
La gente hoy en día tiene ciertas ideas sobre lo que es la iglesia. Estas ideas han sido determinadas principalmente por la religión, la historia, la tradición e incluso la sociedad. Algunos piensan que la iglesia es un edificio o un lugar especial donde los cristianos van a adorar los domingos. Otros piensan que la iglesia es una organización de personas que están de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. Y otros piensan que es un grupo de personas que realizan obras de caridad para el beneficio de la sociedad.
Pero para descubrir lo que la iglesia es en realidad, necesitamos acudir a la Palabra de Dios para ver el pensamiento de Dios con respecto a la iglesia.
La iglesia es un asunto tremendo en la Biblia que tiene muchos aspectos; simplemente no se puede abarcar en una sola entrada. Hoy, con la ayuda de notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro, veremos un aspecto de lo que la iglesia es según la Palabra de Dios: la asamblea de los llamados a salir.
La primera vez que se menciona la iglesia en la Biblia
Cuando leemos la Biblia, es un buen principio prestar atención a la primera vez que se menciona un asunto importante. Esto prepara el camino para comprender su desarrollo en el resto de las Escrituras.
La primera vez que se menciona la palabra iglesia en toda la Biblia es en Mateo 16:18.
En Mateo 16, Jesús y Sus discípulos salieron de Jerusalén, el centro religioso en aquellos tiempos, y llegaron a Cesarea de Filipo. Allí, Jesús preguntó a los discípulos quién decía la gente que Él era, y ellos le informaron lo que algunos habían dicho de Él. Entonces Jesús les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”.
En el versículo 16, tenemos la respuesta de Pedro a esta pregunta de suma importancia:
“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
En respuesta a la declaración de Pedro, Jesús dijo en los versículos 17-18:
“Bienaventurado eres, Simón Barjona, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos. Y Yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia”.
Pedro comprendió que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, porque el Padre se lo reveló. Entonces el Señor unió la revelación de quién Él es con la revelación adicional de la iglesia.
Ahora leamos la nota 1 sobre el versículo 18 en el Nuevo Testamento Versión Recobro:
“La revelación que el Padre da acerca de Cristo es sólo la primera mitad del gran misterio, el cual es Cristo y la iglesia (Ef. 5:32). Así que, era necesario que el Señor revelara a Pedro la segunda mitad, la cual se relaciona con la iglesia”.
La voluntad de Dios es un misterio. El apóstol Pablo habla de este misterio a lo largo del libro de Efesios, y en 5:32 nos dice claramente:
“Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia”.
Así que Cristo y la iglesia juntos son el gran misterio. Dado que Cristo es el Hijo del Dios viviente, la iglesia también debe ser una entidad viviente.
El significado de la palabra iglesia
Entonces, ¿qué es la iglesia? Para responder a esta pregunta, primero necesitamos ver el significado de la palabra iglesia en Mateo 16:18. La nota 5 sobre iglesia en este versículo en la Versión Recobro empieza:
“Gr. ekklesía, que significa llamado a salir. Esta palabra se refiere a la congregación que ha sido llamada a salir”.
Esta nota nos dice que en griego —el idioma original del Nuevo Testamento— la palabra para iglesia, ekklesía, significa llamado a salir. Así que la iglesia es la congregación, o asamblea, de todas las personas que han sido llamadas a salir del mundo por Dios.
La segunda parte de esta misma nota dice:
“La expresión Mi iglesia indica que la iglesia pertenece al Señor, y no a alguna otra persona o cosa; la iglesia no es como las denominaciones, que toman el nombre de alguna persona o de algún asunto”.
Cuando el Señor Jesús mencionó la iglesia por primera vez, dijo Mi iglesia. Como lo explica la nota, esto significa que la iglesia es algo que procede del Señor mismo, y no de nada ni nadie más. Ya que la iglesia procede del Señor, no puede ser algo formado por organización humana, mucho menos una estructura física.
¿Quiénes son los llamados a salir?
Ya hemos visto que la iglesia, la ekklesía, es la congregación de todos aquellos que son llamados a salir por Dios. Pero ¿quiénes son estos llamados a salir que constituyen la iglesia?
Leamos 1 Corintios 1:2:
“A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados”.
La nota 3 de este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica cómo las frases la iglesia de Dios y los que han sido santificados en Cristo Jesús están relacionadas:
“La frase a la iglesia de Dios equivale a la frase a los santificados en Cristo Jesús. Esto indica enfáticamente que la iglesia está compuesta de los santos y que los santos son los constituyentes de la iglesia. No debemos considerar a la iglesia y a los santos como entidades separadas. Individualmente, somos los santos; corporativamente, somos la iglesia”.
La frase la iglesia de Dios nos dice que Pablo se estaba dirigiendo a la ekklesía, la asamblea de personas llamadas a salir. La frase a los santificados en Cristo Jesús nos dice algo acerca de esas personas llamadas a salir.
¿Quiénes son los santificados en Cristo Jesús?
Ahora veamos 1 Corintios 1:2 nuevamente, centrándonos en la segunda mitad del versículo:
“A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados”.
¿Quiénes son los santificados que componen la iglesia? Para averiguarlo, leamos la nota 4 sobre la palabra santificados en este versículo:
“Es decir, hechos santos, apartados para Dios con miras al cumplimiento de Su propósito”.
La palabra santo es la forma sustantiva de la palabra santificar. Así que los creyentes son los santos llamados, es decir, aquellos que son hechos santos.
¿Cómo fuimos santificados, o hechos santos, nosotros los creyentes? Ciertamente no nos hicimos santos por nuestra propia cuenta. La clave está en la frase santificados en Cristo Jesús. La nota 5 explica lo que esto significa:
“En Cristo significa en el elemento y esfera de Cristo. Cristo es el elemento y la esfera que nos apartó, nos hizo santos, para Dios cuando creímos en Él, es decir cuando fuimos unidos orgánicamente con Cristo por medio de nuestra fe en Él”.
Cuando creímos en el Señor Jesús como nuestro Salvador, fuimos introducidos en una unión viva y orgánica con Él, al igual que una rama que ha sido injertada en una vid. Al ser unidos a Cristo, fuimos santificados, o apartados, para Dios para Su propósito y hechos los constituyentes de la iglesia.
Puede ser muy común escuchar preguntas como, “¿A qué iglesia va?” o “¿A qué iglesia pertenece?”. Pero hoy hemos visto en estos versículos en Mateo 16 y 1 Corintios 1 que la iglesia no es un lugar al que vamos o algo a lo que nos unimos. La Biblia nos muestra que la iglesia es los llamados a salir que han creído en Jesucristo, los que se han unido a Él y han sido santificados en Él por medio de la fe.
Nosotros los creyentes hemos sido llamados a salir fuera del mundo y santificados en Cristo. Somos parte de esta maravillosa ekklesía que Cristo atesora y que es parte del gran misterio de Dios.
La iglesia es un asunto profundo y grande con muchos aspectos, y esperamos tener más entradas sobre este tema tremendo y rico. Mientras tanto, le animamos a pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro para que pueda leer todas las notas útiles sobre los versículos mencionados en esta entrada. Si usted vive en los Estados Unidos, puede hacer su pedido gratis aquí. También puede descargar y leer el libro La iglesia gloriosa, escrito por Watchman Nee, desde cualquier parte del mundo aquí.

Los seres humanos son complicados. Cada uno de nosotros es único; procedemos de varios trasfondos y tenemos personalidades diferentes.
Pero con respecto a cómo Dios nos creó, realmente todos somos iguales. La Biblia nos dice en 1 Tesalonicenses 5:23 que todos fuimos creados con tres partes: un espíritu, un alma y un cuerpo:
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y vuestro espíritu y vuestra alma y vuestro cuerpo sean guardados perfectos e irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.
En esta entrada leeremos una nota extremadamente útil sobre este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro para ayudarnos a entender estas tres partes.
Las tres partes del hombre
Así que echemos un vistazo a la nota 5 en 1 Tesalonicenses 5:23 en la Versión Recobro. Dado que es una nota larga, la leeremos en secciones.
La primera parte dice:
“Esta palabra claramente indica que el hombre consta de tres partes: espíritu, alma y cuerpo. El espíritu como nuestra parte más profunda es el órgano interno, por el cual tomamos conciencia de Dios y tenemos contacto con Él (Jn. 4:24; Ro. 1:9)”.
El espíritu humano es la parte más profunda de una persona. Por medio de nuestro espíritu, podemos contactar a Dios en la esfera espiritual. Así es como Dios puede ser experimentado por nosotros. Dios no creó a ninguna otra criatura con un espíritu; esto hace que los seres humanos sean únicos entre todos los demás seres vivientes.
Ahora leamos la siguiente sección de la nota, que explica nuestra alma:
“El alma es nuestro mismo yo (cfr. Mt. 16:26; Lc. 9:25), un intermediario entre nuestro espíritu y nuestro cuerpo; por ella somos conscientes de nosotros mismos y tenemos nuestra personalidad”.
Nuestra alma percibe las cosas en la esfera psicológica. En griego, el idioma original del Nuevo Testamento, la palabra para alma es psujé, que también es la palabra raíz de psicología.
Nuestra alma es nuestra personalidad, quienes somos. Con nuestra alma pensamos, razonamos, consideramos, recordamos y nos preguntamos. Experimentamos emociones como felicidad, amor, tristeza, ira, alivio y compasión. Y somos capaces de determinar, elegir y tomar decisiones. Todo esto tiene lugar en nuestra alma.
