incluso en medio de los días difíciles y ajetreados, lo experimentaremos a Él como la perfecta paz y la plena satisfacción.
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En otra entrada, vimos que nuestro Dios tiene un plan, un propósito eterno, que incluye nuestra salvación. Ser salvos del juicio eterno de Dios al creer en Jesús es un asunto maravilloso, pero el plan de salvación de Dios implica aún más que eso.
De hecho, cuando el apóstol Pablo escribió sobre la salvación en Romanos 5:10, usó la frase mucho más:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos en Su vida”.
Pablo indicó que aún después de que somos reconciliados con Dios a través de la muerte de Jesús, todavía hay mucho más. En esta entrada, leeremos versículos y notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro para ayudarnos a entender el significado de este versículo.
Necesitamos la salvación
Romanos 5:10 menciona dos asuntos: ser reconciliados con Dios y ser salvos en Su vida. Podríamos pensar que ser reconciliados con Dios es suficiente, pero Pablo también dice que seremos salvos en la vida de Cristo. ¿Por qué?
Para responder a esta pregunta, necesitamos remontarnos a la creación de Dios de la humanidad. La Biblia nos dice que desde el principio, Dios quería unirse a la humanidad y morar en ella. Dios y el hombre compartirían la vida divina, y el hombre expresaría a Dios. Éste es el propósito de Dios para la humanidad.
Después de crear a Adán y Eva, Dios los colocó en un hermoso huerto. En este huerto había dos árboles principales: el árbol de la vida, que representaba la vida divina de Dios, y el árbol del conocimiento del bien y del mal, que representaba a Satanás, el enemigo de Dios. Dios quería que Adán y Eva comieran del árbol de la vida para recibir Su vida. También les mandó a que no comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pero debido a la tentación sutil de Satanás, desobedecieron a Dios y comieron de ese árbol.
Las consecuencias de la caída del hombre en el huerto del Edén resultaron inmediatamente en un doble problema. Y dado que Adán representaba a toda la raza humana, todos heredamos este problema.
Nuestro doble problema
¿Cuál es este doble problema que heredamos de Adán?
En primer lugar, toda la humanidad quedó bajo la condenación de Dios. Dios es justo. Aunque Dios amaba a Adán, Su justicia le exigió juzgar el pecado de desobediencia de Adán. Y a través de Adán, toda la humanidad fue condenada por Dios y separada de Él. Todos éramos Sus enemigos.
Romanos 3:10 dice:
“Según está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno’”.
Y Romanos 3:23 dice:
“Porque todos han pecado, y carecen de la gloria de Dios”.
Segundo, la humanidad fue envenenada con la naturaleza maligna del diablo. Romanos 5:19 dice:
“Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores”.
¿Qué significa la frase constituidos pecadores?
El primer párrafo de la nota 1 de este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica:
“Ser pecador o ser justo no depende de las acciones de uno, sino de lo que uno es interiormente en su constitución. Adán en su caída recibió un elemento que no había sido creado por Dios. Este elemento era la naturaleza satánica, la cual vino a ser el elemento principal del hombre caído y la esencia que lo constituye. Es esta esencia y elemento lo que constituyó a todos los hombres como pecadores. No somos pecadores porque pequemos; pecamos porque somos pecadores. Ya sea que hagamos el bien o el mal, en Adán hemos sido constituidos pecadores. Esto se debe a nuestro elemento interior, y no a nuestras acciones exteriores”.
Debido a la caída de Adán, todos hemos sido constituidos pecadores. Esta constitución es la fuente de todos los problemas y actos malvados de hoy. En lugar de recibir la vida de Dios y expresarlo a Él, los seres humanos caídos rechazan a Dios y expresan la naturaleza satánica.
¡Pero Dios nunca renunciaría a Su plan y propósito original para el hombre! Así que Él proveyó una solución doble a nuestro problema doble, la cual es revelada en Romanos 5:10.
La salvación plena que Dios efectúa
Leamos de nuevo Romanos 5:10:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos en Su vida”.
En el Nuevo Testamento Versión Recobro, la nota 2 sobre mucho más explica:
“El v. 10 de este capítulo señala que la plena salvación de Dios revelada en este libro consta de dos secciones: una sección es la redención que la muerte de Cristo efectuó por nosotros, y la otra sección es la acción salvadora que la vida de Cristo nos da. Los primeros cuatro capítulos de este libro disertan exhaustivamente acerca de la redención llevada a cabo por la muerte de Cristo, mientras que los últimos doce capítulos hablan en detalle de la acción salvadora proporcionada por la vida de Cristo”.
Examinemos con más detalle estas dos secciones de la salvación de Dios.
1. “Reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo”
Éramos pecadores condenados, pero Jesús, el Cordero de Dios sin pecado, murió en la cruz como nuestro Sustituto. Debido a que Jesús llevó el juicio de Dios por nosotros y pagó la pena por nuestros pecados, Dios puede concedernos justamente el perdón.
En realidad, no sólo somos perdonados por Dios, sino que somos reconciliados con Él. La nota 1 sobre reconciliados en Romanos 5:10 explica:
“La propiciación y el perdón de pecados son suficientes en el caso de un pecador, pero no de un enemigo. Un enemigo necesita reconciliación, lo cual incluye la propiciación y el perdón, pero va más allá, incluso al grado de resolver el conflicto entre dos partidos. Nuestra reconciliación con Dios se basa en la redención de Cristo y fue realizada por medio de la justificación de Dios (3:24; 2 Co. 5:18-19). La reconciliación es el resultado de ser justificados por la fe”.
Cuando escuchamos el evangelio, fuimos convencidos de nuestros pecados y de nuestra enemistad con Dios. Nos arrepentimos ante Dios y creímos en Jesucristo como Salvador. Como resultado, fuimos perdonados, librados del juicio justo de Dios, justificados y reconciliados con Dios.
2. “Mucho más [...] seremos salvos en Su vida”
Ciertamente estamos agradecidos de que hemos sido reconciliados con Dios y que ya no estamos bajo condenación eterna. Esto es maravilloso para nosotros, pero en sí mismo, que seamos reconciliados con Dios no cumplirá el propósito de Dios. Esto se debe al otro problema que heredamos de la caída.
Si consideramos honestamente nuestras vidas después de ser salvos, tenemos que admitir que los efectos de ser constituidos pecadores aún nos asedian todo el tiempo. Por ejemplo, somos impacientes con otros, tercos, distraídos por el mundo, etc. Así que, ¿cómo podemos ser salvos de nuestra constitución pecaminosa?
La nota 2 sobre mucho más explica lo que significa ser salvo en la vida de Cristo:
“Antes de 5:11, Pablo nos muestra que somos salvos porque fuimos redimidos, justificados y reconciliados para con Dios. Sin embargo, todavía no hemos sido salvos al punto de ser santificados, transformados y conformados a la imagen del Hijo de Dios. La redención, la justificación y la reconciliación, las cuales son realizadas fuera de nosotros por medio de la muerte de Cristo, nos salvan objetivamente; la santificación, la transformación y la conformación, las cuales son realizadas dentro de nosotros por medio de la operación de la vida de Cristo, nos salvan subjetivamente. En cuanto a nuestra posición, la redención objetiva nos redime de la condenación y del castigo eterno; con respecto a nuestra manera de ser, la salvación subjetiva nos salva de nuestro viejo hombre, de nuestro yo y de nuestra vida natural”.