Ahora leamos la siguiente sección sobre nuestro cuerpo y cómo se relacionan nuestras tres partes:
“El cuerpo como nuestra parte exterior es el órgano externo; por él somos conscientes del mundo y tenemos contacto con el mundo material. El cuerpo contiene el alma, y el alma es el vaso que contiene el espíritu”.
Nuestro cuerpo existe en el mundo material y contacta las cosas tangibles de éste usando nuestros cinco sentidos. Es la parte visible y externa de nuestro ser. Nuestra alma está contenida en nuestro cuerpo, y nuestro espíritu está contenido en nuestra alma.
A continuación se muestra un diagrama simple de tres círculos concéntricos que ilustran estas tres partes, con el espíritu como la parte más profunda y escondida:

La intención de Dios para las tres partes del hombre
Ahora leamos la última sección de la nota, que explica la intención de Dios para las tres partes de nuestro ser:
“En el espíritu, Dios mora como Espíritu; en el alma mora nuestro yo; y en el cuerpo moran los sentidos físicos. Dios nos santifica primero al tomar posesión de nuestro espíritu, mediante la regeneración (Jn. 3:5-6); luego, al extenderse como Espíritu vivificante desde nuestro espíritu hasta nuestra alma para saturarla y transformarla (Ro. 12:2; 2 Co. 3:18); y por último, al vivificar nuestro cuerpo mortal a través de nuestra alma (Ro. 8:11, 13) y al transfigurar nuestro cuerpo con el poder de Su vida (Fil. 3:21)”.
La intención de Dios con respecto a nosotros es que lo contengamos y lo expresemos. Pero para expresar a Dios, necesitamos estar llenos de Él. Cuando creímos en Jesucristo, lo recibimos y fuimos regenerados, o nacimos de nuevo, en nuestro espíritu. Ahora Él como Espíritu está morando en nuestro espíritu. Pero el Espíritu que mora en nuestro espíritu es sólo el comienzo.
En 1 Tesalonicenses 5:23 se nos dice: “El mismo Dios de paz os santifique por completo”. Él nos santifica al extenderse a todo nuestro ser y saturarlo. Este proceso de santificación comienza desde nuestro espíritu, continúa a nuestra alma y finalmente incluirá nuestro cuerpo. Entonces estaremos completamente llenos de Dios en cada parte de nuestro ser.
Cómo podemos cooperar
Entonces, ¿cómo podemos cooperar con la intención de Dios de saturar todo nuestro ser consigo mismo?
Ejercitar nuestro espíritu es la clave para contactar a Dios. Nuestro espíritu no sólo tiene la capacidad de contactar y tener comunión con Dios, sino que también es donde Él habita. Esto significa que podemos volvernos a Él en nuestro espíritu para tener comunión con Él en cualquier momento mientras seguimos con nuestra vida diaria. Podemos hacer oraciones sencillas, preguntarle a Él cómo se siente acerca de ciertas cosas, o simplemente invocar Su nombre y decirle que lo amamos. También podemos leer e incluso orar con la Palabra de Dios para ser nutridos espiritualmente.
A medida que ejercitamos nuestro espíritu para tener comunión con Él, más de la vida divina de Dios es añadida en nosotros, y Él se extiende de nuestro espíritu a nuestra alma. Nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones llegarán a ser uno con los Suyos, y expresaremos a Dios a todos los que nos rodean. Así es como Él nos santifica y como se cumplirá Su propósito eterno.
El Nuevo Testamento Versión Recobro tiene varias notas iluminadoras sobre 1 Tesalonicenses 5:23, incluyendo una importante sobre cómo Dios guarda perfectos nuestro espíritu, alma y cuerpo. Si usted vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita aquí. Le animamos a que lea las notas y los versículos a los que hacen referencia para obtener una comprensión más completa de lo que hemos hablado en esta entrada.
El libro La economía de Dios es otro recurso invaluable sobre el tema de las partes del hombre y la función que desempeñan en el plan de Dios, que es abordado en detalle en los capítulos 6 y 7. Usted puede descargar este libro electrónico gratis aquí desde cualquier parte del mundo.

En entradas anteriores, vimos que el Espíritu es la esencia de la Palabra de Dios, Cristo mismo es su contenido, y Dios es su origen. Además, hablamos de seis funciones principales de la Palabra de Dios. La Biblia da testimonio de Cristo, hace a las personas sabias para la salvación, hace que las personas sean regeneradas, nutre a los creyentes como leche espiritual, alimenta a los creyentes como el pan de vida y hace a los creyentes cabales.
En esta entrada, usaremos versículos y notas del Nuevo Testamento Versión Recobro para centrarnos en una de esas funciones de la Palabra de Dios con más detalle: dar testimonio del Señor Jesucristo.
Las Escrituras dan testimonio de Jesucristo
Lucas 24 nos dice que después de Su crucifixión y resurrección, el Señor Jesús se encontró con dos de Sus discípulos mientras caminaban de Jerusalén a Emaús. En el versículo 44, Él les dijo:
“Éstas son Mis palabras, las cuales os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de Mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.
Jesús no les dijo a sus discípulos que estos libros fueron escritos para que aprendieran a vivir una vida moral, conocieran historias interesantes del pasado o alguna otra cosa. Él les dijo que fueron escritos acerca de Él, el Cristo viviente.
Jesús habló algo similar antes de Su crucifixión a algunos judíos que conocían las Escrituras. Juan 5:39 dice:
“Escudriñáis las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí”.
Estos judíos no sólo conocían las Escrituras, sino que incluso las escudriñaban para encontrar la vida eterna. Sin embargo, estos “escudriñadores de las Escrituras” no se dieron cuenta de que las Escrituras daban testimonio de una maravillosa Persona, Jesús, quien estaba justo delante de ellos. Y sólo Él podría darles vida eterna.
En el versículo 40, Jesús continuó:
“Pero no queréis venir a Mí para que tengáis vida”.
Estos judíos entendidos se negaron a venir al Señor Jesús porque no hicieron la conexión entre Él y las Escrituras que escudriñaban. La nota 1 en el versículo 39 en el Nuevo Testamento Versión Recobro dice:
“Es posible escudriñar las Escrituras y no venir al Señor (v. 40). Los religiosos judíos escudriñaban las Escrituras pero no estaban dispuestos a venir al Señor. Estas dos cosas deben ir juntas. Puesto que las Escrituras dan testimonio del Señor, no deben estar separadas de Él. Es posible tener contacto con las Escrituras sin tener contacto con el Señor. Sólo el Señor puede dar vida”.
¿Qué significa esto para nosotros hoy?
Comprender que la Palabra de Dios da testimonio de Jesucristo revolucionará nuestra lectura de la Biblia. Cuando acudamos a la Palabra, nos centraremos en Cristo y disfrutaremos de Él.
El apóstol Pablo seguramente se dio cuenta de que todo el Antiguo Testamento da testimonio de Cristo. En 1 Corintios 5:7-8, se refirió a la experiencia que los hijos de Israel tuvieron de la Pascua y la relacionó con Cristo. Escribió:
“Limpiaos de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra Pascua, que es Cristo, fue sacrificada. Así que celebremos la fiesta”.
Estos dos versículos nos abren de una manera nueva el relato de la Pascua y de la Fiesta de los Panes sin Levadura.
La nota 2 sobre Pascua en el versículo 7 en la Versión Recobro explica:
“Esto indica que el apóstol consideraba a los creyentes el pueblo escogido de Dios, quienes ya habían tenido su Pascua, tipificada por la que se describe en Éx. 12. En esta Pascua, Cristo no es sólo el Cordero pascual sino toda la Pascua. Para ser nuestra Pascua, Él fue sacrificado en la cruz a fin de que nosotros fuéramos redimidos y reconciliados con Dios. De esta manera, podemos disfrutarle como una fiesta delante de Dios. En esta fiesta no se permite que haya ninguna levadura. El pecado y el Cristo redentor no pueden estar juntos”.
Y la nota 1 sobre fiesta en el versículo 8 revela aún más:
“Aquí la fiesta se refiere a la Fiesta de los Panes sin Levadura como continuación de la Pascua (Éx. 12:15-20). Duraba siete días, lo cual denota un período completo, el mismo que representa todo el curso de nuestra vida cristiana, desde el día de nuestra conversión hasta el día del arrebatamiento. Ésta es una larga fiesta que debemos celebrar, no con el pecado de nuestra vieja naturaleza, la vieja levadura, sino con panes sin levadura, que son el Cristo de nuestra nueva naturaleza como nuestro alimento y disfrute. Sólo Él es el suministro vivo de sinceridad y verdad, absolutamente puro, sin mezcla, y lleno de realidad. La fiesta es un tiempo para disfrutar el banquete. Toda la vida cristiana debe ser tal banquete, un gran disfrute de Cristo como nuestro banquete, el rico suministro de vida”.
Estos versículos y notas nos ayudan a ver que cuando leemos acerca de la Pascua en Éxodo 12, no sólo estamos leyendo una historia interesante o un relato histórico. En realidad, Jesús es el cumplimiento de toda esta escena en Éxodo. Él es el Cordero de Dios sin defecto, Aquel que fue inmolado por nosotros y derramó Su sangre preciosa para redimirnos. Al creer en Él, somos librados del justo juicio de Dios. Y Él es también la realidad de los panes sin levadura para ser nuestro suministro de vida. ¡Este relato detallado en Éxodo revela tantos aspectos de Cristo!
La Pascua y la Fiesta de los Panes sin Levadura en Éxodo 12 son sólo dos ejemplos que muestran que el Antiguo Testamento da testimonio de Cristo. En realidad, Cristo es el cumplimiento de cada asunto positivo en el Antiguo Testamento. Comprender este hecho aumentará nuestra experiencia y disfrute de Él de muchas maneras. Ver a Cristo testificado a lo largo del Antiguo Testamento elevará y enriquecerá nuestra apreciación por Él cuando leamos el Nuevo Testamento.
Así que cada vez que abramos nuestras Biblias, acerquémonos al Señor Jesús y centrémonos en Él para verlo revelado en toda la Palabra de Dios.
Para ver más de Cristo revelado en el Antiguo Testamento, le recomendamos leer El Cristo todo-inclusivo, un libro que puede descargar gratis desde cualquier parte del mundo. Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer todas las notas sobre los versículos del Nuevo Testamento a los que se hace referencia en esta entrada.

Pareciera que todos los días somos rodeados por noticias desgarradoras de odio y conflicto entre personas en todas partes, tanto a escala local como mundial. La creciente violencia nos deja desconsolados, ansiosos e inquietos.
Además, pareciera que la agitación económica y las dificultades que la acompañan, los problemas medioambientales y la creciente agitación social se están convirtiendo en elementos fijos de la vida actual. Los problemas del mundo parecen ser insuperables sin una solución a la vista.
¿Cómo deberíamos reaccionar los creyentes ante los enormes problemas del mundo actual?
En primer lugar, necesitamos ver cuál es la verdadera fuente de todas las cosas terribles en el mundo, y en segundo lugar, necesitamos ver que Dios desea específicamente que hagamos dos cosas hoy: orar y compartir las buenas nuevas del evangelio con las personas.
El objetivo del diablo: destruir a la humanidad
La Biblia revela que Dios tiene un enemigo: el diablo, Satanás, quien se opone activamente a Dios y a la voluntad de Dios. Satanás es la fuente de toda maldad.
El relato en Génesis 1 y 2 nos dice que Dios creó a Adán y Eva y los puso en un huerto. En este huerto estaba el árbol de la vida, que representa a Dios, y el árbol del conocimiento del bien y del mal, que representa a Satanás.
Dios quería que Adán y Eva participaran del árbol de la vida para que compartieran la vida divina de Dios. Al participar del árbol de la vida, ellos tendrían la vida de Dios y podrían vivir por Dios y expresarlo. Éste era el deseo del corazón de Dios.
Pero con respecto al árbol del conocimiento del bien y del mal, Dios les advirtió en Génesis 2:17:
“Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás; porque el día en que comas de él, ciertamente morirás”.
Ya que Adán, quien representaba a toda la humanidad, era el centro del deseo del corazón de Dios, llegó a ser el centro de los esfuerzos de Satanás para impedir que Dios consiguiera lo que Él quería. A través de la influencia sutil y engañosa de Satanás, Adán y Eva desobedecieron el mandato de Dios y tomaron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, envenenándose con la naturaleza maligna de Satanás. A partir de ese único acto, toda la humanidad fue contaminada con el pecado, lo que resultó en la caída de toda la raza humana. Y debido a que el Dios santo y justo no puede tolerar el pecado, la humanidad fue separada de Dios.
Desde entonces, Satanás ha estado buscando incesante y activamente dañar e incluso destruir a la humanidad que Dios creó con tanto amor para Su propósito. Todas las cosas terribles que han sucedido a lo largo de la historia han sido instigadas por el diablo obrando dentro de los seres humanos caídos, y él continúa esa obra hoy. En 1 Pedro 5:8, se nos advierte:
“Sed sobrios, y velad. Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”.
El objetivo de Dios: salvar a la humanidad
Sin embargo, en medio de esta situación sombría, hay esperanza para toda la humanidad. Dios se hizo un hombre llamado Jesús. En Juan 10:10, Jesús dijo:
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
Vida aquí en griego, el idioma original del Nuevo Testamento, es zoé, que se refiere a la vida eterna y divina. La intención original de Dios era que la humanidad poseyera y compartiera Su vida divina. Puede que Satanás haya interferido, pero Dios nunca se rinde. Todo lo que Él planea, Él lo cumple.
Pero ya que la humanidad caída y pecaminosa fue separada de Dios, ¿cómo podría alguien tener la vida divina de Dios?
En Juan 10:11, Jesús continuó:
“Yo soy el buen Pastor; el buen Pastor pone Su vida por las ovejas”.
Jesús es el buen Pastor, el mismo Dios Todopoderoso que se hizo un hombre y vivió una vida perfecta y sin pecado. Luego puso Su propia vida por nosotros, las ovejas perdidas, para redimirnos y traernos de vuelta a Dios.
Nuestro Pastor nos salvó del juicio de Dios al derramar Su sangre por nosotros. Luego, en resurrección, Él llegó a ser el Espíritu vivificante, que puede entrar y dar vida a cualquiera que se arrepienta y crea en Él.
El Señor Jesús hizo mucho para salvar a las personas y darles vida, pero muchos no saben nada acerca de Él. Otros tienen conceptos erróneos acerca de quién Él es. Necesitan conocer a este Pastor maravilloso que los ama y quiere darles vida. Necesitan saber todo lo que Él ya ha hecho por ellos. ¿Cómo pueden saberlo? Necesitamos orar por ellos y proclamarles las buenas nuevas de Jesucristo.
Necesitamos orar por todos los hombres
El empeoramiento de la condición del mundo puede causar fácilmente que nos sintamos deprimidos y nos desanimemos. Pero en Lucas 18:1, el Señor Jesús animó a sus discípulos a “orar siempre, y no desmayar”.
Luego, en 1 Timoteo 2:1-4 el apóstol Pablo escribió:
“Exhorto ante todo, a que se hagan peticiones, oraciones, intercesiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que llevemos una vida tranquila y sosegada en toda piedad y dignidad. Porque esto es bueno y aceptable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad”.
En el Nuevo Testamento Versión Recobro, la nota 1 sobre todos los hombres en el versículo 4 explica:
“Debemos orar por todos los hombres (v. 1), porque Dios nuestro Salvador desea que todos ellos sean salvos y conozcan la verdad. Nuestra oración es necesaria para que se lleve a cabo el deseo de Dios”.
Definitivamente, Dios es todopoderoso, pero Él necesita que cooperemos con Su deseo de que todos los hombres sean salvos al orar por ellos. Nuestras oraciones le dan a Dios una manera de obrar en la vida de las personas para que se arrepientan y crean en el Salvador. Es por eso que debemos orar por nuestros familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo e incluso por todos los hombres para que sean salvos.
Necesitamos compartir las buenas nuevas de Jesucristo
Lo segundo que debemos hacer es ir y compartir el evangelio, las buenas nuevas de nuestro querido Señor Jesús, con las personas.
En Mateo 28:18-20, el Jesús resucitado se apareció a sus discípulos y les ordenó:
“Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todo cuanto os he mandado; y he aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo”.
Este mandato se aplica no sólo a los discípulos que estaban con el Señor en ese entonces, sino a todos los creyentes. Debemos hacer discípulos a todas las naciones, es decir, proclamarles el evangelio.
¿Qué significa id? No significa exclusivamente ir como misioneros a un país extranjero. Puede que la mayoría de nosotros nunca tengamos esa oportunidad. Pero cada uno de nosotros puede ir a nuestros amigos y parientes y hablarles del Señor Jesús. Después de todo, ¿cómo pueden arrepentirse y creer en Jesucristo si nadie les habla de todo lo que Él ha hecho por ellos? Romanos 10:14 dice:
“¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien proclame?”.
Las personas necesitan al Señor Jesús, y Dios desea salvarlas. Dios ha puesto en nuestras vidas a las personas que nos rodean para que podamos orar por ellas y proclamarles el evangelio. Así es como pueden ser perdonadas de sus pecados, recibir la vida divina de Dios, y ser llevadas de vuelta al propósito maravilloso de Dios para con ellas. Que todos veamos esta necesidad y cooperemos con el Señor para orar por todos los hombres y proclamar el evangelio.
Si desea compartir el evangelio con alguien, le animamos a que visite nuestra página Comparta las buenas nuevas, donde encontrará recursos del evangelio, como tratados, vídeos y entradas de blog. Todo se puede compartir fácilmente con las personas que conoce y por las que está orando. Una vez que sean salvos, también puede ayudarles a pedir un Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para que puedan comenzar a leer y entender la Palabra de Dios.

En Juan 1:29, cuando Juan el Bautista vio a Jesús, declaró enfáticamente:
“¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”
Este título precioso, Cordero de Dios, está lleno de significado. En esta entrada, veremos versículos y notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro que nos ayudarán a entender por qué Jesús es llamado el Cordero de Dios. Ver el significado de este título aumentará nuestro amor por el Señor Jesús y nuestro aprecio por lo que Él hizo por nosotros.
La caída de la humanidad en Génesis
Para comenzar a comprender el significado profundo de Cordero de Dios, debemos remontarnos a Génesis 2 y 3.
Después de que Dios creó a Adán y Eva, los puso en el huerto del Edén con el árbol de la vida en su centro. Este árbol representa la vida eterna y divina de Dios. Dios quería compartir Su vida con Adán y Eva y ser todo para ellos. Al participar del árbol de la vida, Dios llegaría a ser su vida, y ellos lo expresarían en su vivir. Éste era Su plan para toda la humanidad.