Esto es parte del evangelio, las buenas nuevas para nosotros. Hoy estamos en el proceso de ser salvos mucho más por la vida de Cristo. Por medio de la operación interna la vida de Cristo somos salvos de nuestro viejo hombre, nuestro yo y nuestra vida natural, todos los cuales están relacionados con nuestra constitución caída. Y del lado positivo, esta operación interior nos santifica, nos transforma y nos conforma a la imagen de Cristo. Esto es lo que cumplirá el propósito original de Dios de ser expresado a través de nosotros.
Cómo somos salvos mucho más en la vida de Cristo
Pero ¿cómo somos salvos interiormente en la vida de Cristo?
La nota 4 sobre en Su vida en Romanos 5:10 explica:
“Ser salvos en la vida de Cristo significa ser salvos en Cristo mismo como vida. Él mora en nosotros, y nosotros somos orgánicamente uno con Él. Mediante el crecimiento de Su vida en nosotros, disfrutaremos a lo sumo de Su plena salvación. La redención, la justificación y la reconciliación tienen como propósito introducirnos en una unión con Cristo a fin de que Él pueda salvarnos en Su vida para nuestra glorificación (8:30)”.
En 1 Corintios 15:45 se nos dice que en Su resurrección, Cristo fue hecho Espíritu vivificante. Cuando creímos en Él, Él como Espíritu entró en nuestro espíritu humano para ser uno con nosotros y morar en nosotros como nuestra vida, tal y como Dios se propuso originalmente.
La vida que nos salva es Cristo mismo dentro de nosotros. Podemos vencer al yo, al pecado y al mundo no por nuestro esfuerzo ineficaz, sino por la vida de Cristo. Cristo es puro, victorioso, santo y lleno de virtudes. Él vence cualquier cosa negativa. Cuanto más crece Su vida en nosotros, más somos salvos de nuestro temperamento, egoísmo, orgullo, terquedad, y muchas otras cosas.
Así que necesitamos contactar a Cristo en nuestro espíritu para ser salvos en Su vida. Cuando pasamos tiempo personal con Él cada mañana, podemos confesarle nuestros pecados, tener comunión con Él acerca de cualquier cosa, y orar con Su Palabra. A lo largo del día, en cualquier tipo de situación, podemos invocar el nombre del Señor para volvernos a Él y ser salvos en Su vida. Cristo crecerá en nosotros, y disfrutaremos de Su salvación en muchos aspectos de nuestro vivir diario. Poco a poco, Su vida en nosotros nos transformará completamente en la imagen de Cristo, cumpliendo el deseo de Dios de que seamos Su expresión.
El tema de ser salvos en la vida de Cristo es extenso y rico. Las notas del Nuevo Testamento Versión Recobro sobre este tema son muy alumbradoras. Si usted vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

¿Alguna vez ha notado que invocar el nombre del Señor se menciona numerosas veces a lo largo de la Biblia? El pueblo de Dios ha invocado Su nombre durante siglos. De hecho, la primera mención de esta práctica se encuentra en el capítulo 4 de Génesis.
Pero ¿qué significa invocar el nombre del Señor?
Dado que esta frase se menciona tan frecuentemente en la Palabra de Dios, sin duda merece nuestra atención. En esta entrada, usaremos versículos y notas del Nuevo Testamento Versión Recobro para ver qué significa invocar al Señor y por qué es tan importante para nuestra vida cristiana.
El significado de invocar en hebreo y griego
El Antiguo Testamento fue escrito originalmente en hebreo y el Nuevo Testamento en griego. Estos idiomas son muy ricos y a veces transmiten más en una sola palabra que el español. Por ejemplo, en hebreo, la palabra traducida como invocar en español significa llamar en voz alta o clamar. Y en griego, significa invocar a una persona, llamar a una persona por su nombre. Así que, por definición, invocar al Señor es audible. Es decir Su nombre en voz alta, incluso clamar a Él.
Por ejemplo, cuando un niño pequeño se cae de un columpio, inmediatamente grita: “¡Mami!”. Cuando su madre escucha su llanto, corre hacia él, le seca las lágrimas y lo tranquiliza. Los niños claman por sus madres y padres cuando tienen hambre, están cansados o están asustados; llaman a sus padres para obtener la ayuda que necesitan.
De la misma manera, podemos clamar al Señor cuando estamos hambrientos o sedientos espiritualmente, o cuando necesitamos Su cuidado. Podemos invocarlo en todo tipo de situación, y tener la seguridad de que Él responderá exactamente con lo que necesitamos.
Una breve historia de invocar el nombre del Señor
En el Antiguo Testamento
Como ya hemos mencionado, la práctica de invocar al Señor comenzó hace mucho tiempo, con la tercera generación de la humanidad. Génesis 4:26 dice:
“Y a Set [hijo de Adán] también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. En aquel tiempo los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová”.
¿Por qué los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová en aquel tiempo?
El significado del nombre Enós nos da una pista: significa hombre mortal y frágil. Debido a que la humanidad cayó y se apartó de Dios, el hombre llegó a ser frágil y mortal. Para cuando Enós nació, los seres humanos se habían dado cuenta de que eran vulnerables, incluso frágiles, y que su vida era limitada. Estaban muy conscientes de su mortalidad, y reconocían su necesidad de Dios.
Así que comenzaron a invocar a Jehová, el nombre del Señor. Jehová significa Yo soy el que Soy. Esto indica que Jehová existe para siempre; sólo Él es el Eterno. Los seres humanos frágiles y mortales lo invocaron porque sabían que necesitaban al Dios eterno.
Muchos versículos del Antiguo Testamento nos muestran que invocar el nombre del Señor continuó después de Enós con Abraham, Isaac, Moisés, David y muchos otros, incluyendo a los salmistas y profetas.
En el Nuevo Testamento
Luego, en el Nuevo Testamento, invocar el nombre del Señor se menciona por primera vez en Hechos 2:21:
“Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo”.
En el Nuevo Testamento, el nombre del Señor es Jesús, que significa Jehová el Salvador. Los primeros creyentes practicaban invocar audiblemente el nombre del Señor Jesús en todas partes. De hecho, Hechos 9 nos dice que Saulo, antes de creer en Jesús y llegar a ser el apóstol Pablo, era celoso de la religión judía. Perseguía a los cristianos y tenía autoridad para encarcelar a todos los que invocaran el nombre del Señor. Saulo encontró creyentes para arrestar al escucharlos invocar el nombre de Jesús. Esto muestra cuán prevaleciente era la práctica de invocar al Señor en aquellos días.
Después de ser salvo, Pablo mismo practicó invocar el nombre del Señor Jesús, y destacó esta práctica a lo largo de sus epístolas. Por ejemplo, en 1 Corintios 1:2 Pablo se dirigió a los creyentes en Corinto:
“A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”.