Pero también había otro árbol en el huerto: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Este árbol representa a Satanás, el enemigo de Dios, como la fuente de la muerte. Dios les advirtió a Adán y Eva específicamente que no comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal, diciéndoles que si lo hacían, ciertamente morirían.
Tristemente, sabemos que Satanás engañó a Eva, y ella y Adán desobedecieron a Dios y comieron de ese árbol. Como resultado, fueron envenenados con la naturaleza pecaminosa de Satanás. Y como Adán representaba a toda la humanidad, toda la raza humana fue incluida en esa caída.
Dios es justo y santo; Él debe juzgar el pecado y al pecador. El juicio por el pecado es muerte. Así que Adán y Eva fueron sentenciados a muerte.
Pero Dios no renunció a Su plan para la humanidad. En cambio, vemos en Génesis 3 que Él hizo túnicas de la piel de un animal para cubrir a Adán y Eva. Por supuesto, el animal tenía que ser sacrificado para que esto sucediera. Según la revelación subsiguiente en la Biblia, ese animal probablemente era un cordero.
Ese animal inocente fue sacrificado y murió por Adán y Eva, los culpables. Su sangre fue derramada por ellos para que pudieran vivir.
A partir de ese momento, nadie podía acercarse a Dios sin ofrecerle un animal para que muriera en su lugar. Este principio de un animal sacrificado en nombre del oferente continuó a lo largo de todo el Antiguo Testamento.
El cuadro de la Pascua
Vemos un ejemplo claro de un cordero muriendo en nombre de la humanidad caída en la historia de la Pascua en Éxodo 12. Después de 400 años de esclavitud, los hijos de Israel por fin estaban a punto de salir de Egipto. Dios les instruyó a Moisés y Aarón hablar a toda la asamblea de Israel, diciéndoles que cada familia debía sacrificar un cordero sin defecto. La sangre de ese cordero debía ser puesta en los postes de la puerta y en el dintel de sus casas para que Dios la viera. En Éxodo 12:12-13, Dios les dijo:
“Pues Yo pasaré esa noche por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; también ejecutaré juicios contra todos los dioses de Egipto. Yo soy Jehová. Y la sangre os servirá de señal en las casas donde vosotros estéis; y cuando Yo vea la sangre, pasaré por encima de vosotros, y cuando Yo hiera la tierra de Egipto, no vendrá sobre vosotros ninguna plaga para destruiros”.
Esa noche los hijos de Israel hicieron lo que Dios les instruyó y comieron el cordero sacrificado dentro de sus casas. Dios vio la sangre en el dintel y los postes de la puerta y perdonó la vida de los primogénitos en cada casa.
Puede que pensemos que la Pascua es sólo un ritual del Antiguo Testamento. Pero la Pascua con el cordero como ofrenda es un cuadro vívido de Jesucristo como el verdadero Cordero de Dios. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo declaró en 1 Corintios 5:7:
“Porque nuestra Pascua, que es Cristo, fue sacrificada”.
Leamos la primera parte de la nota 2 sobre la palabra Pascua en el Nuevo Testamento Versión Recobro:
“Esto indica que el apóstol consideraba a los creyentes el pueblo escogido de Dios, quienes ya habían tenido su Pascua, tipificada por la que se describe en Éx. 12. En esta Pascua, Cristo no es sólo el Cordero pascual sino toda la Pascua. Para ser nuestra Pascua, Él fue sacrificado en la cruz a fin de que nosotros fuéramos redimidos y reconciliados con Dios. De esta manera, podemos disfrutarle como una fiesta delante de Dios”.
Así que la Pascua, junto con todos los sacrificios de animales a lo largo del Antiguo Testamento, señalaba al Cristo venidero, quien quitaría el pecado del mundo.
El requisito para el perdón
Hebreos 9:22 nos dice por qué los sacrificios a Dios son necesarios:
“Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay perdón”.
Sin derramamiento de sangre no hay perdón. Este principio se vio en el Antiguo Testamento con Adán y Eva y con los hijos de Israel. En el Nuevo Testamento, ese mismo principio permanece.
Leamos la nota 1 de este versículo en la Versión Recobro:
“Sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Sin perdón de pecados es imposible que los requisitos de la justicia de Dios sean satisfechos para que el pacto sea puesto en vigencia. Pero la sangre de Cristo fue derramada para el perdón de pecados, y el pacto fue establecido con Su sangre (Mt. 26:28)”.
En el Nuevo Testamento, Cristo es el verdadero sacrificio que derramó Su sangre para cumplir con el justo requisito de Dios sobre nosotros. A través de Su muerte y el derramamiento de Su sangre por nosotros, podemos experimentar el perdón de Dios.
Hebreos 10:9-10 nos dice más acerca de Cristo, nuestro verdadero sacrificio:
“Y [Cristo] diciendo luego: ‘He aquí que vengo para hacer Tu voluntad’; quita lo primero, para establecer lo segundo. Por esa voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”.
Leamos la nota 1 sobre primero para entender el significado de estos versículos:
“Aquí lo primero se refiere a los sacrificios del primer pacto, el antiguo pacto; lo segundo se refiere al sacrificio del segundo pacto (el nuevo pacto), el cual es Cristo. Conforme a la voluntad de Dios, Cristo vino al mundo para quitar los sacrificios animales del antiguo pacto y establecerse como sacrificio del nuevo pacto”.
¿Cómo fue esto posible?
Jesús, el Cordero de Dios
El Hijo de Dios eterno y divino se hizo un hombre llamado Jesús. Al vestirse con un cuerpo físico de carne y sangre, Él podía morir por nosotros como el único Cordero de Dios.
En 1 Pedro 2:22-24 podemos ver algunos detalles de Su vida y Su muerte en la cruz:
“El cual [Jesús] no cometió pecado, ni se halló engaño en Su boca; quien cuando le injuriaban, no respondía con injuria; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba todo a Aquel que juzga justamente; quien llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, a fin de que nosotros, habiendo muerto a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”.
Jesús no cometió ningún pecado y vivió una vida intachable y sencilla en la tierra. Sólo Él estaba calificado para morir por la humanidad caída como Cordero de Dios inmaculado para cumplir con el requisito de la justicia de Dios. Él derramó Su sangre preciosa para quitar el pecado del mundo. El Cordero de Dios inocente murió por nosotros, los pecadores culpables.
Los detalles de la muerte del Señor como el Cordero de Dios también fueron predichos en el Antiguo Testamento en Isaías 53:5-7:
“Mas Él herido fue por causa de nuestras transgresiones, molido por causa de nuestras iniquidades; el castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus llagas fuimos nosotros sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su propio camino, y Jehová hizo que la iniquidad de todos nosotros cayera sobre Él. Fue oprimido y afligido, pero no abrió Su boca; como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, no abrió Su boca”.
Jesús fue herido por causa de nuestras transgresiones y molido por causa de nuestras iniquidades. Mientras Él estaba siendo crucificado, Él llevó sobre Sí los pecados de toda la humanidad. ¡Qué carga tan pesada fue puesta sobre nuestro querido Salvador!
Mientras Jesús cargaba con los pecados de todo el mundo, Dios lo juzgó como nuestro Sustituto. Así es como Jesús logró una redención perfecta y eterna para nosotros como el Cordero de Dios y nos trajo de regreso a Dios. ¿Cómo podemos dejar de amarlo al considerar lo que Él sufrió por nosotros?
Cuando primero nos arrepentimos y creímos en Jesús, el Cordero de Dios, fuimos salvos del juicio eterno de Dios. Lo recibimos como nuestro Salvador y fuimos perdonados de nuestros pecados. Y a medida que continuamos avanzando en nuestra vida cristiana, siempre deberíamos recordar que es sólo porque el Cordero de Dios derramó Su preciosa sangre por nosotros que podemos acercarnos a Dios y tener comunión con Él. Cada vez que confesamos nuestros pecados a Él, Su sangre nos limpia de toda injusticia.
El Cordero por toda la eternidad
En el Antiguo Testamento, vemos el cuadro del Cordero de Dios. En el Nuevo Testamento, vemos a Jesús como la realidad de ese cuadro.
Luego, en Apocalipsis, el último libro de la Biblia, todavía vemos a Jesús como Cordero de Dios. Por ejemplo, Apocalipsis 5:12 dice:
“El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la bendición”.
Y al hablar de la eternidad futura, Apocalipsis 22:1 dice:
“Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle”.
Esto nos muestra que Jesús será para siempre el Cordero de Dios.
La nota 5 en este versículo en la Versión Recobro es una nota maravillosa acerca del trono. La primera parte dice:
“Del trono de Dios y del Cordero muestra que hay un solo trono para Dios y para el Cordero, lo cual indica que Dios y el Cordero son uno solo, el Dios-Cordero, el Dios que redime, Dios el Redentor. En la eternidad, el mismo Dios que se sienta en el trono es nuestro Dios redentor, de cuyo trono sale el río de agua de vida para darnos el suministro y satisfacernos”.
Jesús, nuestro Redentor, es el Cordero de Dios por toda la eternidad. El Cordero está en el trono, y nosotros los redimidos disfrutaremos del río de agua de vida que sale de ese trono para nuestro suministro y satisfacción eternos. ¡Que nuestros corazones sean llenos de gratitud y alabanza a Él!
Esperamos que esta entrada le haya ayudado a ver más del significado de que Jesús es el Cordero de Dios. Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer los versículos a los que se hace referencia en esta entrada con sus notas a fin de obtener una apreciación aún más profunda de Jesús como el Cordero de Dios.

A lo largo del viaje de la vida, nadie puede evitar las preocupaciones, dificultades y angustias. Cuando nos sentimos heridos, desanimados o afligidos, anhelamos que alguien entienda por lo que estamos pasando. Podemos obtener algo de alivio al abrirnos a amigos o familiares, pero a veces ellos no pueden entender completamente. Aún sentimos una profunda necesidad en nuestro corazón.
Entonces, ¿a quién podemos acudir? Tal vez pensemos que el Señor Jesús no puede entender todo por lo que estamos pasando. ¡Pero Él sí puede! Podemos estar seguros de este hecho basándonos en la Palabra de Dios.
De hecho, Hebreos 2:17 es un versículo invaluable en la Biblia. Dice:
“Por lo cual [Jesús] debía ser en todo hecho semejante a Sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Sumo Sacerdote en lo que a Dios se refiere, para hacer propiciación por los pecados del pueblo”.
Hoy nos centraremos en tres frases cruciales de este versículo con la ayuda de notas del Nuevo Testamento Versión Recobro. Veremos que nuestro querido Señor Jesús puede genuinamente entendernos y compadecerse de nosotros como nadie más puede, y que sólo Él puede satisfacer nuestra profunda necesidad interna.
1. “Ser en todo hecho semejante a Sus hermanos”
Primero, ¿qué significa que Jesús fue en todo hecho semejante a Sus hermanos? La nota 1 en Hebreos 2:17 en la Versión Recobro explica:
“El Hijo de Dios fue hecho semejante a nosotros, Sus hermanos, en el sentido de que participó de sangre y carne (v. 14). Esto fue hecho con dos propósitos, uno negativo y otro positivo. El propósito con sentido negativo fue destruir por nuestro bien al diablo, quien está en la carne. El propósito con sentido positivo fue convertirse en nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote, quien tiene la naturaleza humana, para poder comprendernos en todas las cosas”.
Esta nota hace referencia a Hebreos 2:14, que dice:
“Así que, por cuanto los hijos son participantes de sangre y carne, de igual manera Él participó también de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tiene el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.
¿Por qué Jesús, el Hijo de Dios, participó de sangre y carne? Por dos razones: para destruir al diablo en la carne a través de Su muerte, y llegar a ser un hombre genuino con naturaleza humana que puede compadecerse de nosotros.
Con esto en mente, consideremos la vida de Jesús en la tierra.
Isaías 53 es una gran profecía y revelación de Jesús en el Antiguo Testamento. Dice que Él sería un varón de dolores, experimentado en aflicción. Desde ser colocado en un humilde pesebre en Su nacimiento hasta soportar una humillante y agonizante muerte en la cruz, Jesús experimentó un sufrimiento inimaginable durante toda Su vida. Creció en el hogar de un carpintero pobre en Nazaret, una región despreciada. Él conoció de primera mano lo que eran el hambre, la sed, el cansancio y la pobreza. Supo lo que era ser rechazado, malinterpretado, burlado y calumniado. Él experimentó todas las facetas de la vida humana. Como hombre, soportó sufrimientos que ni siquiera podemos imaginar.
Los Evangelios revelan que Jesús se preocupaba profundamente por los seres humanos entre quienes vino a vivir y a quienes ministraba. Sanó a los enfermos, limpió a los leprosos y dio la vista a los ciegos. Enseñó la verdad y habló palabras tiernas de compasión a los desolados y miserables.
Jesús se preocupaba por todo tipo de persona, sin importar cuán vil fuera. Esto hizo que aquellos que no lo apreciaban lo menospreciaran llamándolo amigo de pecadores. Pero qué maravilloso para todos nosotros que Él sea verdaderamente amigo de los pecadores.
Debido a lo que experimentó en Su vida en la tierra, Jesús puede entender cualquier cosa por la que estemos pasando, sin importar cuán terrible o angustiante sea. Podemos estar seguros de que sea cual sea la situación en la que nos encontremos, Él comparte nuestros sentimientos, se compadece de nosotros y se preocupa por nosotros. Todo esto es posible porque Él fue hecho semejante a nosotros, Sus hermanos, al participar de sangre y carne.
2. “Para venir a ser misericordioso y fiel Sumo Sacerdote”
Ahora veremos la segunda frase importante en Hebreos 2:17: para venir a ser misericordioso y fiel Sumo Sacerdote. La nota 2 sobre Sumo Sacerdote en la Versión Recobro explica:
“Cristo, como Sumo Sacerdote, nos ministra a Dios mismo y las riquezas de la vida divina. Como Dios-hombre, Él está plenamente calificado para ser nuestro Sumo Sacerdote. Aquí misericordioso corresponde al hecho de que Él es un hombre; fiel corresponde a que Él es Dios”.
En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote servía a Dios e intercedía en nombre del pueblo de Dios. El sumo sacerdote en el Antiguo Testamento es un cuadro, y Jesús es la realidad, el cumplimiento de este cuadro. Jesús, nuestro verdadero Sumo Sacerdote, es tanto Dios como hombre. Como hombre hecho semejante a nosotros en todas las cosas, es misericordioso con nosotros y capaz de entendernos. Podemos venir a Él y estar seguros de que Él se compadece de nosotros en nuestra aflicción.
Además, como Dios, Jesús es nuestro fiel Sumo Sacerdote. Cuando sufrimos, Él nos ministra a Dios mismo y las riquezas ilimitadas de la vida divina para satisfacer nuestra necesidad. Puede que ni siquiera sepamos lo que necesitamos, pero nuestro fiel Sumo Sacerdote lo sabe y nos ministra fuerza, amor, esperanza, aliento, perseverancia, alegría y mucho más.
Hablando de la clase de Sumo Sacerdote que Jesús es para nosotros, Hebreos 4:15-16 dice:
“Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.
Qué precioso es que Jesús pueda compadecerse de nuestras debilidades. Podemos acercarnos a nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote confiadamente, seguros de que recibiremos misericordia y hallaremos gracia para el oportuno socorro.
3. “Para hacer propiciación por los pecados del pueblo”
Llegamos ahora a la tercera frase importante en Hebreos 2:17: para hacer propiciación por los pecados del pueblo.
En algún momento, probablemente hemos sentido miedo de acercarnos a Jesús y derramar lo que está en nuestro corazón a Él. Tal vez nos sentimos indignos, o llenos de culpa por haber estado lejos de Él por un tiempo. Quizás hemos experimentado un fracaso en nuestra vida cristiana.
Pero si esta es nuestra situación, necesitamos darnos cuenta de que el Señor hizo propiciación por nuestros pecados. La nota 4 sobre propiciación en la Versión Recobro explica:
“Jesús hizo propiciación por nuestros pecados, satisfaciendo así los requisitos de la justicia de Dios y estableciendo una relación de paz entre Dios y nosotros, a fin de poder darnos Su gracia en paz”.
Es imposible que arreglemos nuestra condición pecaminosa ante Dios por nosotros mismos. Pero Jesús nos amó a tal punto que puso Su vida por nosotros. Él resolvió nuestro problema de pecado al satisfacer todas las justas demandas de Dios a través de Su muerte en la cruz. Esto era cierto cuando primero creímos en Jesús y lo aceptamos como nuestro Salvador, y también es cierto cuando hemos pecado después de ser salvos.
Por supuesto, si hemos pecado, necesitamos arrepentirnos —es decir, volvernos a Dios— y confesar nuestros pecados a Él. Al volvernos a Él y confesar nuestros pecados, podemos disfrutar de Su propiciación y ser perdonados y limpiados con Su sangre. Entonces podemos venir al Señor sin ningún temor o culpa persistente.
Hebreos 2:17 es un versículo maravilloso que nos muestra que Jesús en todo fue hecho semejante a nosotros para que Él pudiera verdaderamente entendernos. Él es nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros y satisfacer nuestra necesidad interior, y Él es Aquel que hizo propiciación por nosotros.
Sin importar por cuál situación difícil estemos pasando, podemos estar seguros de que Jesús nos comprende completamente y se compadece profundamente de nosotros. Y debido a que Él hizo propiciación por nosotros, podemos acercarnos a Él en cualquier momento.
¿Cómo experimentamos la compasión y el ministerio de Jesús?
Ahora consideremos cómo podemos experimentar al Señor compadeciéndose de nosotros y ministrándonos en nuestra vida diaria.
Primero, deberíamos darnos cuenta de que el Señor no está lejos de nosotros. Cuando fuimos salvos, Cristo vino a vivir en nuestro espíritu, nuestra parte más profunda. Él siempre está disponible y accesible para nosotros. En cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier situación, podemos acercarnos a Él en nuestro espíritu.
Segundo, cuando nuestra conciencia nos avisa que hemos cometido un pecado, deberíamos confesar ese pecado al Señor para que podamos ser perdonados y limpiados por Su sangre. Esto elimina cualquier barrera entre nosotros y el Señor para que podamos acercarnos a Él libremente.
Tercero, podemos acercarnos al Señor al tener comunión con Él en oración. Realmente ayuda abrir nuestra boca y orar audiblemente al Señor. Podemos hablarle libremente y derramar todo lo que está en nuestro corazón a Él.
Muchos de nosotros podemos testificar que al decir lo que estaba en nuestro corazón al Señor en oración, fuimos consolados por Su compasión y cuidado tierno. Aunque nuestra situación externa no cambió, fuimos alentados y avivados porque Jesús ministró algo de Dios en nuestro ser, satisfaciendo nuestra necesidad más profunda. Las palabras no pueden expresar lo maravillosa que es esta experiencia.