¡Este versículo nos muestra que los primeros creyentes incluso invocaban al Señor en cualquier lugar!
Los resultados de invocar el nombre del Señor
La práctica de invocar el nombre del Señor puede beneficiarnos enormemente de muchas maneras. Veamos algunas de estas maneras que Pablo menciona en Romanos 10.
Ser salvo eternamente
Romanos 10:9 dice:
“Que si confiesas con tu boca a Jesús como Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.
Este versículo habla tanto de nuestro corazón como de nuestra boca. En el momento en que inicialmente creímos en Jesús con nuestro corazón y confesamos Su nombre con nuestra boca, fuimos salvos eternamente del juicio de Dios. Fuimos perdonados de nuestros pecados y nacimos de nuevo con la vida divina de Dios.
Disfrutar de las riquezas de Cristo
Pablo luego continuó en Romanos 10:12-13:
“Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos y es rico para con todos los que le invocan; porque: ‘Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo’”.
El Señor es ciertamente rico en lo que Él es, pero también quiere ser rico para con nosotros. Invocar Su nombre es la manera en que podemos experimentar Sus riquezas.
En el Nuevo Testamento Versión Recobro, la nota 1 sobre invoque en el versículo 13 es muy útil. Nos dice que invocar el nombre del Señor Jesús es importante no sólo cuando somos salvos inicialmente, sino también después:
“Invocar el nombre del Señor es la clave no sólo para nuestra salvación, sino también para nuestro disfrute de las riquezas del Señor. Comenzando con Enós, la tercera generación de la humanidad, y pasando por todos los siglos hasta llegar a los creyentes neotestamentarios, los redimidos y escogidos de Dios han disfrutado la redención y la salvación de Cristo y todas Sus riquezas por medio de esta clave”.
Cristo es tan rico de muchas maneras: como consuelo, paz, amor, esperanza, paciencia, benignidad, resiliencia, longanimidad, fortaleza, fe y todas las cosas positivas en el universo. Y simplemente invocar Su nombre, “¡Oh, Señor Jesús!” es la clave para disfrutar de Sus riquezas todos los días de nuestra vida.
Ser salvos diariamente
Una vez más, Romanos 10:13 nos asegura que “Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo”. Pero ¿salvo de qué?
Cuando primero confesamos a Jesús como Señor, fuimos salvos eternamente. Pero también necesitamos ser salvos diariamente de muchas cosas negativas, incluyendo la ira, la impaciencia, la tristeza, el desánimo y la ansiedad.
Invocar: “¡Oh, Señor Jesús!” no es lo mismo que recitar palabras inspiradoras o afirmaciones positivas para mejorar nuestro estado de ánimo. En cambio, cuando invocamos el nombre de Jesús, contactamos al Señor viviente y resucitado que mora en nuestro espíritu. Al invocar Su nombre, lo experimentamos, y Él satisface nuestra necesidad.
De hecho, somos salvos de las cosas negativas al disfrutar de lo que el Señor es para nosotros. La nota 2 sobre salvo en el versículo 13 explica:
“Aquí ser salvos significa ser conducidos a disfrutar de las riquezas del Señor. El Señor es rico para con los judíos y también para con los griegos. Todos los que invocan el nombre del Señor disfrutan del rico Señor; como resultado, son llenos de Él y le expresan”.
Así que cuando invocamos al Señor Jesús, somos salvos al ser conducidos a disfrutar de Sus riquezas. Mientras disfrutamos de Él, lo experimentamos e incluso estamos llenos de Él. Entonces, en lugar de expresarnos a nosotros mismos en nuestra ira o impaciencia, lo expresamos a Él a los que nos rodean. Y la clave es simplemente invocar Su nombre, “¡Oh, Señor Jesús!”.
Una práctica para toda la vida
Invocar el nombre del Señor es una práctica esencial para toda nuestra vida cristiana. A pesar de que hemos sido salvos del juicio de Dios, todavía somos tan frágiles y mortales como aquellos en la época de Enós. La vida es a menudo confusa, abrumadora y llena de disturbios. Muchas veces se nos recuerda que estamos limitados, tanto física como psicológicamente. Necesitamos que el Señor y todas Sus riquezas nos llenen.
Incluso si no tenemos una necesidad particular, podemos contactar al Señor en nuestro espíritu al invocar: “Oh, Señor Jesús. Señor Jesús, te amo”. Y podemos invocarlo en cualquier lugar, en cualquier momento, en los buenos y en los malos tiempos. Podemos invocar en voz alta o en voz baja, solos o con otros creyentes. Cuando hagamos esto, seremos refrescados, satisfechos y fortalecidos. ¡Él es tan rico para con todos los que le invocan!
Usted puede aprender más sobre ésta práctica disfrutable en el capítulo 4 de Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1, un libro electrónico gratuito que puede descargar desde cualquier parte del mundo aquí.
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Los seres humanos necesitamos ciertas cosas para mantener la vida física, como aire, agua y alimentos. También necesitamos la luz del sol. Pasar tiempo bajo la luz del sol aumenta el suministro de vitamina D de nuestro cuerpo, y mejora nuestro estado de ánimo y salud mental. Y las plantas y animales que necesitamos consumir para una dieta sana también dependen de la luz del sol para crecer.
En otras palabras, necesitamos luz para desarrollarnos bien.
Nuestras necesidades físicas pueden ayudar a ilustrar lo que necesitamos para sostener nuestra vida cristiana. Por ejemplo, todos los días necesitamos respirar, beber y comer espiritualmente para crecer en la vida de Dios. Y para un crecimiento normal, también necesitamos la luz de Dios.
Para ver cómo podemos experimentar la luz de Dios, usaremos algunos extractos del excelente libro El conocimiento de la vida, de Witness Lee.
La luz y la vida van juntas
Primero, debemos darnos cuenta de que la luz de Dios y la vida de Dios siempre van juntas. En El conocimiento de la vida, Lee habla de este vínculo vital en la página 221:
“Donde hay luz, hay vida. Este es un gran principio en la Biblia. Salmos 36:9 dice: ‘Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz’. Esto también habla claramente de la relación entre la vida y la luz. La vida siempre sigue la luz, y sólo la luz puede producir la vida”.
Experimentamos la luz de Dios por primera vez cuando fuimos salvos. Cuando escuchamos el evangelio de Jesucristo, la luz de Dios resplandeció sobre nosotros y fuimos convencidos de nuestra condición. El resplandor de esa luz nos hizo arrepentirnos y volvernos a Dios. Creímos en el Jesús resucitado y en todo lo que Él hizo por nosotros, y lo recibimos como nuestro Salvador. Esta luz también produjo la vida en nosotros: fuimos regenerados, o nacidos de nuevo, en nuestro espíritu con la vida divina de Dios.
Pero Dios quiere que sigamos creciendo en Su vida divina hasta que ésta llene cada parte de nuestro ser. Éste es Su propósito para con nosotros. Y para que esto suceda, necesitamos Su luz.
Entonces, ¿cómo experimentamos prácticamente el resplandor de la luz de Dios?
Podemos experimentar la luz en la Palabra de Dios
Salmos 119:105 dice:
“Lámpara es a mis pies Tu palabra y luz a mi senda”.
La luz espiritual genuina es imposible de fabricar. La Palabra de Dios nos trae luz y funciona como una lámpara que ilumina nuestro camino. Pero que recibamos o no luz de la Palabra depende de cómo nos acerquemos a ella. ¿Venimos a la Biblia sólo para obtener doctrinas o enseñanzas sobre cómo vivir una vida buena y moral? ¿O venimos a obtener luz espiritual?
En la porción de El conocimiento de la vida, Lee hace referencia a Juan 6:63, que dice:
“El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida”.
Lee explica en las páginas 223-224:
“Puesto que la vida y el espíritu están en nosotros, está claro que las palabras que el Señor menciona aquí deben de también referirse a las palabras habladas en nuestro interior, y no a las letras exteriores de la Biblia. Todas las palabras fuera de nosotros son simple conocimiento; no son luz. Sólo las palabras que entran en nuestro espíritu son las palabras de Dios, vivas y resplandecientes. Si al tomar la Biblia ejercitamos constantemente nuestro espíritu en comunión para leer y abrimos nuestro espíritu para recibir, las palabras de la Biblia serán espíritu y vida para nosotros. Podrán entrar en nuestro espíritu y convertirse en palabras vivas, las cuales traen consigo la luz de vida”.
Así que si ejercitamos y abrimos nuestro espíritu cuando leemos la Biblia, la Palabra de Dios será espíritu y vida dentro de nosotros, trayéndonos la luz de la vida.
Cómo ejercitar nuestro espíritu
Entonces, ¿cómo ejercitamos nuestro espíritu cuando leemos la Biblia?
Una de las mejores maneras de ejercitar nuestro espíritu es orar. Podemos orar mientras leemos la Biblia, usando las palabras que leemos para orar. Estas palabras llegarán a ser espíritu y vida para nosotros.
Por ejemplo, digamos que en su lectura de la Biblia llega a Efesios 5:15-16:
“Mirad, pues, atentamente cómo andéis, no como necios sino como sabios, redimiendo el tiempo, porque los días son malos”.
Usted puede usar estos versículos para ejercitar su espíritu y orar al Señor, tal vez algo como esto:
“Señor, quiero mirar atentamente cómo ando. No quiero ser necio en mi andar, sino sabio. Señor, comprendo que los días son malos. He perdido demasiado tiempo. Señor, me arrepiento. Ayúdame a redimir mi tiempo”.
Mientras recibe la Palabra de Dios al orar sobre ella, el Señor tiene la manera de hablarle. Tal vez Él resplandezca sobre la cantidad de tiempo que usted pasa en las redes sociales. Bajo Su luz, usted se da cuenta del efecto negativo que esto ha tenido y se siente condenado del tiempo que ha perdido.
Usted podría ignorar este resplandor y seguir gastando su tiempo de la misma manera. O usted puede responder a la luz del Señor orando:
“Señor, Tu tienes razón. No quiero perder mi tiempo en tantas cosas. Señor, ayúdame a redimir mi tiempo. Señor, te necesito. Fortaléceme para obedecerte en esto”.
Cuando usted responde al resplandor del Señor con respecto a este asunto, usted recibe más vida, permitiendo que la vida de Dios crezca en usted.
El Señor Jesús es la luz de la vida dentro de nosotros
Además de la Palabra de Dios, también tenemos al Señor mismo viviendo dentro de nosotros para ser nuestra luz. Juan 1:4 dice:
“En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.
Y Juan 8:12 dice:
“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, jamás andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
En la página 225, Lee habla sobre la luz de la vida y la luz de los hombres mencionadas en estos dos versículos:
“Juan 1:4 nos dice que la vida de Dios está en el Señor Jesús, y que esta vida es la luz de los hombres. Cuando recibimos al Señor Jesús como Salvador, esta vida entra en nosotros y llega a ser nuestra ‘luz de la vida’ (Juan 8:12). Por consiguiente, hablando con propiedad, esta luz no es una luz objetiva que nos ilumina desde afuera, sino una luz subjetiva que nos ilumina desde nuestro interior”.
El Señor en nosotros es nuestra luz de la vida. Él nos hace saber cómo se siente acerca de todo en nuestras vidas. Tenemos una conciencia, un sentir, sobre lo que Él aprueba o desaprueba, lo que lo hace feliz o le desagrada. Ese sentir interior es la luz de la vida que resplandece en nosotros. Y este resplandor es subjetivo, iluminándonos desde nuestro interior.
Un ejemplo práctico
¿Cómo podemos experimentar este resplandor subjetivo de la luz de la vida?
Supongamos que un amigo le envía un mensaje de texto que le molesta. Su primera reacción es responder airadamente. Mientras redacta el mensaje, usted empieza a sentirse incómodo y percibe que algo en su interior le dice: “Deténgase”. Ese sentir es la luz de la vida que lo ilumina. Al ceder a esta iluminación, usted puede decir: “Está bien, Señor, me detendré. ¿Qué quieres escribir? ¿Cómo quieres responder?”. Entonces, usted borra lo que ha escrito y pasa tiempo abriéndose más al Señor. Al hacer esto, se imparte más vida en usted. Entonces escribe una respuesta a su amigo, no en usted mismo sino en Cristo.
La forma en que nos comunicamos probablemente experimentaría un gran cambio si comenzáramos a obedecer el resplandor de la luz de la vida en nosotros. Y lo que es más importante, imagínese cuánto crecería la vida de Dios en nosotros como resultado.
¿Qué deberíamos hacer cuando Dios resplandece sobre nosotros?
Cuando Dios resplandece, ya sea a través de Su Palabra o desde nuestro interior, simplemente deberíamos obedecer. A veces puede ser difícil, pero deberíamos recordar que necesitamos la luz de Dios para crecer.
La alternativa a recibir la luz de Dios es permanecer en tinieblas. Pero si obedecemos el resplandor de la luz de Dios, Su vida tendrá la manera de crecer en nosotros. Como resultado, seremos llenos de gozo y paz y experimentaremos un crecimiento cristiano normal y saludable.
En esta entrada, hemos hecho referencia al capítulo 14 sobre “Luz y vida” de El conocimiento de la vida. Este libro electrónico gratuito está disponible aquí. Le animamos a que lo descargue y lea más sobre cómo conocer y experimentar la vida de Dios.

La Biblia es un regalo precioso de Dios. Nos transmite muchas cosas, entre ellas el propósito de Dios y Su camino de salvación. Como creyentes, no podemos darnos el lujo de no conocer su contenido.
En una entrada anterior vimos que el primer paso —el más básico— para entender la Biblia es leerla de principio a fin. Así es como adquirimos una familiaridad básica con las Escrituras que sienta las bases para que podamos entender la Palabra de Dios.