Esperamos que se sienta animado por las palabras en Hebreos 2:17 y las notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro. Sin importar por lo que estemos pasando, podemos acercarnos al Señor en oración y experimentar el cuidado amoroso de nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote. Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

Al leer Romanos 8 detenidamente, vemos que el andar cristiano no consiste en esforzarse por vivir una vida ética e intachable, sino de andar conforme al espíritu. El Señor Jesús sufrió la muerte en la cruz no sólo para perdonarnos de nuestros pecados, sino también para llegar a ser Espíritu vivificante en resurrección. Cuando creímos en Él y nacimos de nuevo, Él como el Espíritu entró en nuestro espíritu. Y cuando andamos conforme al Espíritu en nuestro espíritu, espontáneamente vivimos la vida cristiana que Dios desea que tengamos.
En esta entrada, hablaremos del papel crucial de la mente con relación a andar conforme al espíritu con la ayuda de versículos y notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro.
La importancia de la mente en Romanos 8
Comencemos leyendo Romanos 8:4-6:
“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu. Porque los que son según la carne ponen la mente en las cosas de la carne; pero los que son según el espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz”.
Así que vemos que inmediatamente después del versículo 4, que habla de aquellos que andan conforme al espíritu, los versículos 5 y 6 ambos mencionan la mente.
Centrémonos en Romanos 8:6:
“Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz”.
La nota 1 en la Versión Recobro nos ayuda a entender el significado de la mente puesta en la carne. La primera parte de la nota explica:
“Lit., la mente de la carne. En los vs. 6-8 el elemento crucial es la mente. La mente es la parte que dirige nuestra alma, la cual es la personalidad del hombre, o sea, su persona. Así que, la mente representa al alma, es decir, a la persona misma”.
Dios nos creó con tres partes: un espíritu, un alma y un cuerpo. Y nuestra mente, siendo la parte principal de nuestra alma, representa nuestra persona.
Ahora leamos la siguiente parte de la nota:
“En este capítulo la mente ocupa una posición neutral pues se encuentra entre el espíritu regenerado y mezclado, y el cuerpo caído, la carne. Los caps. 7 y 8 muestran que la mente puede llevar a cabo dos acciones diferentes, por las cuales tiene la capacidad de ponernos en el espíritu o en la carne”.
Nuestro espíritu humano, donde mora el Espíritu Santo una vez que somos regenerados, es la parte más profunda de nuestro ser. Para ilustrar esto, imaginemos que las tres partes de nuestro ser son tres círculos concéntricos, como vemos en el siguiente diagrama. El círculo interno es nuestro espíritu. El círculo externo es nuestro cuerpo, el cual fue convertido en la carne de pecado en la caída del hombre. El círculo del medio es nuestra alma, situada entre nuestro espíritu y nuestra carne caída y pecaminosa.

Ahora leamos el resto de la nota, que nos muestra las consecuencias muy diferentes de poner nuestra mente en el espíritu o en la carne:
“Si la mente depende del espíritu regenerado y se adhiere a éste, el cual está mezclado con el Espíritu de Dios, nos introducirá en el espíritu y en el disfrute del Espíritu divino como la ley del Espíritu de vida (v. 2). Si la mente se adhiere a la carne y actúa de modo independiente, nos introducirá en la carne, haciendo que estemos en enemistad con Dios y no podamos agradarle (vs. 7-8)”.
Nuestra mente, siendo neutral, puede ir en una de dos direcciones. De qué depende y a qué se adhiere determina si estamos en nuestro espíritu o en nuestra carne.
La mente puesta en la carne o en el espíritu
Cada día, tenemos una decisión que tomar: ¿ponemos nuestra mente en la carne o en el espíritu? Como nos dice Romanos 8:6, poner la mente en la carne resulta en muerte, pero poner la mente en el espíritu resulta en vida y paz.
Por supuesto, todos diríamos que queremos vida y paz en lugar de muerte. Pero que disfrutemos vida y paz depende de dónde pongamos nuestra mente.
Antes de ser salvos, nuestro espíritu estaba muerto y sin Cristo. No teníamos la opción de poner nuestra mente en el espíritu. Vivíamos y andábamos automáticamente conforme a la carne y espontáneamente cometíamos pecados.
El libro de Romanos fue escrito a creyentes en Cristo. Y en Romanos 8:6 Pablo deja claro que incluso después de ser salvos, todavía es posible que pongamos nuestra mente en la carne.
Experimentar muerte versus vida y paz
Al escribir que la mente puesta en la carne es la muerte, Pablo no se estaba refiriendo a la muerte física sino a la muerte espiritual. De igual manera, poner la mente en el espíritu resulta en vida y paz espiritual. Experimentamos tanto la muerte espiritual como la vida espiritual a través de sensaciones internas particulares.
La nota 2 sobre Romanos 8:6 en la Versión Recobro arroja un poco más de luz sobre cómo experimentamos muerte versus vida y paz. El primer párrafo de esta nota dice:
“La vida y la paz son el resultado de poner nuestra mente en el espíritu. En tal caso nuestro hombre interior y nuestras acciones exteriores concuerdan y no hay discrepancia entre nosotros y Dios. Entre Él y nosotros hay paz, no enemistad (v. 7). El resultado es que nos sentimos tranquilos interiormente”.
Cuando ponemos nuestra mente en el espíritu, nos sentimos en paz, relajados, satisfechos, e incluso gozosos interiormente; no hay desacuerdo, no hay controversia entre nosotros y el Señor.
Ahora leamos la primera parte del segundo párrafo de esta nota:
“Cuando nuestra mente está puesta en la carne y en las cosas de la carne, el resultado es muerte, lo cual hace que nos sintamos separados del disfrute de Dios. Nos sentimos incómodos y muertos, en lugar de sentirnos tranquilos y vivos”.
Así que cuando ponemos nuestra mente en la carne, nos sentimos muertos espiritualmente y separados del disfrute de Dios. Y como resultado, nos sentimos incómodos y débiles. Estos sentimientos negativos nos advierten que no estamos poniendo nuestra mente en el espíritu. En cualquier cosa que estemos haciendo, pensando o diciendo, no estamos viviendo conforme a la vida de Cristo en nuestro espíritu.
Ahora leamos el resto de la nota:
“Cuando nos ocupamos de la carne y ponemos la mente en las cosas de la carne, la sensación de muerte nos debe servir de advertencia, instándonos a ser librados de la carne y a vivir en el espíritu”.
Así que los sentimientos negativos que resultan de la muerte, o la sensación de muerte, son en realidad muy útiles para nosotros. Nos dicen dónde estamos y nos advierten que dejemos de hacer lo que estamos haciendo.
Un ejemplo práctico
En nuestra vida cristiana, todos hemos experimentado los sentimientos negativos de muerte que provienen de poner nuestra mente en la carne.
Por ejemplo, supongamos que estamos leyendo las noticias en línea. Al principio, nos sentimos bien. Luego, después de un tiempo, hacemos clic en otro enlace y luego en otro, y terminamos leyendo todo tipo de cosas. El Señor dentro de nosotros dice: “Detente”, pero lo ignoramos y continuamos con lo que estábamos haciendo. Entonces empezamos a sentirnos vacíos e incómodos, y nos sentimos entenebrecidos interiormente. Todas éstas son sensaciones de muerte, que indican claramente que estamos poniendo nuestra mente en la carne.
Leer las noticias no es pecaminoso en sí mismo. Pero al no prestar atención a la palabra del Señor de detenernos, ponemos nuestra mente en la carne y terminamos experimentando la muerte espiritual.
Por otro lado, también hemos experimentado vida y paz espirituales. Seguramente podemos recordar haber tenido comunión con el Señor o haber leído Su Palabra y haber sentido gozo, paz y luz interior.
Pero ¿cómo experimentamos esto en nuestra vida diaria? Usemos otra vez el ejemplo de leer las noticias. Pero esta vez, cuando el Señor dentro de nosotros dice: “Es suficiente. Detente aquí”, obedecemos este instar interno y dejamos de leer. Luego inmediatamente tenemos un sentir interno de satisfacción, gozo y paz y nos sentimos fortalecidos y avivados.
¡Qué diferencia hay entre el sentir de muerte y el sentir de vida y paz!
Practicar poner nuestra mente en el espíritu
Poner nuestra mente en el espíritu no significa que nos quedemos sentados pensando en Cristo todo el tiempo y descuidemos nuestro trabajo o estudios. Por el contrario, mientras estamos trabajando, estudiando, conduciendo, dando un paseo —lo que sea que estemos haciendo— nos mantenemos en contacto con el Señor en nuestro espíritu.
Poner nuestra mente en el espíritu requiere un esfuerzo consciente de nuestra parte. No es algo a lo que estamos acostumbrados. Y si adoptamos un enfoque pasivo, nuestra mente se desvía y es automáticamente puesta en la carne.
Pero hay algunas cosas que podemos hacer para ayudarnos a poner nuestra mente en nuestro espíritu todos los días.
Una es comenzar el día leyendo y orando con la Palabra de Dios. Al disfrutar del Señor en Su Palabra y participar de Él, estamos poniendo nuestra mente en el espíritu. Tener este tiempo por la mañana también puede ayudarnos a poner nuestra mente en el espíritu durante todo día.
Por ejemplo, digamos que una mañana disfrutó leer y orar con Efesios 1:4:
“Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor”.