La Biblia es un libro extenso. Consta de 39 libros en el Antiguo Testamento, 27 libros en el Nuevo Testamento, cientos de capítulos y miles de versículos. Leer toda la Biblia requiere que nos comprometamos a establecer un hábito. E incluso si ya hemos leído toda la Biblia, la Palabra de Dios es profunda; necesitamos leerla una y otra vez, durante toda nuestra vida.
Pero ¿cómo podemos desarrollar este hábito saludable y necesario?
En esta entrada, repasaremos siete consejos prácticos para ayudar a desarrollar el hábito de leer la Biblia diariamente.
1. Orar para tener hambre de la Palabra de Dios
Amós 8:11 dice:
“He aquí, vienen días, declara el Señor Jehová, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír las palabras de Jehová”.
Puede haber momentos en los que no tengamos muchas ganas de leer la Biblia. A veces incluso puede sentirse como una tarea onerosa de completar. Cuando nos sentimos así, simplemente necesitamos pedirle al Señor que nos dé hambre de Su Palabra. Podemos orar algo sencillo, como esto:
“Señor, gracias por darnos Tu Palabra preciosa. Dame hambre de oír Tus palabras. Ayúdame a desarrollar el hábito de leer la Biblia todos los días”.
2. Establecer un tiempo definido para leer la Biblia
Es útil programar un tiempo regular para leer la Biblia. Un momento excelente es temprano por la mañana, antes de que empiece el ajetreo del día. También podemos leer mientras almorzamos o antes de acostarnos. No importa cuándo sea, tener un tiempo designado incorpora la lectura de la Biblia a nuestra rutina diaria.
3. Leer la Biblia consecutivamente, libro tras libro
Tal vez hayamos leído la Biblia sin seguir un orden definido, leyendo un pasaje aquí o un versículo allá. Definitivamente nos beneficiamos de cualquier manera que leamos la Palabra de Dios, pero es difícil leer toda la Biblia de esta manera. Una buena estrategia es leer libro por libro, capítulo tras capítulo, sin saltarse ninguna porción.
Y esto significa que no tenemos que pasar tiempo decidiendo cuál porción leer cada vez que abrimos la Biblia. Simplemente continuamos donde nos quedamos. A medida que completamos nuestra lectura del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, comenzaremos a ver cuán cohesiva es la Biblia.
4. Acudir a la Palabra con su corazón vuelto al Señor
Cada vez que acudimos a la Palabra, es bueno primero volver nuestro corazón al Señor Jesús. La Biblia no es como un libro de texto seco y denso. Es la palabra de nuestro Dios amoroso para nosotros. Así que antes de empezar a leer, hacer una oración sencilla como ésta nos ayuda a abrir nuestro corazón a Él:
“Señor Jesús, vuelvo mi corazón a Ti ahora mismo. Háblame en Tu Palabra. Estoy abierto a lo que me quieras decir. Querido Señor, alúmbrame mientras leo hoy”.
5. Orar acerca de lo que lee
En el transcurso de nuestra lectura, puede que nos llame la atención un versículo o una frase en particular. Esta porción puede consolarnos, redargüirnos o aplicarse específicamente a nuestra situación. Otras veces, un versículo puede dejarnos perplejos. Cualquiera que sea nuestra reacción, cuando nos llame la atención un pasaje en particular deberíamos detenernos y orar acerca de ello.
Podemos dar gracias al Señor por el consuelo, el aliento o las promesas que encontramos en Su Palabra. También podemos pedirle que nos muestre el significado de un pasaje o simplemente hablar con Él sobre un versículo.
De esta manera, la Biblia puede llegar a ser un libro de oración para nosotros, llevándonos a pasar tiempo con nuestro querido Señor Jesús y a desarrollar una relación íntima con Él.
6. Mantener un registro de su lectura de la Biblia
Es útil mantener un registro de su progreso a medida que lee. Usted puede anotar la fecha de cuando termina un capítulo o libro en su Biblia, o marcar cada libro en el índice después de haberlo leído. También puede usar un programador de lectura en línea, una aplicación o un diario para registrar su progreso.
Llevar un registro de nuestro progreso puede ser muy alentador. Puede que no le parezca significativo leer un capítulo al día. Pero si usted hace esto, ¡terminará todo el Nuevo Testamento en menos de un año!
7. Ser guardados de las distracciones
Dado que la lectura de la Biblia es tan importante, tenemos que atesorar e incluso guardar el tiempo que hemos apartado para disfrutar de la Palabra de Dios. Hay muchas cosas hoy que pueden interrumpirnos o distraernos. Puede que pensemos que no tenemos tiempo para leer la Biblia, pero podemos pasar una hora o más en las redes sociales.
Cuando llegue el momento de leer la Biblia, es útil configurar su teléfono en “No molestar” para que las notificaciones entrantes no lo interrumpan. Esto puede ayudarle a mantenerse concentrado en la Palabra de Dios.
Algunas personas encuentran que leer la Biblia en un teléfono o tableta no es lo ideal porque hay muchas distracciones allí mismo. Si usted se siente así, trate de usar una versión impresa de la Biblia para ayudarlo a centrar toda su atención en la Palabra de Dios. Si usted vive en los Estados Unidos, puede pedir gratis un Nuevo Testamento impreso aquí.
Un hábito de leer la Biblia diariamente sentará una base sólida para nuestra vida cristiana, aumentando nuestra fe y ayudándonos a conocer más al Señor Jesús. ¡Que Dios nos conceda a todos el hambre de leer Su Palabra!

De cualquier punto de vista, la Biblia es un libro increíble lleno de sabiduría profunda, poesía inspiradora e historia fascinante.
Pero sobre todo, nosotros los cristianos reconocemos que la Biblia es la Palabra misma de Dios. A través de ella, Dios revela Su camino de salvación y Su propósito y plan para la humanidad. Nuestra fe misma está fundada en la Palabra de Dios.
Con esto en mente, está claro que entender la Biblia es crucial para nuestra vida cristiana. Y aunque la Biblia es larga y profunda, el primer paso para entenderla es sencillo: leerla de principio a fin.
¿Quién está calificado para leer y entender la Biblia?
Quizás pensemos que los estudiantes de la Biblia o teólogos están calificados para leer y entender la Biblia, y nosotros no. Pero la Palabra de Dios es para que todos la lean y la entiendan.
En 2 Timoteo 3:15, el apóstol Pablo escribió a un joven llamado Timoteo:
“Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”.
Note las palabras desde la niñez. Pablo seguramente no quiso decir que de niño Timoteo entendió cada cosa en la Palabra de Dios. Pablo estaba diciendo que desde temprana edad, Timoteo sabía las Sagradas Escrituras.
Si un niño puede saber las Sagradas Escrituras, ¡todos podemos! No importa cuán jóvenes o viejos seamos, no importa cuáles sean nuestros antecedentes, todos podemos comenzar a familiarizarnos con la Biblia al leerla.
Leer la Biblia de principio a fin
Entonces, ¿a qué nos referimos cuando decimos que necesitamos leer la Biblia? Simplemente queremos decir que necesitamos leer toda la Biblia, libro tras libro, de principio a fin. Esto sienta una base sólida para que la podamos entender.
Quizás nunca hemos leído toda la Biblia de principio a fin por alguna que otra razón. Ciertamente podemos obtener algún beneficio al leer cualquier parte de la Palabra de Dios. Pero para ilustrar lo importante que es leer toda la Biblia consecutivamente, digamos que estamos interesados en aprender sobre el cuerpo humano. Para empezar, adquirimos un libro detallado sobre anatomía. Si leyéramos al azar secciones en el medio, luego algunos párrafos al principio, seguidos de unas pocas palabras al final, no obtendríamos una comprensión adecuada del cuerpo. La mejor manera de obtener esta comprensión es leer el libro de anatomía desde el principio hasta el final, capítulo por capítulo. Esto nos daría un conocimiento básico de la estructura del cuerpo, sus diferentes sistemas y cómo están todos interconectados.
Del mismo modo, leer toda la Biblia en orden nos ayudará a obtener una visión completa de la Palabra de Dios y una base sólida para que entendamos su contenido. El primer libro de la Biblia es Génesis, así que comenzamos allí con la creación de Dios. A medida que continuamos leyendo, descubrimos la historia completa del pueblo de Dios, la revelación de Cristo y la manera en que Dios cumple Su propósito eterno. Finalmente, llegamos a Apocalipsis, donde leemos sobre la Nueva Jerusalén, el cumplimiento del deseo de Dios.
Nuestro entendimiento de la Biblia es progresivo
Cuando se trata de entender la Biblia, no hay manera de que podamos comprender todo la primera vez que la leamos. Nuestro entendimiento de ella es gradual y progresivo.
Considere cómo los niños aprenden a leer y comprender lo que leen. No comienzan por digerir palabras enteras, mucho menos libros enteros. Primero aprenden el abecedario y luego forman palabras con esas letras. Finalmente, aprenden a leer y a entender el significado de una oración simple como “Mi mamá me ama”. Esa primera oración es sólo el comienzo. Con la lectura continua viene una mayor comprensión.
De la misma manera, adquirimos “el abecedario” para entender la Biblia al leerla. A medida que continuamos leyendo, progresamos para entenderla poco a poco. Y cada vez que leemos la Biblia, nuestro entendimiento aumentará.
Por ejemplo, digamos que usted llega a Juan 1:29 en su lectura de la Biblia:
“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios, qué quita el pecado del mundo!”.
Este versículo le recuerda su lectura de Éxodo 12, un relato del cordero pascual sacrificado por los hijos de Israel antes de salir de Egipto. Este relato del Antiguo Testamento es un cuadro vívido que apunta a Jesús como el verdadero Cordero pascual. Comprender esto enriquece tanto su lectura de Éxodo 12 como su aprecio por lo que Jesús hizo al sacrificarse a Sí mismo en la cruz para quitar nuestros pecados.
Muchos otros pasajes en el Antiguo Testamento apuntan a acontecimientos y personas que aparecen en el Nuevo Testamento. Cuando hacemos estas conexiones, entendemos más del significado de la Biblia, y nuestra fe en el hecho de que la Biblia es la Palabra de Dios es fortalecida. Poco a poco, los versículos cobran vida con un significado rico y una aplicación práctica a nuestras vidas.
Ser sistemáticos
Entonces, ¿cómo hacemos para leer toda la Biblia? Es útil crear y seguir un horario. Por ejemplo, si toma 20 minutos al día y lee dos o tres capítulos, terminará toda la Biblia en poco más de un año.
Lo principal es seguir leendo. No importa cuál sea nuestro ritmo, si somos sistemáticos no tardaremos mucho en leer toda la Biblia.
Por supuesto, a veces podemos faltar a nuestra lectura diaria. Pero cuando la reanudamos, no necesitamos empezar de nuevo desde el principio. Debemos retomarla donde la dejamos y continuar desde ahí.
Lo más importante es empezar, si aún no lo hemos hecho. Podemos llevar nuestra lectura de la Biblia al Señor y hacer una oración sencilla como esta:
“Señor, gracias por darnos Tu Palabra. Recuérdame cada día reservar un tiempo para leer. Señor Jesús, ayúdame a edificar el hábito de leer la Biblia todos los días”.
¡Sin duda esta es una oración que el Señor estaría feliz de responder!
Aquí tenemos muchas más entradas que usted puede explorar acerca de los diferentes aspectos de la preciosa Palabra de Dios. Y si usted vive en los Estados Unidos, le animamos a que pida una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro, una Biblia de estudio única que le ayudará a entender la Palabra de Dios.

Cuando nos arrepentimos ante Dios y recibimos al Señor Jesús como nuestro Salvador, sucedieron muchas cosas maravillosas. Entre ellas, nuestros pecados fueron perdonados y fuimos introducidos en la comunión con Dios.
En una entrada anterior, vimos que el perdón de Dios de nuestros pecados es absoluto. La Biblia nos muestra que nuestro historial pecaminoso es abolido, y somos liberados del justo juicio de Dios. El perdón de Dios se encarga de nuestro registro de pecado. Pero hay otro problema: nuestros pecados también dejan manchas feas en nosotros.
Afortunadamente, ¡hay buenas noticias! La Biblia nos garantiza tanto el perdón de Dios como Su limpieza. En 1 Juan 1:9 se nos dice:
“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.
Y la nota 3 sobre limpiarnos en el Nuevo Testamento Versión Recobro nos muestra la diferencia entre el perdón y la limpieza:
“Perdonarnos es liberarnos de la ofensa causada por nuestros pecados, mientras que limpiarnos es lavarnos de la mancha de nuestra injusticia”.
En esta entrada, leeremos más versículos y notas de la Versión Recobro para centrarnos en cómo Dios nos limpia de nuestros pecados.
Por qué necesitamos la limpieza de Dios
Antes de ser salvos, todos vivíamos una vida separada de Dios. Todo lo que éramos y hacíamos estaba en contra de Dios, quien es santo y justo. Transgredimos contra Él de innumerables maneras.
En Efesios 2:12, Pablo les recuerda a los creyentes en Éfeso cuál era su condición antes de ser salvos. Dice:
“Recordad que en aquel tiempo estabais separados de Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”.
Pablo afirma aún más encarecidamente en Romanos 6 que éramos “esclavos del pecado” que presentábamos nuestros cuerpos como “esclavos a la inmundicia y a la iniquidad”. Nuestras acciones, nuestras palabras e incluso nuestros pensamientos eran erróneos y pecaminosos.
Además, Isaías 64:6 nos muestra que a los ojos de Dios, incluso nuestras buenas obras eran inmundas:
“Todos nosotros vinimos a ser como un inmundo, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia”.
Inmundos y manchados de pecado en todos los sentidos, ¡cuán desesperadamente necesitábamos la limpieza de Dios!
La eficacia de la limpieza de Dios
Hebreos 1:3 dice que Jesús, “habiendo efectuado la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.