Usted experimenta vida y paz mientras ora con este versículo. Pero incluso después, a medida que sigue con su día, parte del versículo puede volver a usted: nos escogió en Él antes de la fundación del mundo. Dondequiera que esté, usted puede orar: “¡Oh, Señor Jesús, gracias por escogerme! Señor, Tú me escogiste antes de la fundación del mundo. Gracias, Señor”.
También podemos poner nuestra mente en el espíritu al hablar con el Señor de una manera sencilla durante el día. Mientras conducimos al trabajo, podemos contarle cualquier preocupación que podríamos tener y pedirle que nos guíe a través de ellas. Podemos agradecerle por Sus provisiones y tener comunión con Él acerca de cualquier asunto que esté en nuestro corazón. E incluso simplemente invocar en el nombre del Señor Jesús trae nuestra mente de vuelta al espíritu.
Y cada vez que tenemos el sentir de muerte, necesitamos dejar de hacer lo que estemos haciendo e inmediatamente volvernos al Señor. Podemos orar: “Señor Jesús, me arrepiento y me vuelvo a Ti. ¡Pongo mi mente en mi espíritu ahora mismo!”.
Al igual que el ejercicio físico, cuanto más practiquemos poner nuestra mente en nuestro espíritu, más llegará a ser una parte normal de nuestra vida. Desarrollaremos un gusto más fuerte por la vida y la paz y aprenderemos a volvernos más rápidamente de lo que nos mata espiritualmente. Cuanto más hagamos esto, más creceremos en el Señor y viviremos por la vida divina de Cristo en nosotros. Entonces Dios será expresado en nuestro vivir a todas las personas que nos rodean, cumpliendo Su deseo.
Para saber más sobre este tema, le animamos a leer el capítulo 17 de La economía de Dios aquí. Puede descargar este libro electrónico gratis desde cualquier parte del mundo. Y si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratis del Nuevo Testamento Versión Recobro con sus comentarios iluminadores aquí.

Después de ser salvos, probablemente nos dimos cuenta de que deberíamos vivir de una manera diferente a como vivíamos antes. Por supuesto, Dios quiere que lo expresemos en nuestra vida diaria. Pero ¿cómo hacemos eso? ¿Cómo debería ser nuestro andar cristiano?
Nuestro andar implica toda nuestra manera de vivir: cómo vivimos, cómo nos conducimos, qué decimos, qué hacemos y a dónde vamos. En esta entrada, nos centraremos en Romanos 8:4 y en notas útiles en el Nuevo Testamento Versión Recobro para ver el andar que Dios quiere que los creyentes tengamos.
Lo que dice el Nuevo Testamento en cuanto a cómo andamos
Romanos 8:4 dice:
“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu”.
Este versículo habla de dos maneras diferentes en las que podemos andar: conforme a la carne o conforme al espíritu.
Andar conforme a la carne
Primero, veamos qué es la carne.
Cuando Dios creó a Adán, él no tenía pecado. Pero cuando Adán desobedeció a Dios, Satanás inyectó su naturaleza pecaminosa en la humanidad, y nuestro cuerpo puro creado por Dios fue transmutado en la carne pecaminosa, llena de concupiscencias.
Incluso después de ser salvos y nacer de nuevo en nuestro espíritu, nuestra carne todavía está con nosotros y sigue siendo tan pecaminosa como lo era antes de que fuéramos regenerados.
Muchos versículos en el Nuevo Testamento confirman este hecho. De hecho, Pablo escribió la epístola a los Romanos a los creyentes que vivían en Roma, no a los incrédulos. Y en Romanos 13:14, los exhorta encarecidamente:
“Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para la carne a fin de satisfacer sus concupiscencias”.
Dado que Pablo escribió esto a los creyentes, muestra que todavía tenemos la carne pecaminosa incluso después de ser salvos, y debemos tener cuidado de no hacer ninguna provisión para ella.
Así que, aunque somos salvos, podemos aún ser personas que andan conforme a nuestra carne caída. Por supuesto, cuando andamos conforme a nuestra carne, siempre pecamos.
Andar conforme al espíritu
Ahora veamos lo que es el espíritu mencionado en Romanos 8:4.
En la Versión Recobro, la nota 3 en este versículo en cuanto a espíritu explica:
“Es difícil discernir el sentido de la palabra espíritu en este capítulo, en Gá. 5 y en otros lugares del Nuevo Testamento, a menos que la palabra sea designada claramente para referirse al Espíritu Santo de Dios o a nuestro espíritu humano regenerado, como se hace en el v. 9 y el 16 de este capítulo. Según se usa en el Nuevo Testamento, la palabra espíritu, tal como se emplea en este versículo, denota nuestro espíritu humano regenerado en el cual mora el Espíritu y con el cual está mezclado el Espíritu, quien es la consumación del Dios Triuno (v. 9). Esto corresponde a lo que dice 1 Co. 6:17: ‘El que se une al Señor [quien es el Espíritu, 2 Co. 3:17; 1 Co. 15:45] es un solo espíritu con Él’, es decir, un espíritu mezclado”.
Dios nos creó con un espíritu que puede contactarlo y recibirlo. Nuestro espíritu humano es la parte más profunda y recóndita de nuestro ser.
Aquí en Romanos 8:4, andar “conforme al espíritu” no se refiere sólo a nuestro espíritu humano, ni sólo al Espíritu Santo. Se refiere a nuestro espíritu humano regenerado que está mezclado con el Espíritu del Dios Triuno que mora en él.
Este espíritu mezclado llegó a existir cuando nos arrepentimos y creímos en Cristo. Fue entonces cuando fuimos regenerados, o nacidos de nuevo, y Cristo como Espíritu vivificante entró en nuestro espíritu para morar allí. Ahora Su Espíritu y nuestro espíritu ya no están separados ni son distintos, sino que están mezclados.
En 1 Corintios 6:17 se nos dice:
“Pero el que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”.
Por medio de la fe en Jesús, fuimos unidos a Él. Nuestro espíritu humano regenerado y el Espíritu llegaron a ser un solo espíritu mezclado.
Así que en Romanos 8:4, andar conforme al espíritu significa que vivimos y hacemos todo conforme a este maravilloso espíritu mezclado.
El resultado espontáneo de andar conforme al espíritu
Cristo hizo tanto para entrar en nosotros para ser nuestra vida. Ahora que Él está en nuestro espíritu, Su deseo para nosotros no es que hagamos nuestro mejor esfuerzo para no cometer errores o que estemos en nuestro mejor comportamiento exteriormente; Él quiere que andemos conforme a nuestro espíritu.
Romanos 8:4 también nos muestra el resultado de tal andar:
“Para que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu”.
El versículo no dice que el justo requisito de la ley se cumple por aquellos que hacen su mejor esfuerzo para vivir una buena vida cristiana. Dice que el justo requisito de la ley se cumple en nosotros, que andamos conforme al espíritu.
La nota 1 sobre cumpliese explica:
“No es que cumplamos la ley conscientemente por medio de nuestros esfuerzos exteriores, sino que ella se cumple en nosotros espontánea e inconscientemente por medio de la operación interna del Espíritu de vida. El Espíritu de vida es el Espíritu de Cristo, y Cristo corresponde a la ley de Dios. Este Espíritu, quien está dentro de nosotros, espontáneamente cumple en nosotros todos los justos requisitos de la ley cuando andamos conforme a Él”.
Cristo vivió la vida más excelente en la tierra. Sólo Él cumplió todos los requisitos de la ley. En todo Su vivir, Él expresó a Dios.
Y a través de Su muerte en la cruz, Él nos redimió de vuelta a Dios. Luego, en resurrección, Él llegó a ser el Espíritu vivificante; al creer en Él fuimos unidos a este maravilloso Espíritu en nuestro espíritu.
Así que cuando andamos conforme a nuestro espíritu mezclado, el Espíritu cumple espontáneamente los requisitos de la ley en nosotros y por nosotros. Nuestras palabras, comportamiento, actitud y acciones tienen como su fuente el Espíritu en nuestro espíritu. Como resultado, lo que la gente ve no es una persona que se comporta de una manera ética y recta exteriormente. Ven algo mucho más elevado: a Dios mismo expresado en nuestro vivir.
Así es como Dios es expresado a través de nosotros, lo cual es el deseo de Su corazón.
¿Cómo andamos conforme al espíritu?
En primer lugar, tenemos que ver que nuestro espíritu está mezclado con el Espíritu. Cuando veamos esto, apreciaremos cuán precioso nuestro espíritu es y cuán cerca y disponible está el Señor a nosotros.
Luego tenemos que darnos cuenta de que andar conforme al espíritu significa que tenemos que estar en nuestro espíritu, y no en nuestra carne. Nuestro espíritu debería ser el punto central de todo nuestro ser. Así que necesitamos practicar volvernos de la carne al Señor en nuestro espíritu todo el tiempo.
Una manera muy práctica de volvernos a nuestro espíritu mezclado es invocar el nombre del Señor Jesús. Esto es algo que podemos hacer en cualquier momento, en cualquier lugar, siempre que nos encontremos andando no conforme a nuestro espíritu.
En 1 Corintios 12:3 se nos dice:
“Por tanto, os hago saber que nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: Jesús es anatema; y nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino en el Espíritu Santo”.
La nota 3 en este versículo explica:
“Indica que cuando decimos, con un espíritu recto: ‘¡Jesús es Señor!’ estamos en el Espíritu Santo. Por tanto, la manera de participar del Espíritu Santo, y de disfrutarle y experimentarle es invocar al Señor Jesús”.