En griego, el idioma original del Nuevo Testamento, la palabra traducida como purificación en este versículo también significa lavamiento, purgación o limpieza. Jesús logró esta purificación de una vez por todas al derramar Su sangre en la cruz por nosotros. Cuando nos arrepentimos y creímos en Él, esa purificación de los pecados fue aplicada a nosotros. Además de ser perdonados, las manchas de nuestros pecados no fueron simplemente cubiertas; fueron lavadas, limpiadas y purgadas de nosotros.
Así que no tenemos que preguntarnos si Dios todavía ve las manchas de nuestros pecados anteriores. Fueron limpiadas por la sangre de Jesús.
Dos versículos en el Antiguo Testamento nos muestran el poder y la eficacia de la limpieza de Dios. Salmos 51:7 dice:
“Lávame, y quedaré más blanco que la nieve”.
E Isaías 1:18 dice:
“Aunque vuestros pecados sean como la escarlata, quedarán tan blancos como la nieve; aunque sean rojos como el carmesí, quedarán como la lana”.
Cuando Dios lava las manchas de nuestro pasado pecaminoso, Su limpieza es tan absoluta que quedamos blancos como la nieve y la lana. Tanto la nieve como la lana son naturalmente blancas. Que seamos más blancos que la nieve o la lana significa que hemos sido limpiados por la sangre de Jesús tan profunda y completamente que todo rastro de nuestros pecados ha desaparecido. ¡Es como si nunca hubiéramos pecado! Esto nos muestra cuán completamente efectiva es la sangre de Jesús para limpiarnos.
Experimentar la limpieza de Dios después de que somos salvos
Por supuesto, el hecho de que seamos salvos no significa que nunca volveremos a pecar. Nuestra carne caída y nuestra naturaleza pecaminosa todavía están con nosotros, e inevitablemente desobedeceremos u ofenderemos a Dios. Pero podemos experimentar nuevamente el perdón y la limpieza de Dios cada vez que confesamos nuestros pecados a Él, como vimos en 1 Juan 1:9.
Leamos también 1 Juan 1:7:
“Pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado”.
La nota 5 sobre este versículo en la Versión Recobro explica más sobre cómo experimentamos esta limpieza:
“El tiempo de este verbo griego es presente y denota una acción continua, lo cual indica que la sangre de Jesús el Hijo de Dios nos lava todo el tiempo, continua y constantemente. Este lavamiento se refiere al lavamiento que en un momento determinado la sangre del Señor efectúa en nuestra conciencia. Delante de Dios la sangre redentora del Señor nos limpió una vez y eternamente (He. 9:12, 14), y la eficacia de ese lavamiento perdura para siempre delante de Dios, de tal modo que no es necesario repetirla. Sin embargo, en nuestra conciencia necesitamos la aplicación para un momento determinado del lavamiento constante de la sangre del Señor una y otra vez cuando nuestra conciencia sea iluminada por la luz divina en nuestra comunión con Dios”.
Cada vez que nuestra conciencia sea iluminada en comunión con Dios y nos haga saber que hemos pecado, simplemente deberíamos confesar nuestros pecados a Él para que podamos experimentar Su perdón y limpieza una y otra vez. Esto sentará las bases sólidas para el resto de nuestra vida cristiana.
¡Alabado sea Dios por Su perdón y la limpieza!
Si vive en los Estados Unidos, le animamos a que pida una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro para que pueda leer todas las notas que acompañan a los versículos mencionados en esta entrada.

¿Alguna vez se ha preguntado si Dios realmente lo perdonó de todos los pecados que cometió antes de ser salvo? ¿O le preocupa que Dios no lo haya perdonado de un pecado en particular que cometió después de ser salvo?
A veces podemos sentirnos perdonados, pero otras veces no. A veces podemos pensar que somos perdonados, pero otras veces estamos convencidos de que no es así. Pero ser perdonados por Dios no se basa en lo que sentimos o pensamos. El hecho del perdón de Dios se basa en Su Palabra firme.
Debemos tener un entendimiento claro y una fuerte seguridad del perdón de Dios en lo que refiere tanto a los pecados que cometimos antes de ser salvos como a los que cometemos después. En esta entrada, hablaremos de algunos versículos claves para ver este gran asunto en la Biblia. Esto nos rescatará de todas las dudas y temores inquietantes y nos ayudará a avanzar en nuestra vida cristiana.
¿Qué significa ser perdonado por Dios?
Como resultado de la caída del hombre, todos somos pecadores. Nuestras transgresiones, actos malignos y vivir pecaminoso crean un problema entre nosotros y Dios que no podemos resolver por nosotros mismos. Y como pecadores, estamos condenados a muerte según el justo juicio de Dios.
Pero en Su maravillosa salvación, Cristo vino como Cordero de Dios para morir como nuestro Sustituto en la cruz. Él pagó completamente el precio por nuestros pecados y nos redimió de vuelta a Dios. Cuando escuchamos estas buenas noticias, nos arrepentimos y creímos en Jesús como nuestro Salvador. En ese momento, Dios nos perdonó de todos los pecados que habíamos cometido anteriormente.
Entonces, ¿qué significa ser perdonado? En griego, la lengua original del Nuevo Testamento, se utilizan varias palabras para perdonar y perdón. Una de estas, aphiemi, literalmente significa hacer partir. Otra, aphesis, significa enviar lejos. El perdón de Dios significa que Él hace que los pecados que cometimos se aparten de nosotros y los envía lejos; ya no están con nosotros.
Para ver cómo es posible que nuestros pecados se aparten de nosotros, leamos 1 Pedro 2:24:
“Quien [Cristo] llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero”.
Cuando el Señor Jesús estaba en la cruz (el madero), Dios puso sobre Él los pecados del mundo. Jesús llevó todos nuestros pecados y sufrió el juicio y el castigo por ellos en nuestro lugar. Así es como nuestros pecados se apartaron de nosotros para siempre.
Entonces, ¿a dónde fueron a parar nuestros pecados? Para responder a esta pregunta, necesitamos ir al Antiguo Testamento, el cual revela, en forma de cuadros o tipos, muchos aspectos diferentes de quién es Dios y cómo Él trata con la humanidad.
En Levítico 16, podemos ver una descripción vívida de la gran redención que Cristo efectuó por nosotros. En este capítulo sobre la expiación de los hijos de Israel, Dios instruyó a Aarón, el sumo sacerdote, a tomar dos machos cabríos como ofrenda por el pecado. El versículo 8 dice:
“Luego Aarón echará suertes sobre los dos machos cabríos: una suerte para Jehová, y otra suerte para Azazel”.
¿Qué representaban estos dos machos cabríos? La nota 1 sobre Azazel en la Versión Recobro de la Biblia explica:
“Azazel representa a Satanás, el diablo, el pecaminoso, quien es la fuente, el origen, del pecado (Jn. 8:44). El macho cabrío designado para Jehová debía ser inmolado (v. 9), pero el macho cabrío designado para Azazel debía ser enviado al desierto llevando sobre sí todas las iniquidades de los hijos de Israel (vs. 10, 20-22). Esto significa que Cristo, quien es la ofrenda por el pecado del pueblo de Dios, por un lado, se hace cargo de nuestro pecado delante de Dios y, por otro, mediante la eficacia de la cruz, envía el pecado de regreso a Satanás, de quien vino el pecado al hombre. Mediante la cruz el Señor Jesús tiene la posición y es apto —con poder, fuerza y autoridad— para quitar el pecado de los redimidos (Jn. 1:29; He. 9:26) y enviarlo de regreso a su fuente, Satanás, quien lo llevará sobre sí en el lago de fuego para siempre (Ap. 20:10)”.
En esto consiste el perdón de Dios. El Señor Jesús como nuestra ofrenda por el pecado nos quitó nuestros pecados y los envió de regreso a Satanás, de donde vinieron. Cuando Dios nos perdona, ¡nuestros pecados ya no están con nosotros!
¿Cómo puede Dios perdonar a los pecadores?
Aunque Dios nos ama inmensamente, Él también es justo. Nuestros pecados lo ofenden y violan Su justicia; cualquiera que peque está condenado a muerte. Así que, ¿cómo es posible que Dios perdone a los pecadores?
Hebreos 9:22 dice claramente:
“Sin derramamiento de sangre no hay perdón”.
Este versículo deja claro que el perdón de Dios requiere y se basa en el derramamiento de sangre. Pero ¿la sangre de quién?
La nota 1 sobre sin derramamiento de sangre en este versículo explica:
“Sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Sin perdón de pecados es imposible que los requisitos de la justicia de Dios sean satisfechos para que el pacto sea puesto en vigencia. Pero la sangre de Cristo fue derramada para el perdón de pecados, y el pacto fue establecido con Su sangre (Mt. 26:28)”.
En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Dios pecaba tenía que ofrecerle a Él un animal que derramara su sangre al ser sacrificado en el altar. Ésta era la manera de expiación de Dios en aquel tiempo. El animal cuya sangre se derramaba era un símbolo, un cuadro, que señalaba al Señor Jesús. Jesús es el Cordero de Dios sin pecado y sin mancha, el verdadero sacrificio por los pecados.
La noche en que Jesús fue traicionado, tomó una copa y se la dio a Sus discípulos. Mateo 26:28 registra lo que Él habló en ese momento, justo antes de Su crucifixión:
“Esto es Mi sangre del pacto, que por muchos es derramada para perdón de pecados”.
En la cruz, el Señor Jesús derramó Su sangre, cumpliendo el justo requisito de Dios y otorgándonos perdón de los pecados. ¡Cuán preciosa es la sangre de Cristo tanto para Dios como para nosotros!
¿Cuándo nos perdona Dios de nuestros pecados?
Hechos 10:43 dice:
“De Él [Jesús] dan testimonio todos los profetas, de que por Su nombre, todos los que en Él creen recibirán perdón de pecados”.
El apóstol Pedro habló esta palabra a un centurión romano llamado Cornelio. Hechos 10:2 nos dice que Cornelio era “devoto y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre”. Pedro le dejó claro a Cornelio que al creer en Jesús, recibiría el perdón de los pecados. No había ninguna otro requisito que cumplir.
En la Versión Recobro, la nota 1 sobre perdón en Hechos 10:43 explica:
“Esto prueba que Cornelio, aunque temía a Dios y hacía justicia, y aunque sus oraciones y limosnas habían sido aceptadas por Dios, necesitaba que sus pecados fueran perdonados al creer en Cristo el Redentor”.
Cuando creemos en Cristo el Redentor, Dios nos perdona inmediatamente, sin demora, de todos los pecados que hemos cometido. Nuestro historial pecaminoso con Dios es borrado. El perdón es lo primero que disfrutamos en la salvación de Dios.
Cómo podemos continuar experimentando el perdón de Dios
Por supuesto, después de ser salvos, todavía cometemos pecados y ofendemos a Dios. ¿Perdona Dios esos pecados?
¡Sí, lo hace! Pero cuando pecamos después de ser salvos, debemos confesar nuestros pecados a Dios para recibir Su perdón.
El apóstol Juan escribió 1 Juan 1:9 a creyentes. Dice:
“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.
Dios no requiere que hagamos penitencia o realicemos buenas obras para ganar Su perdón. Simplemente debemos reconocer y confesar nuestros pecados a Dios, y Su Palabra nos dice que Él es fiel y justo para perdonarnos e incluso limpiarnos.
La nota 2 sobre la palabra fiel en este versículo explica lo que Dios hace cuando confesamos:
“Dios es fiel a Su palabra (v. 10) y justo con relación a la sangre de Jesús Su Hijo (v. 7). Su palabra es la palabra de la verdad de Su evangelio (Ef. 1:13), la cual nos dice que Él perdonará nuestros pecados por causa de Cristo (Hch. 10:43); y la sangre de Cristo ha satisfecho Sus justos requisitos para que Él pueda perdonar nuestros pecados (Mt. 26:28). Si confesamos nuestros pecados, Dios, conforme a Su palabra y con base en la redención efectuada mediante la sangre de Jesús, nos perdona porque Él tiene que ser fiel a Su palabra y justo con relación a la sangre de Jesús; de otro modo, Él sería infiel e injusto. Debemos confesar los pecados para que Él nos pueda perdonar. Tal perdón, cuyo fin es restaurar nuestra comunión con Dios, es condicional, pues depende de nuestra confesión”.
¿Guarda Dios un registro de nuestros pecados después que nos perdona?
Es posible que tengamos una muy buena memoria de nuestros pecados y fracasos pasados. Y aunque sabemos que Dios los ha enviado lejos de nosotros, todavía podemos temer que Él los recuerde.
La Palabra de Dios revela Su actitud hacia nuestros pecados pasados. Hebreos 8:12 dice:
“Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados”.
Este versículo nos dice claramente que ¡Dios no guarda un registro de nuestros pecados! Cuando confesamos y Él perdona, Él olvida. Si tratamos de recordarle a Dios de un pecado que ya hemos confesado, Él no lo recuerda.
La importancia de conocer el perdón de Dios
Hemos visto cómo Dios nos perdona de manera inmediata, completa y absoluta, y que Su perdón se basa completamente en la muerte de Cristo en la cruz por nosotros y en Su sangre derramada.
Por supuesto, conocer la profundidad y exhaustividad del perdón de Dios no nos da el derecho de ser descuidados en nuestro vivir o ser indiferentes a la hora de cometer pecados. En cambio, necesitamos tomar en serio nuestros pecados porque éstos cortan la comunión entre nosotros y Dios. Así que cuando pecamos, debemos confesar. Entonces experimentamos Su perdón, que restaura la comunión entre nosotros y hace que lo amemos más. Y porque lo amamos, no queremos ofenderlo.
Cuando conocemos y experimentamos la verdad del perdón de Dios, somos liberados de las dudas y los temores que nos oprimen. Entonces podemos seguir adelante en nuestra vida cristiana para crecer en la vida divina de Dios con corazones agradecidos. ¡Gracias a Dios por Su perdón de nuestros pecados!
Si usted vive en los Estados Unidos, le animamos a que pida una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.