Al invocar el nombre del Señor, “Señor Jesús”, somos llevados a nuestro espíritu donde disfrutamos de todo lo que Él es. A medida que disfrutamos de Él en nuestro espíritu, espontáneamente andamos conforme a nuestro espíritu, y la maravillosa vida de Cristo es expresada en nuestro andar.
En esta entrada, sólo pudimos hablar brevemente de lo que significa andar conforme al espíritu en Romanos 8. Si usted vive en los Estados Unidos, le recomendamos encarecidamente que pida un Nuevo Testamento Versión Recobro gratuito para que pueda leer todas las notas iluminadoras en este capítulo crucial.

En una entrada anterior, vimos que cuando el apóstol Pablo escribió: “Jesucristo está en vosotros” en 2 Corintios 13:5, no estaba hablando de manera metafórica, sino literal. Es un hecho maravilloso que cuando nos arrepentimos y creímos en Él, Cristo realmente entró en nosotros.
Específicamente, Cristo vino a morar en nuestro espíritu humano, nuestra parte más profunda. El hecho de que Cristo está en nuestro espíritu no es sólo algo que debemos saber objetivamente; es algo que podemos experimentar y disfrutar todo el tiempo.
Así que en esta entrada, hablaremos de cómo podemos experimentar a Cristo viviendo en nosotros de una manera práctica. Leeremos algunos versículos y notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro para ayudarnos.
Un ciclo frustrante
Después de ser salvos, la mayoría de nosotros tenemos ciertas ideas acerca de cómo deberíamos vivir la vida cristiana. Hacemos un gran esfuerzo para cumplir ciertas normas. Pero por mucho que lo intentamos, generalmente fracasamos.
Usemos perder nuestra paciencia como un ejemplo. Todos tenemos este problema, en mayor o menor medida. Sabemos que no es algo bueno, así que luchamos contra ello, tratando una y otra vez de reprimir nuestro mal genio cuando surge en nosotros. Pero cuando algo nos irrita lo suficiente, explotamos.
Después de un rato, nos calmamos y, sintiéndonos avergonzados y condenados, confesamos al Señor y le pedimos que nos perdone. Experimentamos Su perdón y limpieza, y nuestra comunión con Él es restaurada. Tal vez entonces oremos algo como esto: “Señor, por favor ayúdame a no perder mi paciencia otra vez. Por favor, dame más paciencia”.
Sin embargo, al día siguiente, o incluso a la próxima hora, nos encontramos reaccionando con impaciencia a otra situación, y nuestro temperamento estalla de nuevo. Aunque habíamos orado fervientemente pidiendo paciencia, descubrimos que no tenemos más paciencia que antes.
Así que nos encontramos en un ciclo frustrante, y nos preguntamos por qué el Señor no está respondiendo nuestras oraciones. ¿Qué pasa?
El problema es éste: el Señor no quiere ayudarnos a controlar nuestro mal genio, ni quiere darnos paciencia. En realidad, el Señor Jesús, quien ahora vive en nosotros, quiere ser nuestra paciencia.
Nuestra unión con Cristo
No es un asunto simple que Jesucristo pueda entrar y vivir en nosotros.
Por Su lado, Cristo tuvo que dar unos pasos tremendos para que esto sucediera: se hizo hombre, murió en la cruz y fue resucitado. En 1 Corintios 15:45 se nos dice:
“Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente’; el postrer Adán [Cristo], Espíritu vivificante”.
Antes de Su muerte y resurrección, Cristo sólo podía estar con la gente. No podía estar en ellos. Pero en resurrección, Él llegó a ser Espíritu vivificante, capaz de entrar en todos los que creen en Él.
Y de nuestro lado, necesitábamos arrepentirnos y creer en Él. En el momento en que lo hicimos, Cristo como Espíritu vivificante entró en nuestra parte más profunda, nuestro espíritu.
No sólo eso, 1 Corintios 6:17 incluso nos dice:
“Pero el que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”.
Ahora el Espíritu y nuestro espíritu humano son uno solo. ¡Éste es un hecho maravilloso!
Y eso no es todo. Colosenses 3:4 dice:
“Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste”.
El Cristo que vino como Espíritu para vivir en nuestro espíritu es ahora nuestra vida. La nota 1 en este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro nos ayuda a entender el significado de este versículo:
“El hecho de que Cristo sea nuestra vida indica claramente que debemos tomarlo como vida y vivir por Él, que debemos vivirle en nuestra vida diaria a fin de experimentar al Cristo universalmente extenso que se revela en este libro [Colosenses], de manera que todo lo que Él es así como todo cuanto Él ha logrado y obtenido no permanezca como algo objetivo para nosotros, sino que llegue a ser nuestra experiencia subjetiva”.
Cristo no pasó por tanto a fin de vivir en nosotros sólo para ayudarnos a vivir una vida buena y ética. Él no quiere que simplemente le pidamos cosas como paciencia y amor cuando las necesitemos.
En cambio, la vida cristiana es una vida en la que Cristo vive y hace todo en nosotros, con nosotros y a través de nosotros. Él quiere que lo tomemos como nuestra vida y vivamos por Él en todas nuestras circunstancias.
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¿Cómo podemos experimentar a Cristo viviendo en nosotros?
Si vemos que Cristo vive en nosotros, que somos un solo espíritu con Él y que Él es incluso nuestra vida, nos daremos cuenta de que Él está presente con nosotros en toda situación y listo para ser aplicado en cualquier momento. Él quiere vivir en y con nosotros en toda ocasión. Así que, ¿cómo podemos experimentar esto?
Volvamos al ejemplo de perder nuestra paciencia. Digamos que algo irritante sucede de nuevo, y sentimos que nuestro mal genio se empieza a agitar. Por lo general, y sin éxito, tratamos de reprimir nuestra ira.
Pero si en cambio nos volvemos a Cristo en nuestro espíritu en ese mismo momento, experimentaremos a Cristo, el Único que es paciente. Él soportó todo tipo de malos tratos y situaciones molestas a lo largo de Su vida en la tierra. Y Él quiere que lo disfrutemos y lo experimentemos a Él siendo nuestra paciencia y perseverancia. Entonces, en lugar de expresarnos a nosotros mismos mientras luchamos por controlar nuestro mal genio, expresamos a Cristo como nuestra paciencia.
No se trata de una mera imitación externa de lo que pensamos que Él haría. Él quiere que vivamos por Él en toda situación. Si necesitamos paciencia, podemos experimentar a Cristo como nuestra paciencia. Si necesitamos esperanza, podemos experimentar a Cristo como nuestra esperanza.
Una manera práctica de experimentar a Cristo en nuestro espíritu
Una de las mejores maneras de instantáneamente volvernos y experimentar a Cristo en nuestro espíritu es invocar Su nombre. Al invocar al Señor Jesús, lo contactamos como Espíritu que mora en nuestro espíritu.
Dependiendo de las circunstancias, podemos invocar, “Oh, Señor Jesús”, en voz baja. O si estamos solos, podemos clamar a Él en voz alta. Podríamos estar muy molestos cuando comenzamos a invocar, pero mientras lo contactamos, experimentamos que Él calma nuestro ser y llega a ser nuestra paciencia.
Al invocar, experimentamos lo que está escrito en Romanos 10:12:
“Pues el mismo Señor es Señor de todos y es rico para con todos los que le invocan”.
El Señor es rico para con nosotros en paciencia, en tranquilidad, en longanimidad, en perseverancia, en cualquier cosa que necesitemos para enfrentar cualquier circunstancia. Invocarle es una manera sencilla de contactarlo en nuestro espíritu y disfrutar de todo lo que Él es para nosotros.
Al invocar al Señor y disfrutar de Sus riquezas, también experimentamos Romanos 10:13:
“Porque: ‘Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo’”.
Salvo en este versículo se refiere no sólo a nuestra salvación inicial; también se refiere a ser salvos de las cosas negativas que surgen en nuestra vida diaria aún después de haber recibido al Señor. Todos tenemos que admitir que cada día necesitamos ser salvos de muchas cosas, incluyendo perder nuestra paciencia.
La nota 2 en este versículo en la Versión Recobro dice:
“Aquí ser salvos significa ser conducidos a disfrutar de las riquezas del Señor. El Señor es rico para con los judíos y también para con los griegos. Todos los que invocan el nombre del Señor disfrutan del rico Señor; como resultado, son llenos de Él y le expresan”.
Por un lado, al invocar al Señor somos salvos de las cosas negativas; por otro lado, somos introducidos en el disfrute de las riquezas de Cristo. Y a medida que disfrutamos de estas riquezas, somos llenos de Él y lo expresamos en nuestra vida diaria.
Así que en lugar de pedir una cosa, como paciencia, experimentamos a una Persona maravillosa, el Cristo vivo en nosotros, como la solución real a nuestros problemas.
Experimentar a Cristo diariamente
Es de ayuda comenzar nuestro día pasando tiempo para contactar a Cristo en nuestro espíritu. Durante este tiempo, podemos confesar nuestros pecados a Él, tener comunión con Él acerca de cualquier cosa, y orar con Su Palabra. Cuanto más frecuentemente hagamos esto, más experimentaremos a Cristo viviendo en nosotros y más disfrutaremos de Él.
Luego, a lo largo del día, podemos continuar invocando el nombre del Señor para experimentarlo en todas las situaciones de nuestra vida diaria, volviéndonos a Él en nuestro espíritu para ser uno con Él. Entonces automática y espontáneamente expresaremos al Cristo que es nuestra vida. ¡Alabado sea el Señor, Cristo vive en nosotros!
Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer todas las notas sobre los versículos mencionados en esta entrada.
